Tu pasaporte en español para disfrutar de un fuwa fuwa time intelectual

C³ Cube×Cursed×Curious 10: Vacas y serpientes

Choking game con implementos de bondage sadomasoquista y cierto toque de zoofilia, ritual diabólico y éxtasis alucinógeno: el obsceno secreto de Kirika resume en sus lúbricos contoneos la reiterada tensión entre eros y thánatos, entre clímax erótico y angustia de muerte, condensados en una perturbadora coreografía que hermana placer y sufrimiento con fervor demencial de bacante. La Presidenta de clase era estricta y disciplinada como ordenan los cánones del arquetipo: su faceta culinaria matizaba esa supuesta rigidez con un espíritu afable, vulnerable a la diversión, sin embargo, todavía preservaba ese aire distante y misterioso, típico de las doncellas oscuras que suelen consolarse refugiándose en una frágil imagen de madurez. Kirika decide quebrantar esa coraza que protege su intimidad para afirmar su identidad con valentía y exponérsela con sinceridad al único chico capaz de inspirarla a liberar sus abismos interiores. Este acto purificador implica revelarse como sacerdotisa de un ceremonial mágico y erótico, antes reservado a las sombras, en soledad, como mezcla de onanismo y purgatorio en vida. Salvarse significa retirarse la máscara, dejar de esconderse en el papel de iinchou intachable y exhibir incluso sus dimensiones más vergonzosas aguardando que Yachi-kun la acepte sin condenar sus defectos y debilidades, ni siquiera esa vertiente aterradora de su personalidad, que luce demencial e indecente, pero colma de sentido su existencia. El voyeurismo intencional rescata esa danza de delirios pese al violento descubrimiento de una obligación, un sacrificio bochornoso. No obstante, Kirika se rehúsa a renunciar al castigo porque le concede un poder exclusivo.

Molestando a Konoha

Entre los rasgos sintomáticos y endémicos que componen la estructura narrativa de  destaca la dualidad de carácter, que consiste en reproducir dentro de cada personaje la naturaleza binaria -cómica y dramática- que reviste la serie. El perfil psicológico de cada integrante del elenco conjuga diversas personalidades, en apariencia contradictorias e irreconciliables, manteniendo una unidad conflictiva. En muchos casos, esta tendencia bordea lo psicótico: chicas adorables, inocentes, románticas, se revelan, de repente, como asesinas furibundas, sedientas de violencia, o lúgubres damas que esconden un pasado o presente desolador. Un análisis pormenorizado al diseño de Konoha servirá para ilustrar esta polaridad. Observando primero la superficie, nos hallamos ante un infalible artefacto moestático debido al sorprendente número de atributos arquetípicos que reúne sin provocar un empalagamiento, proponiéndose -con contundencia inequívoca- atraer la atención del espectador masculino en cuanto objeto de deseo y cubriendo un amplio espectro de componentes semióticos vinculados -en la imaginería del anime- con estímulos sensuales. Sin embargo, si contemplamos a profundidad las actitudes, acciones y sensibilidad de Konoha, encontraremos que posee más dimensiones. Para empezar, podemos dividirla en dos vertientes: el sujeto cotidiano y la heroína, diferenciados por sus valores, conducta y discurso. Mientras la heroicidad se caracteriza por afirmar las virtudes épicas (valentía, coraje, fortaleza), un código de comportamiento loable (sacrificio, devoción, lealtad) y una tonalidad grave para expresarse; la cotidianeidad resalta los aspectos más comunes e insustanciales, esperando que el personaje actúe de manera aceptable, evidenciando sus defectos y hablando de manera coloquial y tierna (con gestos que despierten el enternecimiento). Cuando pasan de comedia a acción, las voces de Fate y Konoha sufren un cambio de registro vocal tornándose más adultas y solemnes. El giro es menos brusco en la meganekko porque un significado asociado a la fetiche de anteojos es la madurez emocional, pero también coincide con otra ideas vinculadas a las gafas, como la intelectualidad, la experiencia y un carácter apacible. En correspondencia, su habilidad de combate en forma de espada es bastante “racional”: analizar los puntos débiles del arma contraria. Las chicas de lentes tienen la facilidad de lucir serias y frágiles, sabias y  delicadas, además de transmitir cierto aire de onee-chan. Esta condición superior es resaltado por el notorio (y enfatizado) desarrollo físico de Konoha, motivo de discordias y ofensivos manoseos por parte de Fear, quien asume la posición de hermana menor que requiere ser tutelada. Esta ocasión el duelo clásico entre tetas de vaca y tabla de planchar se resolvió con saldo positivo para el bando pechoplano gracias a algunas argucias dialécticas de Kuroe, que redefinió la carencia de senos como “humildad del busto”. Vale interpretar esta rivalidad como una confrontación entre infancia y adultez aunque los personajes aparenten ser adolescentes: la beligerancia de ciertas pettanko (que desfogan su frustración contra las copiosas glándulas de sus contrincantes) suele manifestar un oculto rencor hacia el mundo adulto, que desdeñan pero envidian. El oppai connota -aunque suene sexista- la fertilidad femenina, el amamantamiento y, por ende, la potencial maternidad: no resulta caprichoso que otorgue a personajes como Konoha un aspecto maternal confirmado en sus actos. Las trenzas equilibran el conjunto confiriéndole un trazo más juvenil y cándido. Mediante el ahoge (mechón de cabello rebelde) se sugiere que, como cualquier persona, tiene defectos, humanizando la figura. Todos estos ingredientes participan del doble carácter: como simpática estudiante de preparatoria y como guerrera. En ambos casos, se trata de factores positivos (el heroísmo y la normalidad), que denominaremos “faceta luminosa”; sin embargo, este es apenas el primer nivel de dualidad en Konoha: durante la pelea con Alice, brota por breves instantes un rostro oculto, dark, muy instintivo e irreflexivo, como si las emociones negativas hubiesen tomado el control de su espíritu para concentrarse en sus impulsos de destrucción. Esta versión tenebrosa coincide con modificaciones del diseño facial, aparte del retiro de las gafas. La heroína pierde una tajada de moral cediendo su lugar a una antiheroína agresiva y descontrolada que parece disfrutar esas pulsiones animales. Aunque Konoha ha sabido domesticar esta especie de identidad subterránea que pervive en su subconsciente (se coloca los lentes y desaparece), el demonio continúa vivo, reprimido pero aguardando el momento para emerger. Es probable que jamás muera, sin embargo, el proceso de humanización para una espada sanguinaria consiste en aprender a controlar con prudencia este ímpetu destructivo, esa fuerza que habita en los abismos de nuestra psique, donde el palpita el thánatos. Apetecible bishoujo y bestia mortífera: ambas se conjugan bajo un mismo personaje, pero esta paradoja fundamenta su humanidad.

