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Zero no Tsukaima F 1: Un desenlace familiar

Amor a Roma

Después de varios años de ausencia, la franquicia del harem mágico y minifaldero estrena su cuarta y última temporada. Insólita circunstancia para los adeptos al tsunderismo, quienes en escasas semanas vieron retornar con periódicos lanzamientos a su tetralogía de reinas interpretadas por Rie Kugimiya: a Shakugan no Shana III –Final-, se suman el DVD de Hayate no Gotoku! Heaven is a place on Earth, la OVA de Toradora! y Zero no Tsukaima F. Asistimos a una invasión tsunderesca gracias al regreso en pantallas de su exponente más violenta, irreflexiva, cabezadura, arrebatada y sentimental, la usuaria del Cero y maga del vacío, Louise Françoise le Blanc de la Vallière. Atrás quedaron las épocas de humillación cuando la colérica pelirrosada destacaba en clase por su ineptitud contumaz. Elevado al rango de caballero (con maid oficial incluida), Saito también parece acostumbrado a sus responsabilidades como héroe señorial, aunque se encuentre asediado por atractivas aliadas que entablan, para gloria del ecchi, una contienda de celos y seducción sin cuartel, aunque su supuesto beneficiario, sea siempre el único damnificado. La pareja protagónica experimentó un cambio de status, sin embargo, esta evolución no afectó la dinámica del love-comedy de amor serrano, masoquista, bullanguero, belicoso, que mantiene su original entrampamiento de continuas negaciones, insultos y castigos. Este romanticismo avergonzado e iracundo es quizá el ingrediente más distintivo de la saga, además del heroísmo melodramático, la expansión haremesca y su humor picaresco; no obstante, estas características se conjugan en la personalidad volcánica de su heroína pettanko, cuyos altibajos imponen las pautas al relato. Mejor que ninguna clon de Shana, la sulfurosa miss Vallière tiene el dudoso mérito de llevar al extremo del efervescencia los atributos del arquetipo redefiniendo sus dimensiones más exorbitantes y, como toda ideología radical, el tsunderismo louiseano no admite neutralidad: tarde o temprano te vuelves detractor o partidario.

La escena inicial es emblemática: un triángulo amoroso compartiendo la cama hasta que la perversión inconsciente de Saito desata una lucha de accidentes geográficos (llanuras contra cordilleras) que desencadena en una resolución violenta. Ingresa una tercera contrincante, el susodicho comete otra imprudencia lúbrica y recibe una nueva descarga de furia. El despelote es interrumpido cuando los héroes son convocados a su próxima aventura. Esta secuencia sirve para refrescarnos la memoria, para recordarnos cómo funciona el estilo Zero no Tsukaima. En principio, la facilidad, frívola, con que entrelaza comedia romántica y conspiraciones mágicas. La trama política que involucra al bando de Saito ha escalado niveles más altos en cada secuela, desde asuntos escolares hasta guerras internacionales, pero preserva el mismo esquema básico y simple de combate dualista entre los defensores de la justicia (los gobernantes legítimos) y los villanos que ambicionan apoderarse del mundo. No existen puntos intermedios, sin embargo, alinearse del lado del Bien no implica perfección, sino conciencia moral. Los antagonistas son gente que perdió los escrúpulos, es incapaz de arrepentirse, no muestra piedad. Nuestros paladines son, en cambio, sujetos plagados de defectos (Saito es pervertido, Louise es irascible, Guiche es vanidoso, Kirche es lujuriosa), pero reservados al filón más caricaturesco e inofensivo. Tienen límites para medir sus actos y anteponen valores estereotípicos: la amistad, la paz, la solidaridad, el respeto. Son héroes imperfectos, carentes de solemnidad y gravedad dramática, porque en la mayoría de casos, son adolescentes idealistas y entusiastas enfrentándose a adultos corrompidos por la avaricia. Sus conflictos son superficiales, causados por bloqueos comunicativos, por terquedad y orgullo juvenil, casos ligeros que suelen resolverse pidiendo perdón y conversando con sinceridad. Sus causas son pasionales, son provocados por celos territoriales o discusiones lenguaraces que empiezan a descarrilarse hasta convertirse en competencias verbales para desfogar la bilis y herir al otro. Saito no tolera que Louise entre en modalidad deredere porque el Papa le solicita que actúe de sacerdotisa en su ritual de oración. Se inicia un diálogo de sordos, una contienda para determinar quién grita más fuerte y peor. Estas escaramuzas sentimentales comienzan como intercambios cómicos y degeneran en rencores melodramáticos porque el cariz del romance tsunderesco es su radicalidad, no percibe matices, se transita del amor sacaroso al odio caprichoso en apenas segundos. La mecánica del enredo cómico también depende de este vaivén. El ciclo empieza con Louise en estado apacible y permisivo (hasta cariñoso, diríamos), una provocación maliciosa de alguna rival (de preferencia, Siesta) y/o una reacción desatinada de Saito. La fórmula es estática, el humor reside en las variantes, en especial, el grado de carnicería que emprende la maga del Cero. El otro factor intrínseco es la hiperinflación del harem. El género exige que suspendamos nuestros criterios de realismo y admitamos como regla del relato que nuestro sacrificado héroe es un infeliz suertudo que atrae la atención (y los afectos) de abundantes mujeres guapas. Por desgracia, quienes amenazan la frágil seguridad sentimental de Louise son chicas maduras, de ampulosos atributos mamarios (Siesta, Tiffania, Henrietta), que acentúan la escasez de busto y estatura que tanto acompleja a mademoiselle Vallière.

