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C³ Cube×Cursed×Curious 9: Muñeca brava

De armas tomar

El arribo de Kuroe, ídolo del distrito comercial y antigua inquilina de Yachi, renueva el esquema de villano por arco ampliando el mapa de facciones que disputan el dominio sobre las herramientas malditas: Haruaki, su padre y -probablemente- el superintendente del colegio representan al sector más solidario y dispuesto a colaborar en el camino de redención de estos objetos humanizados; los Caballeros de la Recolección como Peavey Barowoi encarnan al otro extremo, el sector más recalcitrante de oposición contra los Waas. Entre ambas, se encontrarían dos organizaciones interesados en obtener estos instrumentos por motivos poco altruistas: los Nightcrawlers, empeñados en investigarlos y tratarlos como piezas de laboratorio; y las Familias Bivorio, cuyo propósito es todavía misterioso, pues pretenderían -según declara Alice- capturar a estas “anomalías” para forzarlas a convivir con ellos, a manera de coleccionistas obsesivos. El colmo del fetiche, incluso si consideramos que C³ proyecta de forma subyacente, mediante la transformación de artículos inertes en hermosas jovencitas, una disimulada premisa fetichista que constituye su original meollo estético.

En cierta forma, somos aquello que poseemos. Guardamos con los objetos y demás posesiones “sin vida” un vínculo emocional, una historia sentimental materializada en las cosas. Los seres humanos, antes que razonar por silogismos, por defecto solemos actuar guiados por un universo de signos: los objetos serían el significante que permite la eclosión del significado (nuestros recuerdos, experiencias, emociones, valores). Todos tenemos algún ítem (un regalo, una herencia, algo que nos costó mucho esfuerzo conseguir) cuyo uso o mera contemplación nos genera sensaciones positivas, invoca la memoria de momentos preciados en nuestro crecimiento espiritual o simbolizan aquello que deseamos ser o como ansiamos ser observados. Las cosas no son ni equivalen a nuestro mundo interno: simplemente lo evocan; sin embargo, a diferencia de cómo la modernidad tardía ha concebido la relación del hombre con los objetos circundantes. Suele aplicarse un pensamiento demasiado economicista (que engloba tanto al individualismo liberal como al materialismo marxista), como si el mercado o los procesos de producción fueran los únicos que determinaran el valor de las cosas: así ocurre efectivamente con el precio, pero la valoración es un fenómeno más irracional, menos esquemático. Intervienen las apetencias, las manías, los prejuicios. El coleccionista vehemente está casi emparentado con el fetichista: ambos comparten una atracción hacia la materia como portadora de connotaciones y estímulos. Durante su aparición en casa de Haruaki, Alice proclama una especie de manifiesto que sitúa sus intenciones en aquél espacio turbio donde el afán de posesión se torna enfermizo: cuando los artefactos malditos concentran un excesivo monto de sufrimiento o negatividad ajena, acceden a la humanización (quizá como compensación al daño que causaron y experimenten “en carne propia” el dolor inherente a la humanidad) y Alice es consciente de esta naturaleza mixta (siguen siendo objetos, pero también personas); sin embargo, las Familias Bivorio insisten en “objetivizar”, en “cosificar” a chicas como Kuroe y Fear con el siniestro propósito de saciar su morbo, es decir, sus ansias perversas por controlarlas y utilizarlas. Desde otra perspectiva, podría asumirse una crítica a determinados comportamientos condicionados por un sistema que privilegia el acto de poseer, cuya peor consecuencia sería la alienación del sujeto y su degradación al nivel de “cosa”, quedando librados al antojo de quienes se arrogan el poder. Aunque esta interpretación es válida, también cabría conectar algunos términos relacionados al anhelo desmedido de posesión con sus correspondencias semánticas en el campo del erotismo. La sexualidad es una constante temática, aunque en ciertos casos no se exponga de manera expresa, sino soterrada. En cuanto al fetiche sexual, este concepto engloba todo objeto que pierde su valor original para convertirse en receptáculo o intermediario del deseo. aborda el asunto de dos manera distintas: tematizándolo (por ejemplo, la relación entre Sovereignty y Shiraho) o sugiriéndolo a través del mecanismos de la moeficación.

