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Another 1: Miradas

Existen dos maneras de provocar horror y espanto. La primera consiste en exhibir, sin ambigüedad, de manera rotunda, objetos demoníacos, cuerpos monstruosos o entidades percibidas como malignas o anómalas. La segunda, más sutil, no muestra, sino sugiere, generando en el espectador una sensación de zozobra, de inestabilidad respecto de sus propias percepciones y procesos psicológicos. No sabemos si presenciamos una aparición fantasmal o si las coincidencias engañan. La gran virtud de Another, la nueva producción de P.A. Works, reside en utilizar el segundo como vertiente principal y el primero de forma metafórica, creando una atmósfera sobrecargada de tensión, de silencios e incertidumbre. Se oculta un secreto espeluznante, siniestro: podríamos apostarlo, pero aunque tengamos un pálpito casi certero, transmitido por el desconcertado protagonista, carecemos de pruebas siquiera para elucubrar nuestras sospechas. El relato cumple la regla dorada del suspenso terrorífico planteando la narración desde la perspectiva única y exclusiva de la conciencia de Kouichi Sakakibara, un adolescente proveniente de la metrópoli que arriba a una pequeña ciudad provinciana donde se respira un aire enrarecido de tenebrosidad, detalle que emparenta la trama con Higurashi no Naku Koro ni. Sin embargo, algunas transiciones están marcadas por imágenes de tétricas muñecas, algunas desnudas o desmembradas, que sumado al opening de ALI PROJECT (por desgracia, poco original) le añaden un simbolismo con cierto toque de fantasía lúgubre al estilo Rozen Maiden.

La primera secuencia es alucinante pues introduce datos relevantes para el relato pero la acumulación de información y la yuxtaposición acelerada de imágenes –por momentos- inconexas suscitan una especie de mareo ante la multiplicidad de referentes que necesitamos procesar para intentar resolver prematuramente el rompecabezas. Esa pretensión está destinada al fracaso pues requerimos que esta historia macabra se ponga en movimiento, que deje su condición de leyenda urbana, de chisme terrorífico, para manifestarse a través de los ojos, la conciencia, la subjetividad de algún personaje que viva (o sufra) sus consecuencias. Este recurso es indispensable para el género de terror. En otras reseñas he hablado sobre la responsabilidad narrativa, pero también podemos definirlo como el punto de vista e incluso –si accediéramos a los pensamientos del personaje- como el lugar de enunciación. Las historias de horror fundadas sobre el misterio no pueden narrarse desde la neutralidad, es decir, desde un punto no personalizado. Debemos observar este ambiente extraño con el mismo asombro del protagonista, compartiendo su turbación. Siendo Kouichi la única fuente que provee de datos sobre su entorno, no podemos diferenciar lo relevante de lo circunstancial, y accedemos solamente a aquellos detalles que su mirada y acciones nos permiten conocer. En consecuencia, asimilamos su ignorancia y cada situación anómala o incierta sembrará más dudas hasta que estemos encapsulados también en ese ambiente viciado y atosigante, repleto de preguntas incómodas que cuesta formular. Sin embargo, a diferencia de Kouichi, los espectadores ingresamos al universo asfixiante de Another guiados (o quizá desviados) por ese diálogo introductorio entre dos sujetos anónimos que comentan sobre un suceso luctuoso que ocurrió 26 años atrás. Nos enteramos incluso de asuntos más inquietantes e insólitos: según se comprueba, las autoridades del colegio han aceptado de facto la presencia espectral de la difunta Mei Misaki y habrían oficializado costumbres asolapadas que estigmatizan a la desafortunada clase 3-3. No necesitamos averiguar a quiénes pertenecen esas voces del prólogo porque reproducen un hecho recurrente: la transmisión de habladurías que adquieren categoría de verdad. Una suerte de saber popular que recorre las calles, las casas, los negocios, traspasándose de abuelos a nietos, de tíos a sobrinos, de senpai a kouhai, pero jamás alcanza la superficie, se considera un tabú, un tema de conversación subterráneo. Este prefacio queda trunco, interrumpido por un oportuno corte cuando se proponía hablar de temas más aterradores, abriendo camino al suspense, pues ahora el público estará autorizado a desconfiar de cualquier circunstancia inusual, preparándose para presenciar algo terrible. Sin embargo, la serie tiene un segundo inicio, menos angustioso, pero igual de turbio: Kouichi se halla internado en un hospital por un caso de neumotórax, una dolencia respiratoria que también padeció su padre. Al comienzo, solo vemos su rostro desencajado mientras responde con concisión a su abuela, que recién será enfocada minutos después. Poco a poco, el encierro visual va quebrándose, cuando aparece el rostro amable de su tía Reiko. No obstante, el impresión inicial se mantiene: predominan los tonos sombríos, es hora del ocaso, el protagonista permanece inmóvil, presa de un enclaustramiento que trasciende lo imaginario porque la concepción del espacio es opresiva. La circunstancia inicial del relato coincide con una eventualidad infausta, de cercanía a la muerte. Desde su ingreso a escena, Kouichi está condicionado por esa vecindad con lo lúgubre, lo mortuorio, que preludia la sensación de extrañeza, de oscuridad, que irradia la conducta de algunos personajes, como el trío de alumnos que acude a visitarlo para darle la bienvenida. Ninguno manifiesta emociones positivas, sino diferentes de matices de amargura o compunción. Aunque la cultura japonesa haga hincapié en la formalidad como virtud social, existe una diferencia entre un comportamiento respetuoso y tender una muralla de austeridad y severidad frente al interlocutor. Una constante en los futuros intercambios verbales de Kouichi será el fracaso comunicativo: frases indescifrables, enigmas, silencios, lagunas en el mensaje, demasiadas elisiones y alusiones implícitas que no conseguirá discernir por la desoladora cantidad de vacíos informativos. Inclusive al pretender acomodar a los personajes dentro de roles arquetípicos, el espectador se estrella contra la barrera defensiva. Yukari parece la típica meganekko tímida y modosa, Izumi calificaría visualmente como la tsundere clásica (coletas, zettai ryouiki, cejas fruncidas y ademanes de jefa), pero la sombra de languidez que cubre sus actos impide conectar con esos patrones.

