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Boku wa Tomodachi ga Sukunai 9: Dame tu fuerza, Pegasus

Cuidado: tenemos rubios y sabemos cómo usarlos

Ahora que Kobato adquirió su “verdadera forma”, continúa consolidándose como el personaje más divertido del elenco, esta especie de harén interruptus, donde recién se vislumbran con cierta intensidad los primeros indicios de conflicto romántico entre la osana najimi encubierta y su carnosa rival. Boku wa Tomodachi emplea, sin muchos escrúpulos, el abanico básico de recursos picarescos y calenturientos del harem, en especial, su columna vertebral: la provocativa exhibición de un conjunto variopinto de bishoujos (en versión open-mind si incluimos al trap). Aunque nunca deje de funcionar en las coordenadas habituales del love-comedy, algunos aspectos lo apartan de estereotipo, como si complotara de manera socarrona (y paródica) contra su propia naturaleza haremesca. Kobato destaca porque su tenebroso discurso gótico copiado de un extravagante anime contrasta con sus auténticos temores y debilidades, una peligrosa mezcla de locura y ternura.

El espíritu carnavalesco es consustancial al harem. No escojo esta palabra solo porque el “carnaval” esté simbólicamente asociado a la ruptura de barreras y la burla permanente (la seriedad y sublimidad cede su lugar al humor y lo grotesco), sino porque la etimología de este término está ligada al festejo, la celebración de la carne (porque esta fiesta coincide con los últimos días antes del ayuno de Cuaresma): esto hace referencia tanto al alimento, como la corporalidad, la sexualidad. Por ello, los carnavales exaltan el erotismo, el desbande y la satisfacción de los apetitos, además de divinizar la gula, la lujuria y demás excesos. Ahora extraigámoslo de su contexto religioso y apliquémoslo como concepto teórico y tendremos el mejor punto de partida para ensayar una definición de harem. En resumen, hablamos de una reproducción humorística de la poligamia en un entorno de potencial fertilidad: los protagonistas son adolescentes con hormonas revueltas que comparten espacios metafóricamente cerrados (ojo, no significa que estén encerrados o convivan en la misma casa). Estos espacios de socialización y roce tanto emocional como corporal, pueden ser, además del hogar, centros de trabajo, clubes o la escuela en sentido amplio. Por norma, la cantidad de chicas es variable, sin embargo, solo puede haber un lead masculino. Estos roles se corresponden con funciones de género, en consecuencia, si Yukimura cumple un papel “femenino” no interfiere en la función de Kodaka y aunque haya esta anomalía, la estructura se mantiene. Ahora integremos el contenido carnavalesco: todo harem quebranta con insistencia las fronteras del contacto entre hombre y mujer, siempre de manera estrafalaria y desmesurada hasta llegar al ridículo o el absurdo. Por proximidad, las muchachas se enamoran del único chico cercano generando una atmósfera de tensión sexual intensificada por el despliegue de fanservice (desde pantyshots hasta desnudos o sugestividad ecchi). Sin embargo, estas situaciones de concupiscencia juvenil son presentadas no con seriedad dramática, sino bajo un manto de comedia. Toda insinuación, acoso, tocamiento, coqueteo, etcétera, es asumido como broma o ridiculez, en general, como esperpentos. Esto ocurre en Boku wa Tomodachi y podríamos denominarlo “mascarada”, como las fiestas de carnaval: cada personaje actúa de forma caricaturesca, todos están amplia o medianamente chiflados. Además, hay una fascinación por disfrazarse, aunque fuera por joda: Yozora se coloca una máscara de caballo, Kobato solo se cambia de ropa para continuar encarnando a su heroína de televisión, Rika siempre lleva bata de laboratorio, Yukimura se trasviste. Incluso Maria parece un remedo de monja antes que una auténtica religiosa y tiene miedo de convertirse en demonio cuando le colocan la supuesta cabeza de Astaroth. Cada personaje posee un desequilibrio personal y particular que, en conjunción, convierten el salón del club de la Buena Vecindad en una nave de locos: Yozora es mandona y precipitada, además de encantarle hacer escarnio con su lengua maliciosa. Para colmo, se refugia cuando le conviene en su air tomodachi (cuya existencia se resiste a negar). Sena está obsesionada con los galge, Rika ha transformado la ninfomanía en una corriente de pensamiento y Yukimura está tan fanatizado con las historias de samuráis como Kobato con la ficción gótica.