En 1978, el crítico Edward Said publicó un libro fundamental para los estudios culturales: Orientalism. La premisa del texto era denunciar la utilización política (para fines colonialistas) de un complejo conjunto de estereotipos que Occidente elaboraba para describir a otras culturas bajo un manto romántico y pintoresco. Oriente se convertiría en espacio de primitivismo folklórico, de tradiciones ancestrales pre-modernas. Dejando de lado el trasfondo ideológico, queda claro el intento por construir una imagen del Otro bajo patrones prejuiciosos o esquemáticos, no solo negativos: existe también un orientalismo “maravilloso” que idealiza las culturas ajenas como espacios de pureza y espiritualidad. Un proceso similar ocurre a la inversa, cuando Oriente pretende formarse una visión idealizada del Occidente tradicional, mítico, legendario. Al anime le fascinan las historias de caballeros, guerreros de espada y armadura, hechicería, libros y artefactos ancestrales, iglesias omnipotentes, princesas y castillos. Suena a cuentos de hadas, pero este arsenal simbólico del medioevo se encuentra en las raíces del género de aventuras. El mundo de Zero no Tsukaima es contracara de una Europa nobiliaria, donde las reinas son justas, el Papa es joven y apuesto, los hijos de la aristocracia son héroes, y los únicos autorizados a emplear la magia porque –se sobreentiende- la nobleza de linaje es también de corazón. Muchas series manifiestan esta peculiar curiosidad por un Occidente aristocrático, monárquico, donde residen como expectativas simbólicas un afán de refinamiento, elegancia, cortesía, caballerosidad: son conceptos que Japón conoce, pero procesa de manera distinta. En Zero no Tsukaima, las luchas se desarrollan al nivel de altas esferas, ni siquiera son confrontaciones nacionales, sino entre reyes o estirpes. Los plebeyos no cumplen funciones heroicas, salvo Saito (quien representa al espectador japonés y además es condecorado con un título cortesano). Otro rasgo de occidentalismo consiste en fusionar categorías, confundirlas o tratar de adaptar conceptos a Oriente. Sucede con frecuencia cuando se trata de crear una religión ficticia con aire occidental (en otras palabras, que suene a cristianismo). Louise es seguidora de la Iglesia de Brimir (en honor al primer mago del Vacío) que replica en cuanto poder y organización al catolicismo; sin embargo, en su culto intervienen sacerdotisas, particular mezcla de miko y monja. El Papa, además de dirigente, es también ejecutor de rituales, una especie de taumaturgo, pues posee poderes mágicos. Además, quienes profesan el Brimir suelen desconfiar de los elfos como Tiffa, en clara referencia al acoso del cristianismo sobre las creencias paganas. Zero no Tsukaima no inventa estas tendencias: las adapta de una nutrida herencia proveniente del RPG, que reformula inyectándole una dosis de sabrosa comedia adolescente, fanservice y el fetiche tsundere, una receta fácil de adaptar a varios contextos. El trasfondo aventurero y exótico (un continente lejano, una época remota) atemperan los contenidos picarescos y melodramáticos, además de concederles cierto asidero narrativo.

