Tu pasaporte en español para disfrutar de un fuwa fuwa time intelectual

Rinne no Lagrange 2-3: Midori no Hibi

Green Day

En apariencia, esta victoria irradia seguridad y confianza en nuestras jóvenes heroínas: la imagen de Madoka y Laffinty entrelazando sus manos y rubricando su amistad, grafica este clima renovado de convicción y firmeza, el espíritu del Jersey Club, estrambótico y caricaturesco, pero de espléndida naturalidad. Por desgracia, el público no puede compartir esa ilusión. Se ignoran los motivos y propósitos envueltos en esta turbia guerra de alienígenas, un duelo sordo de silencios incómodos y supuestas incomprensiones que únicamente propaga las dudas, apenas ocultas tras el éxito en combate. Nadie ofrece una respuesta certera sino meras alusiones poéticas o fragmentarias. Queda por aclarar qué advertencia funesta contiene la dichosa leyenda extraterrestre, o revelar qué maldición se cierne sobre las infortunadas pilotos que sellaron un pacto con los Ovid. Pese al triunfo disuasivo de Madoka, una sombra ominosa, colmada de incertidumbre, eclipsa su hazaña justiciera. Un secreto lúgubre parece asomarse en el relato ancestral. Se menciona tres monstruos: el verde rasgará los cielos, el azul devorará las estrellas, el naranja diseminará la oscuridad, y mediante incontables sacrificios, gobernarán el mundo. Estos colores coinciden con las tonalidades adscritas al trío protagónico de guerreras, insinuándose –con esta admonición profética de dimensiones apocalípticas- que quizá las muchachas (que habrían asumido su papel de defensoras de la Humanidad), estén siendo engañadas y manipuladas por intereses oscuros, personajes maquiavélicos que pretenden aprovecharse de sus nobles intenciones, su ingenuidad, su benevolencia, para provocar esta hecatombe y “alimentar un corazón corrupto”. ¿Quiénes serían, a final de cuentas, los auténticos villanos?

Madoka es infatigable, una bomba ilimitada de carisma, una metralleta para ser precisos. Su experiencia apoyando a distintos clubes, pero también su personalidad proactiva y curiosa, la dota de variados recursos para improvisar en batalla. La espontaneidad define su carácter hasta convertirse en su principal valor, además de su rasgo distintivo, como evidencia la cantidad de muecas que despliega. Madoka es genuina, se siente en libertad de expresar sus emociones, de declararse ignorante, de actuar según aquello que sus instintos morales consideren correcto y, casi siempre, gracias a su sencillez, mostrarse inesperadamente sabia y acertada, apelando a una sabiduría simple, basada en conceptos prácticos y elementales, que suenan infantiles o fuera de foco, pero también dignos de admiración, como exigirle al enemigo que demuestre su hidalguía pidiéndole perdón al anciano campesino cuyos campos de cultivo fueron impunemente destruidos, pues un sujeto incapaz de ofrecer sus disculpas no guarda las normas de cortesía (no conoce las “palabras mágicas”) y tampoco merece considerársele un interlocutor. Parece ridículo que, en plena lucha robótica, acorralada por el enemigo, Madoka se enoje porque la cosecha de lechugas se estropeó; sin embargo, sus criterios de caballerosidad son loables, aunque la circunstancia sea poco épica, pues ningún poderoso tiene derecho ni legitimidad para abusar o agraviar a los débiles. La dignidad del hombre común y corriente se encuentra por encima de cualquier controversia bélica. Estas convicciones principistas chocan con la lógica usual del género mecha, donde la propiedad pública y privada se destruye sin miramientos, sin culpa, sin respeto al trabajo, la vivienda o el patrimonio ajeno bajo la premisa –válida, aunque discutible- de atravesar una situación de emergencia, que cualquier devastación o pérdida desmesurada es tolerable mientras el mundo se encuentre a salvo. Es imposible reclamarle al villano que tenga misericordia de la ciudad que ataca sin piedad, pero en ocasiones ni siquiera los héroes exhiben la mínima preocupación porque, en su intento de derrotar al malvado, se destrocen edificios, colegios, parques, etc. y quizá no detenerse a pensarlo sea conveniente para un guerrero, e incluso, para muchos espectadores, una virtud épica, acorde con el talante duro y valiente del piloto de mecha. Madoka, en cambio, conoce de sobra y adora su pueblo natal: busca terrenos baldíos o tiendas clausuradas para no causar más daños en pelea. Y antes que limitarse a golpear al rival, prefiere distraerse de este combate para proteger a gente inocente con un espectacular home-run. Puede juzgarse anómalo o inoportuno si la comparamos con otros paladines mecatrónicos, pero viéndolo de cerca, es un refrescante baño de sentido común que además le otorga ciertos visos realistas al duelo de robots, en cuanto el combatiente no está desprendido del mundo real, de sus urgencias inmediatas, de la vida del ciudadano corriente. La feminización del heroísmo, de hecho, en estas variaciones: el héroe masculino está obligado a comportarse como un “tough guy”, porque según los parámetros del espectador de relatos bélicos, la guerra justifica ese nivel específico de insensibilidad y glorifica la bravura. Actuar de manera contraria es denunciado como una traición. Madoka tiene ciertos atributos de tomboy, pero continúa siendo una bishoujo, una chica linda y cándida, susceptible a la frustración, la depresión, el miedo, la sorpresa, la euforia. Cuando le comunican –con esa frase textual tan trillada- que “el destino del mundo está en sus manos”, reacciona con estupefacción antes que horror, pero la conciencia de tamaña responsabilidad la afecta y pierde la concentración. El sumergimiento a las profundidades del mar es extrañamente simbólico porque concuerda con el momento de hundimiento emocional de Madoka, que –pese a su excepcional fuerza de voluntad- sigue siendo una adolescente. No obstante, estas debilidades resaltan su humanidad, la tornan más asequible.