Todos están como una cabra, incluso el padre de Sena, quien -suponíamos- sería un sujeto medianamente cuerdo, al menos para regentar un colegio privado católico. Pero ese carácter festivo y cachondero, que frustra cualquier intento de profundidad evita que Boku wa Tomodachi sucumba en los vicios del harem corriente, aún cuando redunde en sus temas y tópicos: como todo es risible, también el jugueteo de insinuaciones y aproximaciones íntimas está teñido de estupidez. Quizá el único sensato del grupo sea Kodaka (y curiosamente, nadie a su alrededor lo reconoce como una persona juiciosa): esta virtud del lead masculino es bastante inusual y representa la mayor negación al modelo habitual de harem, donde los protagonistas son tipejos indecisos, torpes, levemente pervertidos, sin identidad, con escasas cualidades racionales, en suma, unos imbéciles incapaces de reaccionar con cordura o hacerse cargo de calmar el ambiente de demencia que cunde alrededor. En cambio, Kodaka, además de tolerar el aislamiento de sus compañeros de clase y cuidar con esmero de su hermana menor, mantiene la cordura pese a las ocurrencias de Yozora, los alardes de Sena o la impudicia de Rika, e incluso acepta a Yukimura como lacayo y se atribuye la responsabilidad de nutrir a Maria. Rodeado de fresca piel femenina a su disposición, el muchacho muestra una heroica apatía, una increíble calma para cumplir su trabajo de tsukkomi, el tipo serio que corrige, manda callar o ningunea al boke (el idiota gracioso). Ardua tarea, porque todos los miembros del club manifiestan, hacia el presunto yankee, distintos grados de dependencia sentimental. Por mientras, podemos agruparlos por parejas: dos imouto en contienda (una de sangre, otra postiza), dos kouhai con estrambóticas perspectivas sobre su sexualidad (un trap, una pervertida) y dos enemigas juradas (rubia versus morena, oujo-sama contra amiga de infancia). No empleo el concepto de enamoramiento porque solo podría imputársele a Sena y Yozora, quienes parecen enredarse, sin advertirlo, en una suerte de triángulo, donde la exuberante ricachona lleva algunos centímetros de ventaja gracias a su ofertosa actitud (aprovechando el retroceso de su contrincante, maniatada por culpa de su orgullo casi tsunderesco). Del resto, las vibras amorosas son discutibles, pero queda claro que someten y supeditan sus emociones al mandato de Kodaka. Esta combinación de maniáticos enmarañados en batallas verbales, abuso de sarcasmo y humor negro (sin golpes) es divertido porque se sostiene sobre un ritmo fluido transitando entre las múltiples obsesiones de cada personaje: estas manías determinan su modo de hablar y su mirada mediatizada y distorsionada acerca del mundo. Antes que fijarse en la Realidad, prefieren imponerle un discurso que les permite evadirse, siempre proveniente de sus lecturas o consumo de ficción. La prueba palpable de su deseo por escaparse y negar su situación es que continúen jactándose de su carencia de amigos cuando se comportan alegremente cual pandilla de compinches, urgidos de reunirse a diario para verse las caras y pasar el rato juntos.

Por desgracia, esta ocasión, el relato anduvo menos eficiente y ensamblado, pues no contaba con temática unitaria que reuniera ambas partes: la primera, dedicada al día de trajes de baño, que consistió en simples interacciones humorísticas que reciclan el repertorio de los capítulos anteriores; la segunda, copada por la visita de Kodaka y Kobato a la mansión de Sena, también menoscabado por la brevedad. Presiento que ambos escenarios pudieron ser explotados con más amplitud, sin apresuramientos, pero pese al ajuste (seguro condicionado por el airtime pautado para esta temporada), la cita con el señor Kashiwazaki resultó ilustrativa para perfilar el presente familiar de los hermanos Hasegawa y esbozar brevemente la faceta dramática de nuestro protagonista, aún manteniendo cierto grado de secretismo. Obviando el incidente durante la cena, que Kodaka maneja con prudencia luego de indignarse con justa razón, la velada transcurre con “normalidad” (digamos, según los criterios de la comedia, sin incursiones al terreno solemne): en efecto, la borrachera y el involuntario desnudo de Sena encajan con esta noción porque los excesos constituyen el núcleo de lo carnavalesco, el placer sin mesura y la carne en vitrina (sin referencia al apodo de cierta tetánica ricachona), situaciones habituales en la rutina de Boku wa Tomodachi. La noche en casa del director tuvo consecuencias sobre la dimensión romántica del relato, porque facilitó que Sena se adelantase a Yozora en varios sentidos: desplazándola del foco de atención (porque ensombrecen con su ausencia la reunión del club) y prácticamente borrándola del mapa durante varios minutos (salvo su aparición final con el rostro melancólico), además de monopolizar a Kodaka por segunda ocasión. Hasta ahora, si evaluamos los méritos, la aristócrata aventaja a su competidora porque supo encontrar las circunstancias adecuadas para acapararlo y alejarlo de Yozora. Además, aunque provoque miedo y recelo en Kobato, insiste en acercársele y mimarla, pretendiendo comportarse como onee-chan. No importa el rechazo, porque lo chistoso y adorable se entremezclan en esa dinámica infinita de persecución afectiva. Este juego enternecedor de insistencia y repulsión no está exenta de interferencias discursivas porque Sena ansía -a cualquier costo- ganarse una amiga, pero empleando como método sus estandarizadas experiencias como jugadora de eroge (más alucinada que Kirino Kousaka), olvidando que estas historias suelen enfocarse en alimentar el morbo masculino alrededor de perversiones y fetiches. Aunque el asedio de Sena sobre Kobato carezca de matices homoeróticos, esta posibilidad se desliza como subtexto con finalidades cómicas, como si la gótica loli con sus falsos ojos heterócromos se percatara de inmediato de las malévolas intenciones de su perseguidora y activara los mecanismos de conservación. La hija del Pegaso deberá recurrir al Universo para acumular valor si desea continuar con su cordial acoso.

Una respuesta

  1. lnn

    yozora parecía la menos anormal…

    Cada uno de los personajes de esta serie (algunos más bizarramente que otros) sitúan lo cotidiano en su propio sistema particular de referencia que supuestamente no comparten con nadie (por eso dicen que no tienen amigos). En contraste con los envidiados “populares”, que tienen no un sistema de referencia particular sino que se les impone el mismo para todo el grupo (supongo que la rebeldía a aceptar esto es lo que los llevó a los personajes de la serie a ser no populares). De algún modo están construyendo poco a poco y no sin dificultades (muy cómicas la mayoría, alguna dolorosa también) un sistema de referencia común para el club, no por imposición sino integrando lo de cada uno en lo de todos.

    13 diciembre 2011 en 10:40

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