Para intensificar la perturbación psicológica, ningún otro sentido más conveniente al miedo que la vista, ni acción humana más atemorizante que la mirada. El terror es predominantemente visual porque la percepción óptica suele considerarse, de manera informal e inconsciente, un criterio de Realidad. Aun cuando podemos ser presa de ilusiones ópticas, el testimonio de los ojos tiene, para los hombres, un valor incontrovertible. Ver para creer, reza el dicho. Sin embargo, la mirada también posee una fuerte connotación cultural vinculada al terreno de la espiritualidad popular. Suele afirmarse que los ojos reflejan el alma, pero incluso las vivencias cotidianas refuerzan esta opinión: cuando sentimos temor o vergüenza ante alguien, apartamos o bajamos la mirada. En cambio, la franqueza, rectitud o fortaleza de las personas suele medirse por su capacidad de mirar directamente a los ojos. Una mirada vigilante también puede resultar intimidatoria y muchos nos sentiríamos incómodos sin un grupo de desconocidos nos dirigiese fijamente la vista. Parecería obvio que un alumno de traslado recién llegado concite la curiosidad y atención de sus compañeros porque rompe la rutina, introduce un elemento novedoso es un escenario reiterativo. Sin embargo, algunas miradas enfocadas sobre Kouichi durante el recreo manifiestan pulsiones menos frívolas e incluso más agresivas o reticentes, como si este forastero alterara un orden sagrado o amenazara una frágil paz que podría pervertirse apenas alguien interfiera con sus leyes del silencio. La escena es intrascendente en cuanto al diálogo, no aporta ningún indicio (solo desliza como motivo de recelo la ausencia de Izumi), porque su contenido real se encuentra en las imágenes. De nuevo, se apela a la fragmentación, presentar un conjunto mediante retazos, una simultaneidad por pedazos. P.A. Works se esmeró por crear un microcosmos integral, donde cada alumno es un potencial personaje relevante e incluso los extras poseen un rasgo distintivo: el muchacho endeble con rostro afeminado, la niña de trenzas y anteojos que lee light-novels (y otro cuatroojos que parece su amigo literario), una pareja yuri (tachi y neko fácilmente reconocibles), chicos bromistas, una tipa con pinta de oujo-chan, etcétera. El encuadre pasa revista por esta fauna de seres autónomos confundiendo al público que trata de ubicar un enemigo hipotético al primer atisbo de conducta belicosa. Indudables candidatos son ese trío de ceño fruncido que miran a Kouichi de reojo. No participan del corro alrededor del protagonista, pero parecen un satélite de aquel núcleo. Quizá nos sembraron una pista falsa para extraviarnos por el camino equivocado. Nada inspira confianza: la mayoría de tomas son close-ups o primeros planos, se concentran sobre los rostros, en particular, sobre su forma de mirar a otros. Antes calificábamos de irrespirable esta atmósfera de nervios: la cotidianeidad no se libra de sucumbir a esta turbulencia, la acumulación de miradas la acentúa. Con mayor espanto si añadimos las miradas inertes de las muñecas con aspecto de cadáveres. El acto mismo de contemplar se torna nebuloso, aunque este abultamiento solo ocurre cuando Kouichi observa al rincón donde está sentada Mei y se aplica una distorsión, un efecto convexo que denota la desorientación del muchacho ante la corazonada nefasta que lo asalta: una desconexión entre la superficie (una escuela pública común) y la Realidad, como si presintiera la existencia de un tinglado de apariencias que todos respetan y cuidan. Me intriga esta ansiedad disimulada porque podía conceder a una lectura psicoanalítica. Recordemos que Higurashi también transcurre en una locación agrícola y montañesa (aunque Hinamizawa es más rural) y ambas historias nos sitúan en décadas pasadas. El objetivo es alejar al héroe trágico de su hábitat citadino, de la megaurbe donde disfruta de los máximos privilegios que la modernidad concede, entre ellas, su anonimato entre millones de habitantes (en contraste con el pueblo chico, infierno grande) y la desacralización y desmitificación del ritmo de vida cotidiano. Las grandes metrópolis como Tokyo son terrenos donde impera la racionalidad, el descreimiento y el pragmatismo más fríos y descorazonados. En cambio, las aldeas y pueblos provincianos preservan su predisposición a la religiosidad, a convivir con espectros y milagros. El muchacho citadino es desbordado y asfixiado de terror existencial por una vorágine de situaciones incompatibles con su mentalidad. Sin embargo, este tópico tiene un correlato, además de psicológico (emergen las pulsiones tanáticas ante el descalabro de la conciencia), sino también de orden filosófico: el discurso de la modernidad se estrella de bruces contra sucesos que desestabilizan su estructura porque no concuerdan o se niegan a ajustarse en sus estrechas categorías, provocando un caos conceptual.

