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Un milagroso helado en invierno. El arco de Shiori Misaka

El canon del moe bajo nuestra lupa

Aizawa-kun. Se supone que los milagros no ocurren tan fácilmente (Kaori Misaka).

Es necesario sacrificar dos cosas para obtener un milagro: la vida y la memoria (Mishio Amano).

Reactivamos nuestra sección de Análisis examinando al detalle el proceso narrativo (o hilo dramático) de Shiori Misaka en Kanon (versión 2006) desentrañando los elementos que constituyen su estética y el perfil ideológico que pone en escena una variante de la comedia sentimental.

Una declaración de propósitos:

1. Sobre el método

Todo estudio alrededor de un texto que aspire a cierto grado de prolijidad y profundidad debería iniciarse sorteando la incómoda pregunta acerca de nuestros motivos, interrogante que encierra una paradoja funcional para quienes pretenden conciliar, como parte del oficio crítico, la exposición objetiva y la justificación del gusto. En otras palabras, si consideramos que nuestro trabajo primordial como bloggers de anime consiste en facilitarle al público una lectura enriquecedora de las series que suscitan nuestro interés, resulta obvio que partimos de la intención de comunicar una experiencia subjetiva, personalísima e intransferible (el placer). Sin embargo, si convertimos el ejercicio reflexivo en expresión de nuestras afinidades emotivas, incurriremos en el espinoso vicio de la crítica impresionista, una práctica no necesariamente nociva, pero limitada al elogio o la deprecación, que poco ayuda a enriquecer la comprensión cabal del espectador sobre un relato. En consecuencia, aunque nuestra intención inicial sea discurrir sobre un producto que estimuló nuestro sentido estético, debemos esforzarnos por objetivizar esas percepciones y contamos con herramientas y métodos para lograrlo. Comenzaremos por asumir que todo objeto de consumo cultural (por favor, adiós al término “obra de arte”) es resultado de un proceso de arquitectura funcional, de estructuración. En resumen: un “artilugio”, un artefacto. Explicar nuestro “gusto” implica desentrañar la constitución del objeto. Para ello, debemos deconstruirlo para volver a ensamblarlo mentalmente. Desde luego, no juzgo pertinente que otorgarle el estatuto de ciencia a la crítica, pero al arrogarnos la pretensión de realizar un acercamiento objetivo, es necesario seguir una metodología, una secuencia de trabajo. Aunque esta sección se denomina Análisis, en realidad, este vocablo alude únicamente a la primera etapa, que consiste en identificar las partes que constituyen un todo, por ejemplo, la estructura narrativa, el sistemas de roles, los diseños de personajes, los esquemas discursivos. Ello nos permite identificar patrones (arquetipos, tópicos, leit motifs) y ubicar cada elemento dentro de un armazón semiótico (es decir, como componente cargado de significados y connotaciones) donde cumple una función. Cuando nos internamos a descifrar ese contenido, entramos a la segunda fase, que llamaremos exégesis o interpretación, en concreto, dotar de sentido a la información analizada para explicar el marco ideológico y la intencionalidad del relato. En palabras más simples, ofrecer una hipótesis sobre las ideas que pretende comunicar el texto, no solo aquellas expresas de forma manifiesta, sino también la visión del mundo transmitida por las vías subterráneas de la sugestión, la insinuación o las presuposiciones. No existen los aparatos textuales inocentes: todos se asientan sobre una percepción de la experiencia humana, sobre nociones sistematizadas acerca de la realidad, lo cual podremos llamar “ideología”, “cosmovisión” o “ethos”. Desde luego, toda interpretación es una versión, una opinión. No tiene valor de verdad. Por esta razón, cada lectura se convierte necesariamente en reescritura. Mientras esté sustentada y sea coherente, será válida incluso si el autor se esfuerza por desmentirla. Desde la interpretación es posible el debate que retroalimenta la lectura. Podemos considerar satisfactorio cualquier estudio que alcance este punto; sin embargo, la dinámica del consumo cultural permite (y en ocasiones, obliga a) sumar una tercera y última etapa: la valoración. Ningún texto se construye de cero, siempre responde o dialoga con un conjunto de productos que lo precedieron e influyeron sobre sus creadores. Un escritor aprende a escribir leyendo. Un director de anime aprende su lenguaje cinematográfico viendo animación. A estos textos precedentes los denominamos tradición. Pero, además, el espectador juzga las series gracias al horizonte de expectativas generadas por relatos que consumió con anterioridad. Valorar un texto no supone emitir una apreciación sentenciosa sobre su calidad, sino en ubicarlo como parte integrante de una tradición textual y precisar qué añade a ella, cómo la revitaliza.