Los miedos de Fear

A diferencia de Konoha, la pequeña Fear encarna otra clase de paladín justiciero, guiada por sus intuiciones, tomando la iniciativa bajo efectos de la cólera o impulsada por sentimientos confusos. Este tipo de héroes se distinguen por el desequilibrio trágico entre su inexperiencia y el enorme poder que detentan: el tiempo otorga prudencia y sabiduría, pero los novatos creen en soluciones radicales e inmediatas, urgidos por sus sentimientos de zozobra, de inseguridad. Los jóvenes caen presas del falso orgullo y terminan actuando por ira porque reaccionan con temor al hallarse faltos de respuesta ante desafíos que sobrepasan su capacidad de comprensión. Desde el arribo de Kuroe, Fear enfrenta una dicotomía: la necesidad de creer en Haruaki y admitir la posibilidad de sanarse de la maldición contra la aparición tenebrosa de Alice y su ambiguo discurso sin moral, que jamás esclarece sus intenciones ni tampoco qué utilidad o beneficio busca en las Waas. Esta obligada a pelear para sobrevivir a los intentos de “apropiación”, pero encima debe solucionar un puzzle mental, un misterio que involucra la vida de civiles desconocidos: demasiada carga intelectiva para un personaje que recibe por primera vez tamaña responsabilidad. Fear no acostumbra reflexionar mucho y cuando lo hace, sufre porque entrevera sus ideas antes que organizarlas. Frente a antagonistas más maquiavélicos (que mantienen cierto grado psicopático y monstruoso de calma), los arrebatos de juventud implican una terrible desventaja: el primer duelo contra la representante de las Familias Bivorio deriva en una verdadera derrota anímica, pues no consigue imponerse a pesar de desplegar sus mejores recursos, solamente sustentada en su fuerza bruta. Aunque Alice escapa, los implementos de Fear no mostraron efectividad, e incluso la villana consigue agravar su incertidumbre porque, además de fracasar en sus propósitos de vencerla, tendrá que solucionar el rompecabezas de asesinatos que, con sadismo, le encomendaron cual bomba de tiempo. El tópico es antiguo, procede de Homero: al héroe le falta paciencia, cede a las pasiones, se empecina, se vuelve soberbio y esta desmesura lo empuja, de manera sublime pero fatal, hacia la muerte. Fear se encuentra a centímetros de la hybris trágica: sale a buscar una culpable, cuando Alice se había declarado autora de los crímenes. La chica del cubo está cegada por su afán de justicia, pero la causa original es otra: el hondo miedo de perder la esperanza. No tiene suficiente confianza en su propia salvación y pretende sustituir este sentimiento perturbador contestando con violencia. Como resultado, comete un error de concepto: el juego de detectives que planteaba Alice no tenía como objetivo encontrar a una criminal, ya confesa, sino desentrañar los móviles detrás de muertes tan espantosas. Fear no entiende siquiera estas instrucciones, no confía en su realidad: prefiere evadirse con una historia más sencilla, que destruya sus ilusiones matando al mensaje junto al mensajero (Kuroe), pero no logra responder al reto planteado. Insiste en investigar sola, sin ayuda de Haruaki, creyéndose autosuficiente, aislándose del resto para afirmar una ruda individualidad, pues el héroe impertinente acaba por alejarse de sus aliados mareado por sus caóticas paranoias y vanidades. Aunque tuviese razón en culpar a Kuroe, no explica qué relación tendría con Alice ni tampoco qué finalidad tendría cometer una serie de crímenes atroces contra clientes de su salón de belleza. Para colmo, la peluquera goza del apoyo fervoroso de sus vecinos del distrito comercial y cuenta con antecedentes intachables. Kuroe es el único referente vivo, palpable, que conoce Fear acerca de maldiciones curadas: hasta entonces, solamente depositaba su fe en Haruaki; ahora puede aferrarse a una prueba fáctica. ¿Por qué desconfiar, entonces?

