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Zero no Tsukaima F 2: Limones y melones

Una cierta maga disfrazada de monja

Saito reivindica su reprimida vena de otaku repulsivo dejándose arrastrar por sus febriles delirios 2D en apasionado homenaje a la perfumada, virginal y avergonzada Lemon-chan, a quien imaginamos heroína de algún selecto eroge con fetiche de monjas o protagonista de mahou shoujo que lucha contra el crimen con poderes místicos del shinto. Efecto del frenesí moestático (omg!, mai waifu en tamaño natural), esta enajenación súbita, hizo brotar sus cualidades de galán en asalto, antes de lanzarse a forcejar haciendo uso romántico de la violencia, empachado de ternura y transformado en una bestia lujuriosa. Su apasionada idiotez derivó en una mezcla de seducción, acoso, rape en potencia y espeluznante adoración, hasta que Louise se rindió al asedio prestándose al juego de roles, cosplay incluido, y recitando frases embarazosas sacadas de la antología básica del erotismo type-B. Saito es un héroe imperfecto, pero el simple errare humanum est resulta insuficiente para calificar su propensión a la impudicia más grotesca. Otros líderes de harem son pervertidos accidentales, tipejos bienintencionados, pero estúpidos, lerdos y con pésima suerte para asomarse en el momento más inadecuado. Saito, en cambio, es mañoso por naturaleza, no refrena sus instintos ni oculta sus atisbos libidinosos. Gracias a estos defectos, cae simpático al espectador promedio de Zero no Tsukaima, sensible al embrujo del moe, una dulzura concupiscente, como rebosa Louise en este delicioso ending, no apto para haters.

Sin embargo, Saito también es heroico en sentido estricto, porque Zero no Tsukaima consta de una alternancia entre comedia romántica hormonal y relato de aventuras con “melodrama político”. Bajo este término pretendo definir un modelo narrativo que describe las guerras entre países, clases sociales o poderes locales utilizando la perspectiva simplificadora, dualista y sentimental que caracteriza a las historias melodramáticas. Un rasgo frecuente es la individualización del conflicto. Los estados, bandos o facciones no arriban al enfrentamiento bélico empujados por una serie de factores materiales. El enemigo no se expande para apoderarse de recursos naturales, por diferendos territoriales o por rivalidades entre naciones. Ni siquiera se trata de acciones colectivas. Los ejércitos no importan. Toda la acción se resuelve a nivel de las grandes figuras (reyes, princesas, héroes particulares). El teatro político (invasiones, conjuras, genocidios, etc.) es apenas la capa superficial, la menos interesante, pues la verdadera confrontación está marcada por asuntos personales: la ambición desmedida de un soberano, el odio entre miembros de la nobleza, el amor, el despecho, las amistades traicionadas. Este terreno pasional es donde realmente ocurre la guerra. El villano no decide apoderarse del mundo por intereses económicos, sino porque es malvado, está loco, es un psicópata que disfruta torturar, destruir y pisotear, y ansía convertirse en amo del universo porque le antoja, le pega en gana: no busca alcanzar la hegemonía absoluta para cumplir un objetivo práctico, solo pretende el poder por el poder. Y aunque suene ilógico, esta tautología absurda que parece un capricho infantil, vuelve al villano más temerario, más peligroso, lo transforma en una encarnación irremediable del mal. Joseph de Gallia pertenece a esta clase de personaje que pervierte cuanto toca. Hombre maduro y solemne, de porte fornido y rebosante de masculinidad, todos atributos opuestos a Saito, pues hacen énfasis sobre la diferencia de edad, que constituye el núcleo simbólico de esta lucha: un enfrentamiento entre adolescentes y adultos, pero también entre comedia y drama, romance y épica. Los héroes quinceañeros son figuras humorísticas, incurren en el ridículo, son cursis o torpes, mientras sus oponentes son adultos serios, graves, sin sentimientos ni escrúpulos. Cuando los villanos son jóvenes, como Loulou y Jeanette, no ejercen la maldad como finalidad, sino que alquilan sus servicios al mejor postor. La maraña de conjuras tiene un tono bastante ligero y pasional, como si la política marchara en función a correlatos morales, a buenos y malos. No hablamos de incorrección contra justicia, sino de visiones principistas y esencialistas de Bondad y Maldad. Saito es pervertido, pero en son de broma, como cualquier chiquillo calenturiento, feliz de cometer un pecado venial. Joseph es perverso y contagia con su perfidia incluso la magia creada con otras finalidades: está rodeado de seres grotescos y opera en la oscuridad. Sin embargo, todos sabemos que, en este choque de polaridades, Saito y Louise acabarán venciendo. Aguardamos que la risa derrote al llanto, que la picardía del hombre corriente frene a la grandilocuencia del superhombre.