2. Justificación

Mi interés particular por someter a lupa el arco de Shiori Misaka en Kanon 2006 se origina, en efecto, en la simpatía moestática que inspira el personaje y porque, como bishoujo, me resulta amena como estímulo visual pues colma mis preferencias personales o, para mayor precisión, si hablamos de moe-ness, satisface mi ideal de lindura, tomando en consideración que el criterio adecuado en este rubro estético es “lo kawaii” (la noción corriente de belleza sería improcedente). No obstante, esta fascinación no puede justificarse en el gusto mismo porque nos entramparíamos en una tautología. Si Shiori concita mi atención como figura (significante) y como personalidad o sujeto de un relato (significado), es porque el entramado narrativo de Kanon –ideado por Jun Maeda y adaptado con destreza por KyoAni– supo tocarme una fibra sensible o provocó en mi mente una serie de inquietudes emocionales o intelectuales, las cuales debo enumerar y se convertirán en objetivos de nuestra exploración. En principio, respecto del potencial cautivador que ejerce el personaje (sus coordenadas como signo de erotismo), despierta la curiosidad que Shiori fomente en ciertos espectadores masculinos el “deseo de protección”. Se trata, sin dudas, de un modelo habitual en la novelística de Key (la chica enferma que continúa luchando pese al riesgo de morir en cualquier momento), cuyo funcionamiento merece dilucidarse porque trasforma la compasión, la misericordia, en fetiches, una aplicación distinta, aunque no reñida con la frecuente apelación a la enfermedad como recurso manipulador en el melodrama lacrimógeno. Como observaremos, la hospitalización o la proximidad con la muerte es una temática obsesiva para Maeda (Misuzu en Air, Nagisa y Ushio en CLANNAD, la mayoría del elenco en Angel Beats!); sin embargo, en Kanon no solamente es endémica, sino que podría catalogársele como motivo recurrente: Ayu Tsukimiya se encuentra en estado de coma desde hace diez años; Mai, Sayuri y Akiko son internadas por diversos traumatismos; Makoto desaparece después de una penosa deshumanización. El mismo Yuuichi padece de amnesia. El pasado también está teñido de tragedia: madres y hermanos enfermos, accidentes casi letales. El rostro de las familias es siempre monoparental (aunque ello no implica orfandad): Akiko ha criado en solitario a Nayuki, de Sayuri solo conocemos a su padre, de Mai, Kaori y Shiori únicamente vemos a sus respectivas madres. Sin embargo, dentro del sistema de personajes, quien cumple el papel, la función arquetípica de “chica enferma” por antonomasia es Shiori. Para una serie donde la fragilidad y precariedad de la vida es una constante repetitiva, esta posición dentro del tablero es esencial porque carga con un peso connotativo directamente vinculado con el núcleo ideológico del relato. Mi segunda motivación para emprender esta lectura del arco Misaka (pues compromete a ambas hermanas) guarda relación