Si existiera una ciencia, llamémosla tsunderología, dedicada a estudiar los laberintos bipolares de estas inflamables mentes femeninas, Louise sería su materia troncal. Al calificarla, suele destacarse su propensión a los impulsos ofensivos, porque –siendo honestos- sobresalen sus golpes y alaridos. Sin embargo, la reacción brutal no define a una tsundere: es apenas su sintomatología. Su rasgo fundamental tiene un cariz psicológico: la represión, la incapacidad –consciente o automática- de exponer con sinceridad sus sentimientos. Los afectos son reales, pero se interpone un temor, una inseguridad. Por motivos diversos (que suelen explicarse: las tsundere sin background son aburridas), la chica en cuestión ha cultivado un ego implacable, como mecanismo de defensa. No obstante, las emociones provienen de un fondo instintivo, las profundidades de nuestra conciencia y cuando ambas fuerzas entran en conflicto, la tsundere, debido a su inexperiencia, no actúa con racionalidad, sino desatando su furia. El caso de Louise es extremo porque crea una coraza de superioridad para oponerse al escarnio de sus compañeros que solían considerarla una inútil. Además, pesa un sustrato de discurso clasista en su resistencia a admitir su romance con Saito: es una noble, amiga de la realeza, y según los parámetros jerárquicos de este mundo, los tsukaima son criaturas de grado inferior, sujeto a la voluntad del mago (tienen el estatuto de mascotas, aunque hay familiares humanos, como Julio). La violencia solo replica la inestabilidad de Louise: una inconstancia fruto de sus propios complejos y su tenaz inmadurez. Podemos asegurar, por ley inmutable del moe-ness, que la condición tsunderesca es perpetua (e imprescriptible): el tiempo no cura esta volatilidad del carácter, quizá ayude a sosegarlo, pero no a suprimirlo. Louise seguirá siendo la tsundere que minutos después de pedirle un beso a Saito lo llame perro en celo y arranque una discusión bizantina. ¿Qué novedades aguardar, entonces? Mayor participación de Tiffania (ojalá menos recluida al triste rol de miss fanservice) el impulso épico de una batalla culminante y algunos cosplay de monja.

Una respuesta

  1. Lo unico bueno de esto es que por fin termina la era de las Tsunderes JC Staff. Luego de casi diez años no se puede seguir con lo mismo… esto no es Dragon Ball.

    Por otro lado, si ha habido un par de tsunderes que se han reabilitado, por decirle de alguna forma, como por ejemplo Taiga: Al final de Toradora!, o más bien desde la mitad para arriba, dejo de ser una poco sincera enana revoltosa y pendenciera a una jovencita adorable que podía ser moe sin necesidad del URUSAI INU!!! o BAKA CHI!!!, que solo usaba por costumbre. Se supone que se les sale el tsun-tsun porque tratan de ocultar sus sentimientos o proteger su centro dere-dere. Y se supone que con la ayuda del “Hayate” de turno, estas deberian pasar a ser seres más funcionales, o aunque sea menos temperamentales.

    Si la violencia explicita y el malhumor generalizado son un medio de defensa para un mundo en el cual no logran encajar, cuando pasan a ser aceptadas (a veces no se entiende por qué motivo), esa coraza espinosa debería irse quitando.

    OH… al fin llegó el día en que podré ver la tumba de Shana… descansa en paz, te dejaré flores luego de bailar sobre ella.

    13 enero 2012 en 02:15

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