Para explicar esta lógica del fetichismo comenzaré aclarando que estamos ante un tópico antiguo y mítico, con bases ancladas en cierto comportamiento religioso: el sujeto le atribuye a la materia cualidades excepcionales, la sublima, la convierte en objeto de adoración. Hablar de herramientas malditas implica sumergirnos en conceptos asociados a la religión o, cuando menos, la espiritualidad y los mitos: los Waas son artefactos que adquirieron poderes, son instrumentos semidivinos (o maléficos) utilizados para matar y destruir como las espadas legendarias de los héroes medievales. En resumen, son objetos que merecen temor. Aunque parezca curioso, ocurre igual con los fetiches sexuales: por ejemplo, el fetichista de los zapatos los adora porque reconoce en ellos el potencial para excitarlo, como si ejercieran una fuerza incontrolable sobre su libido. En ciertos casos, al divinizarlo, el objeto es provisto de características humanas y finalmente, le confieren plena humanidad, incluyendo una personalidad e incluso sentimientos. Esta situación fronteriza ha sido explorada con anterioridad por el anime en incontables historias protagonizadas por androides. Al tratarse de robots con apariencia de hermosas jovencitas presentadas al público como encarnación del objeto de deseo, se redunda en todo un sustrato erótico alrededor de las muñecas (como Sovereignty y Kuroe), representaciones del cuerpo humano que el usuario maneja según sus caprichos. Sin embargo, en la vida real la “humanización” es simbólica, solo funciona en la mente del fetichista. En ficción, puede jugarse con este escenario fantástico: ¿qué pasaría si esta figura inerte tuviera vida y voluntad propias? Fear y Konoha pertenecen a arquetipos distintos de bishoujo, pero ambas son expuestas (con especial énfasis en este capítulo repleto de cosplay, no-pan y una escena de baño) como modelos de belleza, como referentes del apetito masculino. Nunca se oculta que sean objetos e inclusive suelen regresar a su forma original en ocasiones específicas. Hemos visto a Konoha como espada y apenas podemos relacionarla con la meganekko de simpáticas trenzas y medias largas. Se supone que Fear, la atolondrada y cándida que sufre horrores para hilvanar dos pasos de baile, es la herramienta de tortura más sanguinaria de la Historia. Para plegarnos al relato, debemos aceptar estas premisas aunque nos parezca increíble, porque el efecto que busca es involucrarnos en el problema antropológico de los personajes a través del fetiche: son chicas lindas, adorables, pero también son cosas. Además, están involucradas en una suerte de triángulo amoroso con Haruaki, de donde se deriva la pregunta sobre la posibilidad del auténtico sentimiento entre humanos y cosas. Todos estos dilemas se deberían resolver respondiendo al asunto espinoso de la serie: qué distingue a objetos y personas cuando algo traspasa los límites entre ambas nociones. Al humanizarse, ¿los instrumentos como Fear y Konoha dejan de ser cosas? No, porque mantienen sus habilidades. Entonces, la humanidad consistiría en el ejercicio de la voluntad en un espacio de libertad: Kuroe preserva sus poderes y destrezas, pero en lugar de someterse al mandato de algún dueño, es capaz de escoger cómo aplicarlos y desde que el sujeto asume su capacidad de elegir entre Bien y Mal, puede redimirse. La condición de nuestras heroínas es intermedia, pero la materialidad es apenas una parte (importante, claro, pero no absoluta) de lo humano, complementada por los aspectos racionales y espirituales. Podría argüírse, entonces, que Kono-chan y Ficchi son humanas con talentos diferentes al resto, pero con idéntica disposición al amor. Esto sería parcialmente incorrecto porque su condición inicial es imprescindible para comprender su identidad: ellas también son cosas, pero este origen no impide que accedan a la calidad de personas. Los Nightcrawlers y las Familias Bivorio omiten esta dualidad: desconocen su humanidad, continúan concibiéndolas como instrumentos para su explotación, sea científica o fetichística.