Pese al derrumbe, como todos los héroes, Madoka posee una fuerza que la diferencia del común de las personas, permitiéndole recuperarse y extraer su potencial épico. Ese poder radica en el discurso que sostiene e inspira sus acciones: el Jersey Club. Allí se concentran los valores y motivos que conducen al acto heroico dándole un fundamento moral. Antes que cualquier habilidad sobrehumana o tecnología, el discurso es el capital espiritual -sino el arma- más poderosa del héroe. Ese impulso o chispa, capaz de resucitar sus bríos, se torna más determinante mientras más convencido esté el sujeto. Madoka se extravía (o ahoga) en súbitos compromisos, con obligaciones demasiado severas para una muchacha entusiasta y risueña, quien de pronto está forzada a asumir una función que exige pensar con solemnidad. Sin embargo, aunque no comprende las razones, acepta su vínculo (predestinado o accidental) con el robot, e incluso, en un acto transgresor, decide feminizarlo y bautizarlo con nombre de chica. Madoka no tiene miedo de morir, la abruman otra clase de vacilaciones: quiere luchar, pero teme al fracaso, a equivocarse, no porque sea orgullosa o perfeccionista, sino lo contrario: su desprendimiento y generosidad es enorme y le asusta la posibilidad de decepcionar a quienes le confiaron semejante deber. Cuando le encomiendan el futuro del planeta, su respuesta es graciosa pero reveladora: cómo endilgarle ese peso, si nunca salió de su entorno provinciano, ni conoció Tokyo. No obstante, al recuperar su fortaleza, aglutinará sus esfuerzos sobre una empresa menos rimbombante, más inmediata y real: proteger Kamogawa y salvaguardar a sus habitantes. No requiere de metas o tareas pomposas y elevadas, sino de misiones simples, porque ella se identifica con esa clase de objetivos: ayudar a la gente ante eventualidades cotidianas, ser heroína de perfil bajo y divertirse cumpliendo con excelencia sus ofrecimientos. El Jersey Club consiste también en honrar sus promesas porque la caballerosidad no consiste solo en practicar el bien, sino en llevar nuestras decisiones hasta las últimas consecuencias. A veces, los héroes necesitan recordar la importancia de sus ideales mediante un golpe retórico que sacuda sus cimientos y agite su espíritu, provocándole cólera o renovando su efervescencia, pero en ambos casos, excitando sus pasiones porque su energía brota del coraje, la bronca, una mezcla extraña de molestia contra Yoko por sermonearla, rabia contra el enemigo desconsiderado que juega sucio enfrentándola en superioridad numérica, y enfado contra ella misma por abandonarse al pesimismo e incumplir los cometidos del Jersey Club. Algunos espectadores, habituados al relato épico de tono solemne y fatídico, objetarán esta presencia preponderante del componente cómico que desplaza y subordina al elemento más grave o serio. El humor nunca falta inclusive en las series de acción más lóbregas o gloomy, pero está supeditado o subalternizado. En Rinne no Lagrange, en cambio, ocurre lo contrario, aunque sin percibirse como un relato humorístico. Nos equivocaríamos sin definiéramos lo cómico en relación a la cantidad de chistes, gags o parodias. Lo festivo, la travesura, lo lúdico, la informalidad, el tomarse las cosas con escasa seriedad o restarle solemnidad a los eventos majestuosos, también son ingredientes englobados bajo la noción de comicidad y Madoka los representa en una confrontación discursiva contra personajes que muestran una predisposición a contemplar la vida desde una perspectiva trágica, lírica o sentenciosa, como sus antagonistas extraterrestres, incapaces de descifrar su extraña conducta o sus insólitas técnicas, pues mientras ellos pelean siguiendo un código aristocrático, old school, típico del piloto de mecha tradicional. Madoka subvierte estas fórmulas aplicando su conocimiento de chica normal a una situación excepcional. Esto desconcierta a sus enemigos empeñados en actuar con grandeza épica. La postura juguetona de nuestra heroína también contrasta con la melancolía de Laffinty: esta angustia le impide desplegar a plenitud sus cualidades de guerrera. El verdadero campo de acción es psicológico. Sin embargo, la soltura de Madoka la conmueve, logra conquistarla y transformar su carácter, renunciando a la tragedia y entregándose al combate sin pesadumbres.