con el desafío discursivo, hasta cierto punto pesimista, que plantea la presencia de Shiori respecto del idealismo esperanzador, típico de Key. Al trasladar esta historia al anime, pervivieron ciertas características formales del producto original. Como muchos videojuegos, la visual novel tiene como finalidad efectuar una serie de proezas o superar pruebas para alcanzar un desenlace victorioso. Para la llamada trilogía de las estaciones de Key, estas acciones heroicas se resumen en el verbo “ayudar”. El protagonista masculino asume como suyas las preocupaciones y necesidades de las chicas con quienes socializa y colabora en la búsqueda de soluciones para sus desasosiegos sentimentales/emocionales hasta que las susodichas alcanzan cierto punto de plenitud o satisfacción. Para los casos estrictos de Air, Kanon y CLANNAD, la casi totalidad de arcos exigen, de parte del protagonista, entrar en contacto o –para el reto definitivo– forjar un milagro. Estos “happy endings” se supeditan al mérito, a tomar las decisiones correctas en cada ruta, posibilitando la intervención salvadora de lo sobrenatural. Kanon está plagado de situaciones maravillosas: animales que adquieren forma humana, poderes de sanación que, desbocados, se convierten en demonios, proyecciones fantasmales. Los personajes se sorprenden, pero no encuentran reñido lo mítico-religioso con la racionalidad moderna que predomina en las sociedades postindustriales. El relato transcurre en una atmósfera de realismo mágico urbano: aunque lo milagroso no se integra a la cotidianeidad, lo maravilloso se asume como una posibilidad nada desdeñable, sino congruente con ciertas nociones religiosas estandarizadas o una visión aceptada de lo mágico. Según esta concepción de la realidad, el mundo terrenal (la vida común) opera de acuerdo a los principios de la lógica y las leyes científicas, sin embargo, el mundo espiritual puede intervenir de manera excepcional sobre la materia. Aunque suene contradictorio, ambos espacios conviven en perfecta continuidad. El asombro que experimenta Yuuichi, por ejemplo, cuando Mai le confiesa que lucha contra demonios, es producto del contraste violento entre la rutina (casi nadie se encuentra con fantasmas a diario) y lo improbable, sin embargo, como lo demoníaco es concebible dentro de las nociones de espiritualidad que maneja la serie, el protagonista los admite como parte de la Realidad. Gracias a esta apertura hacia lo mítico, los personajes se permiten no solo creer en milagros, sino también luchar para propiciarlos. No ocurre igual con Shiori: un cierto estoicismo atraviesa su historia. Se sufre, se vive, se asimila la muerte. Esta instancia es contemplada como pronta e inevitable, pero también como incentivo para vivir a plenitud, aunque esta aparente paradoja tiña el entusiasmo de Shiori con un halo trágico, enternecedor y doloroso. No existe esperanza, sin embargo, debido a ello, cada segundo es valioso.