La escena de Joseph y Vidarlph acerca de las piedras mágicas que cristalizan el poder del fuego nos recuerda la teoría que enmarca el funcionamiento de la magia en Zero no Tsukaima, un esquema que recuerda a la tradicional división de la materia, según la tradición clásica (de origen presocrático) en cuatro elementos: agua, aire, tierra y fuego, resultados de la combinatoria de cuatro atributos (seco, húmedo, frío y caliente). Los distintos alumnos de la Academia de Magia de Tristain dominan un elemento específico que guarda relación con su familiar: Tabitha y Malicorne, el aire; Guiche, la tierra; Kirche, el fuego; y Montmorency, el agua (solo por citar los recurrentes). La cosmología griega complementaba este sistema cuadrangular con un quinto elemento o quintaesencia, considerado el componente celestial, perfecto, inmutable, una descripción que concuerda con los rasgos primordiales del Cero o Vacío, cuyo control detentan Louise y Tiffania. Sería incongruente si existiese una magia cuya única naturaleza sea provocar destrucción, servir como arma o funcionar a modo de antimateria, porque entonces confundiríamos utilidad con esencia. Se avizora una guerra contra Joseph, pero antes que Gallia decidiera enrumbarse hacia la frontera, el Vacío se había convertido en motivo de alineamientos políticos, como demuestra el interés del Papa por forjar una alianza con otras usuarias del Cero. El comportamiento del Pontífice es sospechoso: Henrietta y Agnès han comenzado a desconfiar de su desconcertante calma. Su intención de reunir a los cuatro magos del Vacío nos permite presagiar que quizá este poder cumple otro rol, más fundamental, más emparentado con los principios cósmicos que ordenan el ejercicio de la magia, columna vertebral de ese mundo alternativo.