Muchos lectores encontrarán las muñecas escalofriantes. Es natural el miedo que despiertan los cuerpos con apariencia humana, pero inanimados o imperfectos. Son seres que, dentro del imaginario cultural postindustrial, ocupan un limbo entre el autómata y el cadáver. Tememos que la materia cobre vida o que, tras aquella apariencia tiesa, sin alma, se escondan pensamientos, emociones, voluntades malignas que transgredan el orden racional y científico. Nos asusta la posibilidad de confundir lo humano y lo artificial, nos aterra confrontar a fuerzas desconocidas que residan de forma taimada, enmascaradas entre los objetos cotidianos. Las muñecas son horripilantes porque insinúan esa amenaza latente y porque, estando tiesas, parecen muertas. Antes que adornos exquisitos, sugieren un espectáculo horrendo de exhibición cadavérica. No sorprende que, habiendo propuesto un misterio, abunden las alusiones indirectas a la muerte, pues la interferencia de ultratumba en el mundo presente suele considerarse un tabú, un tema cuya enunciación es prohibida porque excede al poder humano y pertenece al intocable campo de la espiritualidad. El elemento que encarna esa perturbación entre planos de la realidad es Mei Misaki. Para redundar en leit motifs, su componente gráfico más representativo también está vinculado doblemente al territorio connotativo de la visualidad. El parche protege, pero también tapa, “oculta”, impide ver qué hubo o hay detrás. Comienzo por mencionar el verbo en pasado porque esta conjugación influye sobre la lectura que pretendo aplicar: observemos que Misaki también se cubre la mitad del rostro con un largo mechón (habitual en los personajes lúgubres), por tanto, es probable que el parche, usado para encubrir, aluda a una ausencia, algo que estuvo pero no está, un vacío cuya revelación puede causar asco, conmoción e incluso terror. Se trata de encubrir una fealdad (la mutilación) que genera estremecimiento en quien la atestigua. Sin embargo, esa cobertura, como atrae la atención (el morbo que produce lo escondido), en lugar de disimular, resalta con mayor intensidad la presencia simbólica del objeto ausente. Mejor dicho, el ocultamiento solo consigue recordar al ojo. Esta extirpación retorna sobre la temática de la muerte (e incluso, si consideramos bella a Misaki, atraviesa el objeto de deseo), pues suponemos una vinculación entre cuerpo mutilado y peligro mortal o pulsión tanática. Sus misteriosos parlamentos y su apatía para hablar remiten a la trascendencia fúnebre del fantasma que habla desde su experiencia sepulcral o del moribundo cuya condición liminar le proporciona una sabiduría inefable sobre la existencia. En ambos casos, el sujeto anclado a la vida es incapaz de comprender esta filosofía abstrusa cuyo lenguaje es poético, una constelación de símbolos, de silencios y suposiciones.