Existe también una predisposición al sadismo o al masoquismo en algunos personajes. El arco anterior trazaba esta problemática asociación entre deseo y pulsión de muerte, aunque ahora Shiraho y Sovereignty, sanas y salvas, se conviertan en elementos de comedia. Sin embargo, se trataba de un eros angustiado y conflictivo, no morboso, como ocurre cuando la búsqueda del placer implica la humillación, la degradación, la deshonra sistemática del otro. Estas conductas, contempladas como perversiones, forman parte de la psicología del villano con la intención de subrayar su maldad visceral, su carencia de escrúpulos e incluso su proximidad con la locura. Antes que definir el Mal como un principio cósmico, como un determinismo (se nace pérfido y punto) o como una esencia, el anime suele aplicar (en la mayoría de casos) una interpretación psicológica: detrás del antagonista, existe un background traumático que justifica su desviación. C3 ha respetado esta tendencia: debemos aguardar, en consonancia, que expongan los “motivos” de Himura y Alice, al menos mediante flashbacks entrecortados como hicieron con Peavey. Como muchos intrigantes, el profesor de Matemáticas es un sujeto taimado y retorcido que gusta de ejercer su poder sobre el cuerpo de quienes pretende subordinar. Acosa y manosea a Kirika tratando de intimidarla con sus palabras hasta que la Iinchou se indigna. Entonces, responde con una alusión sexual directa: intuye que la presidenta de clase está enamorada de Yachi y utiliza esta sospecha para amenazarla, advirtiéndole que está impedida de amar. Himura no hace referencia a la capacidad de entablar un vínculo sentimental: es adulto y comprende que la corporalidad es esencial para cualquier romance. Su intención es herir a Kirika como mujer, rebajarla con sus insultos porque parte del ejercicio abusivo del poder supone además de la violencia sobre el cuerpo, imponerse al otro mediante el lenguaje y establecer una jerarquía donde el mandamás decide quién eres. Sexualizar estos mecanismos sirve además para reafirmar al poderoso en su convencimiento: no goza del estímulo erótico, sino de dominar al subordinado. Por suerte, Kirika no accede con facilidad a sus pretensiones de sujeción y sabe defenderse. Además, cuenta con un flamante grupo de amigos dispuestos a ofrecerle una mano sin importarle su condición porque valoran sus actos y sus actitudes. La Iinchou tuvo un extenso segmento dedicado a precisar sus dilemas como miembro en rebeldía de la Nación Laboratorio y definir sus sentimientos hacia Haruaki: como las Waas, ella también se considera un ente anómalo, pero encuentra en la aceptación de Yachi-kun y compañía el punto de apoyo para recuperar su humanidad.

2 comentarios

  1. El término fetiche originalmente era usado para referirse al objeto en que los pueblos primitivos veían encarnado a su dios, de ahí sus connotaciones religiosas. Ahora bien, es interesante que hagas un paralelismo entre el objeto económico de consumo y el objeto de goce sexual. La mercancía como fetiche y el fetiche de la mercancía han sido la base de las teorías psicoanalíticas y marxistas desde sus inicios. En realidad lo que ambas sugieren es una verdadera “ausencia del objeto”, del reemplazo de éste por algo más, una sustitución metonimica en la cadena de producción o un desvío perverso de la sexualidad. Hay sustitución porque no se tiene el objeto deseado, porque el significando jamás es alcanzado de modo oportuno, perdiéndose indefinidamente en los significantes que se sustituyen unos a otros. Por otro lado hay que hablar de una mala conciencia hacia el objeto: éste nunca se comporta del modo en que se dueño lo desearía: trátese de una herramienta maldita o una media, la materia ejerce una resistencia. Una obra de arte no responde a los deseos de su creador, un paraguas se daña en una tempestad, un grifo no deja de gotear, son otros tantos ejemplos de esa resistencia silenciosa que nos golpea y causa estragos en nuestra cotidianidad.

    21 diciembre 2011 en 08:46

  2. Esta serie sigue sorprendiéndome pues este episodio, aparte de la abundancia de cosplay, conatos de acoso, intentos de abuso, fanservice e incluso – en mi opinión – una pizca de lolicon, también da pauta para temas como los ya expuestos en esta reseña referentes al transfondo de la historia acerca de la subjetivización o proyección emocional (… somos lo que poseemos…), el fetichismo, el utilitarismo, la alienación, el sado-masoquismo, etc.

    Me parece curioso el contrarse entre las waa (Fear, Konoha y ahora Kuroe) y Kikira, la austera presidenta escolar, ya que mientras las primeras aspirar a dejar atrás su pasado como objetos malditos y que sea reconocida su humanidad, obteniendo así la redención de sus culpas… y tal vez el amor de su tutor…; mientras que la segunda, ya sea por voluntad propia o por su labor vinculada a la facción del “laboratorio”, al parecer renunció a su humanidad para fusionarse con un objeto maldito (el cual la protege pero a la vez también tortura), lo cual la convierte también en sujeto de expiación/redención para recuperar su humanidad. Espero que en próximos episodios se desarrolle más este personaje.

    21 diciembre 2011 en 18:09

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