Montmorency es la tsundere suplente de Zero no Tsukaima: ante la ausencia de Louise por quehaceres religiosos, irrumpe la pecosa, evitando que los hombres se desbanden, castigando a cuanto depravado, donjuán o desleal encuentre perpetrando actos pecaminosos, aunque la parafernalia tsunderesca de la rubia resulte menos caprichosa o aleatoria, sino justificada por las constantes desilusiones. En cambio, para Louise, la oscilación entre afectuosidad y arrebato violento es parte medular de su carácter. No tiene un origen circunstancial: su renuencia a sincerar sus sentimientos es recalcitrante. Cuando Montmorency aplica la violencia no actúa en contradicción con sus afectos, sino obedeciéndolos, porque los celos desatan su furia. Además, Guiche lo merece por coqueto y veleidoso, aunque la muchacha cometa el error de extender su rabia al resto del género masculino, quedando como una histérica furibunda. A nivel de slapstick, ellos conforman una especie de “pareja espejo”, paralela al dúo protagónico, pues atraviesan por situaciones similares. Me agrada esta interacción entre secundarios pues ayuda a desaturar al público del harem de Saito y porque Guiche, cuya pedantería caricaturesca solía resultarme insoportable, fue tornándose más ridículo y carismático gracias al control punitivo de Montmorency, quien parece abocada a tentar un imposible. La cólera feminista es fuente inagotable de carcajadas, en especial cuando se atrapa al faltoso en posición comprometedora, con testigos que demuestran que Saito no distingue entre limones y melones. Como augurábamos, la contribución de Tiffania al entramado argumental se tornará más gravitante e influirá sobre sus distintas tramas, y presagiamos un incremento en su participación, superior a la tercera temporada. Su presencia es importante para los tinglados “político” y bélico, porque además de usuaria del Cero y prima de Henrietta, también es elfa, pertenece a una especie discriminada y cuyo poder es mencionado por Joseph como componente de su arma definitiva. En resumen, varios frentes fuerzan su involucramiento en la guerra. En segundo lugar, se encuentra el filón love comedy: se maneja la posibilidad de haber invocado a Saito como familiar, otorgándoles a ambos un enorme poder pero propiciando además otro nudo de suculento enredo picaresco porque Tiffania necesita cerciorarse mediante un beso, situación que afecta sus sentimientos porque, en su incapacidad de explicar el problema, esta urgencia genera confusión (en especial, si acaba precipitándose y acorralando al muchacho). Finalmente, ante el secuestro de Louise, la única capaz de liderar la resistencia contra Joseph usando sus mismos recursos es Tiffania (reúne ambas vertientes mágicas y además, posee un familiar). Está convocada a asumir la responsabilidad de suplantar a Louise, al menos mientras dure el rapto. Sin embargo, todavía se aguarda que despeje sus dudas: este vendaval de deberes la tomó por sorpresa.

Como suele suceder en Zero no Tsukaima, los recientes eventos suspenden el interludio cómico (caracterizado por la preeminencia del jugueteo sugestivo o calenturiento) para retomar la historia de aventuras caballerescas. O quizá ocurra al revés y estemos ante una comedia interrumpida por intermezzos épicos, donde los personajes dejan su chacota de lado y actúan con gravedad heroica. Ni siquiera el amor se toma con demasiada seriedad: las observaciones de Saito sobre Louise al inicio del episodio llaman la atención porque expresan una evolución consistente (y comprensible después de tantas correrías juntos). Cada temporada de la serie tiene cierta centralidad temática: existe un hilo principal que recién se resuelve en el último episodio: bajo este criterio, los próximos capítulos no ofrecerán una resolución definitiva, sino más complicaciones y como ordena el melodrama, en el máximo punto de tensión, nuestros héroes se encontrarán en las peores condiciones (apresados, separados, traicionados, etc.) El Papa no parece un sujeto confiable, sino un aliado con intereses sinuosos. Es probable que Saito encuentre dificultades para partir en busca de Louise, por motivos estratégicos, aunque todo indica que Tabitha está dispuesta a colaborar, pues tiene una deuda pendiente por cobrar con Joseph: la información que proporciona siembra una duda acerca de la afiliación de Damien y su banda de delincuentes, si acaso son integrantes del cuerpo de caballeros de Gallia encargados de realizar el trabajo sucio o son meros freelancers que adoptan misiones específicas a cambio de un pago suculento. Según Shieffield, serían simples esbirros a sueldo cuya función acaba cuando lo establece el cliente, por tanto, no están ligados por vínculos de fidelidad. Para concluir, destaca el apodo que utiliza Joseph, quien se autodenomina Rey de la Ignorancia. Al principio, suena estrambótico y hasta gracioso porque adopta como atributo un demérito (cualquiera se adjudicaría la posesión del conocimiento o la sabiduría). Quizá intente resaltar su carácter de usuario del Vacío, poniendo el acento en la devastación: el saber es siempre positivo, mientras la destrucción absoluta implica su negación. También cabría interpretarlo como una alusión a su ferocidad: Joseph es incapaz de experimentar empatía hacia los sentimientos humanos, su crueldad está motivada por su “ignorancia” moral, porque su espíritu está inhabilitado para conmoverse y esa frialdad lo vuelve más poderoso.

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