Las comparaciones con Puella Magi Madoka Magica son válidas hasta cierto límite. Entre una piloto de mecha y una mahou shoujo las coincidencias escasean, pero –curiosamente- existen algunos puntos en común: aparte del heroísmo femenino, en ambos casos la heroína posee, de forma insospechada, un poder, un talento, que corre el riesgo de tornarse calamitoso, demoníaco. Además, ambas Madokas recibirían estas cualidades (o son tentadas y posiblemente embaucadas) por figuras alienígenas que aparentan obrar en bienestar de la Humanidad, pero ocultan con maquiavelismo una parte nada luminosa de la historia. Existe también una dimensión mística (dioses y leyendas) como telón de fondo, en correlación con asuntos tecnológicos. Pero Rinne no Lagrange, aunque insinúa ciertos enigmas, no tiene un perfil sombrío. Si Madoka Kyouno atraviesa un proceso hamletiano, recobrará en pocos minutos su entereza moral porque ella destila liderazgo. El único duelo argumentativo contra un alienígena es presentado como una pugna pareja entre criterios pragmáticos y principios éticos, y nuestra protagonista no dará su brazo a torcer. Que detectemos elementos que sugieren un futuro tenebroso, no significa que haya una atmósfera de atosigante oscuridad. Los hilos cómicos lucen más robustos que la vena dramática. No obstante, estos anuncios aciagos serán decisivos en próximos episodios. Según Kirius, ellos no buscan eliminar la Tierra ni agredir a sus pobladores, sino llevárselos a su planeta. Incluso, desliza una insinuación sobre la veracidad u honestidad del bando Le Garite. Si acaso el enemigo dijese la verdad, ¿cuál sería su justificación? ¿Por qué no expusieron sus motivos con métodos menos violentos? ¿Por qué no poner al descubierto las mentiras del contrincante? Las recriminaciones de Madoka son certeras y congruentes: si tanto quieren nuestro bienestar, que procedan según las normas de urbanidad o serán considerados unos agresores. Por desgracia, Kirius es un pésimo negociador y carece de habilidades diplomáticas: no importa cuán beneficiosas sean sus intenciones y ofrecimientos mientras siga tratando a los habitantes de Kamogawa con aires de superioridad (hablando de “grandes y pequeños”) y rehúya a un diálogo franco (ordenando en lugar de proponer). Moist puede parecer un sujeto retorcido, hipócrita y taimado, pero sabe manejarse según las reglas, incluso cuando un terrícola se muestra poco amistoso y le pide largarse. Resulta paradójico: los personajes más sinceros son ineptos para comunicarse mientras el intrigante por definición es un hábil embajador que consiguió inmiscuir a los humanos en su crisis galáctica. Array se inquieta ante la probabilidad de asistir a un escenario dantesco propiciado por el despertar de tres bestias malignas: ellos tendrían la obligación de detener a estas encarnaciones del Mal. Están convencidos de su moralidad. Si esta profecía fuese auténtica, los polos de perversidad y corrección se invertirían sin ser conscientes del giro nuestras heroínas, estafadas por una mente calculadora que maniobra con astucia cada arista del conflicto.

Una respuesta

  1. Fueron capitulos importantes para Lan para diferenciarla de la Kuudere arquetipica desde Rei Ayanami que necesitaria aprender sobre humanidad y demas asuntos, sino a una chca en posición de extranjera, conoce la humanidad y solo necesita saber los detalles de una nueva cultura. Tambien tendremos la reencarnación de Menma el siguiente episodio

    27 enero 2012 en 21:17

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s