Por miedo o confusión. Después de siglos de existencia fatídica, la herramienta de tortura creada para canalizar el odio tiene la oportunidad, tiene el poder de transformar su naturaleza tornándose humana. Pero todo giro brusco provoca temor: se desconoce qué sucederá cuando abandone su sencilla condición de herramienta, pues en adelante deberá asumir la responsabilidad plena de sus actos realizados a voluntad. Ese desasosiego empezó a exteriorizarse cuando Fear experimentó los sentimientos humanos más nobles, pero también paradójicos, como el amor. Son sensaciones terribles porque no son simples. El sujeto (en crecimiento) se halla tentado a preferir que muera la esperanza del bien porque alimenta la incertidumbre, sin importar que triunfe el pesimismo, porque esta debacle asegura una certeza. Fear busca ayuda en otra imagen “tutorial”, de autoridad, a quien respeta: la Presidenta Kirika, pero al solicitárselo no oculta su inquietud. A pésimo árbol se arrima porque la Iinchou atraviesa sus propios dilemas, que antes la afectaban en su estabilidad emocional, pero que, dado el estrés y la continua represión, acaban por somatizarse, por transferirse al cuerpo. A Kirika la atormenta una disyuntiva que compromete su identidad. Ignoro cuánto se ajustan los tópicos del anime a las circunstancias reales (el peso institucional en una preparatoria japonesa), sin embargo, los relatos de ficción se construyen sobre la base de códigos instituidos por el hábito (tópicos): quienes hayan visto innumerables series school-life, es común asociar la figura de la autoridad estudiantil (iinchou, kaichou, delegada, etc.) a ciertas fórmulas y procedimientos. El tipo de personaje de Kirika sirve para reflejar la importancia de las jerarquías y poderes internos dentro de la dinámica cotidiana del colegio, pero además, existe un condicionamiento permanente sobre las Presidentas de clase: no están solamente obligadas a imponer, vigilar o representar la disciplina, sino encarnarla o, peor aún, ser la disciplina misma. Esta exigencia trasciende su actividad escolar, se convierte en núcleo de su personalidad, al punto que cualquier acto incompatible implica un riesgo contra su identidad. Siendo una celosa guardiana de la moralidad (su lado espartano), cualquier conducta que bordea la parafilia quebranta su imagen pública que, curiosamente, modela su intimidad. De nuevo, el enamoramiento suscita el cataclismo que forzará a Kirika a redefinirse como individuo rompiendo la coraza y exponiéndose en sus flancos más imperfectos, sucios y estremecedores. Porque sin importar su cariz, exhibir la sexualidad genera un espanto en quien atestigua ese descubrimiento. Con mayor razón si hablamos de rituales mágicos donde el humano se pone al servicio del objeto. Oonuma vuelve a demostrar su tino para sublimar estas situaciones terroríficas enfocándose en símbolos y alegorías.