Esta convivencia resignada con la muerte deriva en la tercera característica que merecería resaltarse, pues involucra un switch momentáneo en cuanto al criterio de verosimilitud. No solamente Shiori niega la probabilidad de un milagro: el relato mismo se contagia de este escepticismo y elude o suprime la intervención de cualquier fuerza sobrenatural o mística. La ciencia médica es la única verdad determinante, el único lenguaje concluyente. Los personajes involucrados en el drama comparten el acorralamiento espiritual de la protagonista: su hermana Kaori se martiriza tratando de portarse indiferente para escapar del dolor, ha renunciado a buscar soluciones. Su desesperación, en lugar de conminarla a la acción, la conduce al abandono, la negación, el marasmo: todo de manera sucesiva. El lead masculino, quien -se supone- asume como su responsabilidad la resolución del problema, se encuentra desarmado porque la ausencia de elementos mágicos lo priva del esquema conceptual donde solía enmarcar sus actos. Pese a su carácter sarcástico, Yuuichi se desempeña con soltura en escenarios donde interviene lo maravilloso. Parafraseándolo, si se trata de demonios, podemos luchar juntos contra ellos; si se trata de un objeto perdido, podemos buscarlo… pero contra la muerte, incluso la voluntad del héroe es infructuosa. Las entidades fantasmagóricas son, como los seres humanos, entidades que habitan el mundo. En cambio, morir es ley, un elemento constitutivo del ciclo de vida, un pilar del universo. Me reservo la discusión filosófica para los próximos posts; no obstante, me interesa delimitar la naturaleza y campo de actuación de los seres (demonios, personas, espíritus, proyecciones del alma, etcétera) y las leyes cósmicas. Estas últimas son impersonales y necesarias, mientras que los seres (incluso los dioses, para la religiosidad japonesa) son contingentes. La ausencia de magia crea dentro del relato una suerte de anomalía o estado de excepción donde los eventos se rigen exclusivamente según las pautas del verosímil realista, tanto que hacia el final del arco, aunque se logra la reconciliación entre Shiori y Kaori, la angustia pervive dejando la trama irresuelta. Esta variación en la manera de narrar se condice con las aspiraciones personales de Shiori: disfrutar las cosas simples, la rutina de una chica normal. Ella se reconoce excepcional y, hasta cierto punto, aislada del ritmo habitual de sus semejantes. La enfermedad la convierte en una suerte de marginal porque su condición física le impide consumar las experiencias que, como adolescente, le correspondería para integrarse a la dinámica social, entre ellas, asuntos tan usuales o triviales como asistir al colegio o almorzar con su hermana, y otros de inmenso valor emocional como pasar una tarde divertida con los amigos o tener una cita, incluso enamorarse. Llegamos, entonces, al cuarto punto: el cariz melodramático de Kanon y cómo se plantean los vínculos sentimentales entre los personajes. En próximas reseñas describiré de manera pormenorizada la red de tensiones románticas propuesta por la serie. Por ahora, observemos que alrededor del triángulo amoroso fundamental (Nayuki-Yuuichi-Ayu) orbitan otras relaciones íntimas de diverso cariz, pero fuera del ámbito de la atracción. El caso de Shiori es peculiar porque no participa del núcleo pasional (la contienda soterrada y silenciosa de la prima dormilona y la chica del uguu~); sin embargo, a diferencia de Mai y Mikoto, activa desde sus primeras apariciones un juego de coqueteos que, si bien no prospera, decanta la historia hacia la comedia romántica. Se genera un ambiente propicio para germinar un conjunto indefinido de emociones, pero nunca se concretan, en parte porque la gravedad del conflicto neutraliza cualquier realización: ante la proximidad de la muerte, Shiori no proyecta sus ilusiones a futuro, a mediano plazo, sino al presente inmediato y, aunque quisiera profundizar, sus vivencias con Yuuichi bastan para satisfacer esa urgencia sentimental. En apariencia, la chiquilla tímida y enigmática resulta siendo quien maneja con mayor finura las circunstancias de proximidad emocional. Sus parlamentos son ricos e inteligentes, siempre atenta a sorprender al protagonista con sus comentarios burlones e irónicos. Este último aspecto no podría pasarse por alto porque su interlocutor se caracteriza por, precisamente, su plasticidad dialógica, en concreto, por especializarse en vacilar o tomarle el pelo a cuanta chica conoce (un perfil habitual en los héroes de Maeda). Shiori no consigue invertir esta tendencia, pero sí oponerle buena resistencia y, por momentos, propinarle a Yuuichi un atinado revés de mordacidad. Como observaremos, esta peculiar ironía no hiere, es expresada con delicadeza e inspira una extraña ternura. Podría continuar enumerando motivos secundarios, todos vinculados a rasgos de personalidad del personaje o su identidad funcional (por ejemplo, comparada al resto de heroínas, Shiori no figura entre las memorias perdidas de la infancia), pero optaré por incorporar estos detalles al análisis dinámico, a medida que tracemos la evolución del arco. Por ahora, atengámonos a estos cuatro temas elementales (la enfermedad como factor fetichista, el realismo y el relativo pesimismo subyacente al relato, y los roces románticos), pues ellos conformarán el hilo conductor del estudio.