 

8 comentarios

  1. Una serie de la que ya me habían comentado, muy buena introducción, todo parece pintar como un thriller de lo más interesante (solo espero no se decante por el gore), me recuerda las historias de Edgar Allan Poe…

    18 enero 2012 en 14:43

  2. No lo hará, mira el manga. De verdad que aterra, después de todo es representante de las nuevas tendencias en las novelas de misterio y terror. Se trata de un mundo escondido, intermedio, que parece muerto o podrido. Todo hace resaltar ese carácter ambiguo del mundo, pues, si se observa con cuidado, parece que los edificios están erosionados. La tradición filosófica define la muerte como un “desplome del ser”, una caída en lo amorfo y roto (cadáver, viene de cadere, es decir caída), una precipitación en el vacío. Un misterio sobre el cual todos callan y nadie habla, un no dicho que asedia la conciencia, todos lo saben pero nadie le da la palabra. Lo más importante es lo que no se dice, nunca lo olviden…

    18 enero 2012 en 14:59

  3. davidvfx

    Debo decir que another me dejo intrigado. Debo decir que P.A.Works es el amo de lo multifasetico. Me sorprenden como pueden abarcar diferentes generos y estilos de ambientacion sin perder el aire que los caracterisa.

    Algo que me gusto mucho, como dije, fue la anbientacion y que los personajes tiene un aire de aislamiento e individualidad; esto a un mas real y una verdadero salon de escula, y es que parece mas que la perspectiva del protagonista es la nuestra misma como espectadores donde acompañamos al prota; mientras él platica con los curiosos e interesados del salon, nosotros le damos una vista alrededor para ver el ambiente y las caras que nos rodean, y esto es bien logrado ya que a veces hemos estado en el salon de clases y hay compañeros que ni nos dimos cuenta de sus existencia, ó que solo vimos una ves y no volvemos a prestar atencion ya que estan fuera de nuestro circulo de amigos… pero aun asi existen!!! y es que en los animes escolares ya teniendo al grupo principal los demas son imprecindinles…. un anime donde puedo dar ejemplo fue en K-ON! donde los 2 años de la primera temporada el resto del salon fue tan inpercetible y olvidable que ni nos acordamos para nada. Pero en K-ON!! en su 3er año el estudio KyoAnime decidio ser mas cuidadoso y corregir este error y con los primeros ep ya existian foros dedicados a alumnas que a lo maximo dijeron pio durante esa ultima temporada.

    Another no es derroche en animacion, pero si la suficiente y mas de alguno debera decir que los cg son bajos en la escana de la lluvia en la calle no creo que sea por falta de trabajo si no es para darle ese sentido de melancolia y deprecion. Al igual vemos que las escenas y tomas se an tornados mas estaticas y y lo unico rapido son los cortes a las muñecas que se pasean fugasmente en la escena que si no se an dado cuenta algunos son un juego visual y mental para el espectador queriendonos meter la idea de cuerpos desmenbrados y sercenados con cara de sufrimiento y dessesperacion, y hasta en algunos casos en el Op vemos algunas convulcionarse, no es de genio que tal vél veremos a algun estudiante retorcerse de dolor de la misma manera…. Bueno no se si vaya a pasar eso, pero es la idea ue nos quieren sugestionar con las muñecas.

    Por cierto con eso de las imagens estaticas por un momneto pense que esta obra de P.A.Works tenoa aire del estudio SHAFT pero examinando mejor, creo que este ep fue mucho mas movido a lo avitual en Shaft si que no llega a los estremos de este estudio todavia.

    19 enero 2012 en 15:21

  4. Michello

    oye podrias respoder mi preguntacreo que es el cap.2 donde Sakakibara esta en el elevador y Mei esta detras de el, hay unas parte donde se muestra los pisos del elevador y de el piso 3 se brinca a el piso 5 sabes por que no hay piso 4 ??
    acabo de empezar a ver este anime y me surgio esa duda !!!
    (Gracias a tu introduccion me anime a verla)

    23 febrero 2012 en 19:36

    • Hay dos hipótesis que pueden formularse a partir de eso: 1) El cuarto piso se encuentra sellado o ausente con respecto al resto y no pertenece más al hospital, a causa, quizá de la fuerza sobrenatural. 2) Un error en la animación, probablemente, que se paso por alto. Me inclino por lo segundo, pues no parecía relevante…

      23 febrero 2012 en 20:21

      • ayal92

        Lo que pasa es que en Japón (y otros paises orientales) “cuatro” se pronuncia casi igual a ” muerte”, por lo que no suele haber cuarta planta en los edificios ni habitaciones con ese numero.

        9 marzo 2012 en 15:50

        • Bueno, lo expresaste mejor que yo y sin duda sacaste a colación esa particularidad, pero la hipótesis uno que exprese se debe a esa homofonía entre shi (cuatro, 四) y shi (muerte, 死), por lo que tener ese número en las matrículas, los cuartos de hospital o en tu tarjeta de crédito se considera de mal augurio. El fenómeno sobrenatural del que habla toda la serie es ese mismo que mata a la gente al fin y al cabo…

          9 marzo 2012 en 17:45

  5. Michello

    me gustaria que fuera mas la primera (para aprobechar los misteriosde este anime) !!!
    Gracias !!

    6 marzo 2012 en 18:25

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