Heroísmo low profile

Para completar esta revisión del cuarteto protagónico, aunque las jovencitas acaparen el spotlight, un panorama de estaría incompleto sin elogiar las virtudes de Haruaki como lead masculino: cuando predominan las chicas como factores de justicia, el varón que articula los entreveros románticos suele carecer de recursos épicos e intelectuales y, muchas veces, resulta un idiota convicto y confeso, cuando no indeciso y pervertido por naturaleza. Haruaki se aparta del estereotipo sin necesidad de presentarse como un habilidoso guerrero: no queda claro si sus cualidades de espadachín dependen de la influencia que ejerza Konoha como herramienta, pero no rehuye a pelear para defender causas justas, validando con esta actitud los pilares de la ética heroica: valor y rectitud. Haruaki no congrega a las muchachas por motivos meramente románticos: la articulación del sistema de relaciones entre los personajes tiene como eje principal la función de consejero espiritual que desempeña Yachi-kun. Si Fear representa un modelo de héroe arrebatado pero poderoso, su anfitrión es una especie de “joven anciano”, un adolescente cauto y honesto, que alcanzó un inusitado nivel de madurez y posee, además de conocimientos, prudencia. El contacto con Waas desde temprana edad y la constante ausencia del padre pudo forjar esa presencia paternal que emana. Es diplomático, conciliador, precavido. No permite apasionamientos, prefiere negociar y dice las palabras precisas en el momento adecuado. Gracias a este conglomerado de virtudes intelectivas, Haruaki es capaz de juzgar con ecuanimidad y comprender las preocupaciones de sus semejantes. No condena a Kirika, pues interpreta su sometimiento a tamañas torturas como un sacrificio por el bienestar general: antes que permitirle ahorcar y matar personas inocentes, prefiere volverse ella bocado para el artefacto maligno. Haruaki tampoco reprocha el supuesto egoísmo de la Presidenta ni cuestiona su actuación: la ensalza por decidirse a cargar esa ominosa responsabilidad e incluso se ofrece a brindarle su colaboración porque es inmune a las maldiciones. La presencia del muchacho ayuda al proceso de redención de cada chica, no porque el enamoramiento las inspire, pues ello implicaría que Haruaki cumple una labor pasiva, sino gracias al equilibrio psicológico que Yachi-kun engendra con su amparo emocional, su percepción privilegiada, su aceptación. A diferencia de otros héroes psicoterapéuticos, aplica un tratamiento blando, lento, cimentado en la amabilidad, la afectuosidad, brindando una disimulada tutela espiritual. Es digno de aplauso que realice esta tarea casi sacerdotal sin llamar acaparar demasiado la atención, sino manteniendo una sorprendente humildad.

P.D. Anuncio especial
Debido a los preparativos navideños (celebraba las fiestas en familia después de cuatro años fuera del país), algunas publicaciones sufrieron retrasos que lamento. Apelo a su gentil comprensión. A partir del jueves inicia la entrega de Premios Serious&moe 2011: andaré ajustado de tiempo finiquitando el cierre de temporada, por tanto, no lanzaré post de nominaciones. Sin embargo, los lectores pueden participar ingresando sus sugerencias para cada categoría en nuestra página de Facebook. Los interesados pueden buscar el álbum correspondiente en nuestra sección de Fotos y colaborar con sus comentarios (cada rubro contiene cinco o seis nominadas, pero el lector está en libertad de proponer otras).

2 comentarios

  1. Lo que siempre me intrigo en Haruaki es esa confianza al hablar de su inmunidad contra maldiciones, no parece ser algo meramente anedotico sino una real caracteristica de su ser, como seria el Imagine Breaker de Kamijou Touma, aunque en su caso mas preciso ya que solo anula las maldiciones y no las bendiciones,aunque tambien no tenga las ventajas del IB

    28 diciembre 2011 en 22:31

  2. rolo2k

    Sin duda en el caso de Kirika hay un masoquismo confeso ominoso y cruel al condenarse a sí misma a llevar consigo semejante maldición, aún si consideramos en su actitud una forma de expiación o sacrificio; ciertamente debo admitir que me siento atraido por su personaje, quizá por esa dualidad entre severidad y dominio (como es de esperarse en el arquetipo de la presidenta escolar) con su lado vulnerable y solitario que deja entrever. Poro otro lado es de sorprender la entereza de Haruaki al permanecer sereno ante el lacerante y perturbador espectáculo mostrado por Kirika (en mi opinión fue casi como una epecie de declaración de amor) y más aún al ofrecerse a sí mismo como depositario del objeto maldito que la tortura, si bien como lo dicta el esquema del harem, las intenciones de Haruaki hacia la presidenta siguen siendo ambiguos.

    Al juzgar las intenciones del clan de Alice Bivorio, el lado oscuro de Konoha, las inquietudes de Fear e incluso la condición de la simpática Kuroa surge la pregunta ¿las waas serán capaces de alcanzar la plena humanidad o mantendrá permanentemente latentes sus potenciales como herramientas?… y si lo último es cierto, ¿realmente podrán superar la maldición?

    30 diciembre 2011 en 23:03

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