3. Sumilla

Para organizar el análisis con cierta secuencialidad, les propongo dividirlo en unidades, cada una correspondiente a un post donde se tratarán en extenso los asuntos que hemos bosquejado como generalidades en los párrafos anteriores. Reitero la advertencia que planteé como premisa al abordar la lectura de Taisho Yakyuu Musume: estos artículos no serán reseñas. Kanon terminó de propalarse en 2007: buena parte de nuestros lectores conocen el argumento y todavía recuerdan cómo se desarrolla la trama. No existen enigmas: sabemos cómo termina cada ramal que compone el relato, en consecuencia, se aplicará una perspectiva global, es decir, observando cada escena siendo conscientes de sus implicancias posteriores y relacionando los eventos con su desenlace. Sería absurdo que fingiera, al analizar un episodio, que ignoro los subsiguientes. Aclarada esta cuestión preliminar, me tomo la libertad de especificar y limitar mi objeto de análisis: aunque no perderemos de vista la condición de Kanon como relato adaptado de un producto original con reglas de consumo distintas, no pretendo analizar la visual novel ni tampoco entrometer en nuestra exposición otros derivados, como la novela ligera o los manga, sino solamente el anime y, dentro de este campo, me restringiré a la serie producida por Kyoto Animation (2006) y dirigida por Tatsuya Ishihara, que desplazó definitivamente como versión “kanónica” a la anterior (2002), de Toei. El diálogo que pueda tenderse con el resto de formatos será tangencial.

1. Composición de personajes (Shiori, Yuuichi y Kaori): correspondencia entre referente gráfico e intencionalidad (conjunto de sugestiones y connotaciones). La estructura del harem (como esquema narrativo).
2. La estructura en arcos de Kanon. Introducción de Shiori durante los arcos previos (Mikoto-Mai).
3. Los tres grandes leit motifs: enfermedad, recuerdos y comida. Episodio 16 (el segmento de la cita). Afán de normalidad.
4. Episodio 17: la tragedia (o tragicomedia) y el destino, según Maeda (ausencia de milagros – consuelo en la comedia). Fetichización de la misericordia.
5. Episodio 18: acentuación de los contrastes. Celebración, reconciliación y fracaso. Triunfo del pesimismo.
6. Realismo mágico y factores de religiosidad. Aparición final y epílogo (conclusiones).

2 comentarios

  1. Lo único malo de las series como CLANNAD y KANNON es el estilo de dibujo tan dismorfo… por eso prefiero Angel Beats. Y al leer esta entrada me dan ganas de ver la serie.

    10 diciembre 2011 en 13:44

  2. Considero que Maeda es uno de los mejores escritores de visual novels, de todos, junto con Kinoko Nasu, y CLANNAD como una de las mejores de todas, junto con Fate/Stay Night. Sin duda esta sección de análisis se enriquece con tus aportes, pues hace rato que no ha habido material nuevo. Con respecto a la parte teórica, estoy de acuerdo contigo, esto no es una obra de arte, de hecho el concepto de arte tiene aproximadamente dos cientos años de decadencia, pues desde el siglo XIX el arte ha venido a convertirse en un producto de masas, dejando de ser un elemento religioso o principalmente estético, en el sentido restringido del término de exhibición de museo, para convertirse en mercancía generalizada, perdiendo su “aura” (aquella cualidad que hace a la obra única e irrepetible) y adquiriendo otras características, más acorde con la producción capitalista que también inventa la fotografía, la serie televisiva, etc… Por otra parte es cierto que el medio cambia profundamente el contenido, a diferencia de las novelas visuales, donde se desarrollan un universo de posibilidades basadas en las elecciones del jugador, el anime debe regirse por un patrón lineal que traza la historia con una secuencia esquemática, ignorando los desvíos y las posibilidades que estos crean como elementos explicativos. Podría decir que también que esta sección, por lo que supongo, versara sobre como se estructuran los elementos principales de KANNON, es decir la constitución de las relaciones básicas de la serie sobre las que se funda la interpretación de los elementos visuales, afectivos, sociales, estéticos… Buen trabajo.

    10 diciembre 2011 en 21:13

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