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C³ Cube×Cursed×Curious 7-8: Soberana maldición del amor

Love is pain?

El primer episodio de me produjo una impresión ligeramente equívoca: la disposición de ingredientes y tópicos parecía presagiar otra historia de aprendizaje compartido entre una loli poco capacitada para socializar y un muchacho dispuesto a ayudarla en su inserción al mundo exterior. El elemento fantástico introducía la variante que alimenta el arquetipo, como la ficción detectivesca en GOSICK o el discurso pseudocientífico/sci-fi en Denpa Onna. En términos estructurales, la premisa continúa cumpliéndose y desarrollándose: Haruaki funge como mentor amical y el camino de redención de Fear consiste en asimilar espiritualmente los bemoles de la Humanidad (como condición existencial). Sin embargo, si redujéramos nuestra descripción de C³ al repetitivo mito de la “chica anómala”, solo contemplaríamos una porción minoritaria. El resto constituye una amalgama de duelos épicos con armas megalomaníacas, pulsiones macabras, dilemas sobre la condición del sujeto/objeto, introspecciones sentimentales y una insoslayable pizca de fanservice.

Eros y thanatos

Estos episodios cierran el arco de Sovereignty resolviendo el paradójico vínculo de dependencia emocional que ensombrece su relación con Shiraho Sakuramairi, su dueña. Cuando se descubre que ambas habían intercambiado sus identidades para confundir a nuestros héroes, se imprime un giro argumental que pone en entredicho las coordenadas que rigen el vínculo instrumental entre seres humanos y cosas. Ser propietario implica detentar el control absoluto sobre la materialidad de un objeto. La voluntad del sujeto actúa sobre la Realidad (por ejemplo, usando un hacha para cortar un tronco): mediante esta acción, se justifica la existencia del instrumento. Las herramientas, los juguetes, las armas, los electrodomésticos, todos cumplen una función que define su esencia. En otras palabras: esa esencia (que llamamos utilidad) precede a su existencia (su intervención en el mundo). Fueron creados para algo.  Una espada fue forjada para dañar, para provocar dolor o matar. Un artefacto de tortura cumple a plenitud su esencia cuando es utilizado para causar suplicios. A diferencia del hombre, las cosas tienen un destino predefinido, que se mantiene latente incluso cuando nadie las utilice. Aunque empleemos una katana para el inocente propósito de pelar una manzana o picar un pepino, sus usos culinarios no neutralizan su potencial asesino. Los muñecos fueron diseñados para brindar un sustituto a la presencia del Otro, del interlocutor, en consecuencia, para brindar compañía al usuario. Es indispensable que tengan rostro porque debemos imaginar que en cada muñeco habita una subjetividad, como si le adjudicáramos un alma y una personalidad idealizada, pues aglutinamos en ellos nuestras aspiraciones, deseos o necesidades. Cuando jugamos, suspendemos la Realidad y humanizamos al objeto: lo consideramos (en nuestra imaginación) portador y receptáculo de nuestros sentimientos. El muñeco sirve para canalizar una carga emotiva, para hacerla fluir y normalizarla. Tampoco significa que amemos efectivamente al objeto, sino que depositamos nuestros afectos en esa figura antropomórfica a manera de ensayo o evasiva, pero en ambos casos, fuera de nuestra Realidad circundante. Ocurre con Sovereignty, pues entabla un diálogo con Shiraho, permitiéndole a una adolescente solitaria, huraña, desolada, encauzar sus sentimientos; sin embargo, la perfección funcional es signo de maldición. La muñeca ha adquirido rasgos de humanidad (movimiento autónomo, actitudes, iniciativa), impidiendo el sano distanciamiento entre el usuario y la materia inerte. La muchacha puede enamorarse del instrumento: percibe al interior de ese cuerpo la cualidad de replicar sus afectos, de corresponderlos. Pero también actúa sobre ambos una condena sobrenatural: tarde o temprano, los sentimientos del usuario se tornarán irreprimibles, no podrá reprimir su deseo de confundirse en un abrazo, igual que Sovereignty será incapaz de controlar su embrujado mecanismo concebido para la aniquilación. En consecuencia, el propietario (humano) pierde el dominio al ofrendar su sensibilidad: le conceder al objeto la autoridad sobre su mundo interior, sometiéndose a la “soberanía” del muñeco, volviéndose dependiente del nexo, aunque conlleve su ruina. Esta situación solo es posible dentro del escenario fantástico, cuando el objeto se humaniza. El intercambio de identidades es sintomático: para Shiraho, ambos están fundidos hasta el límite de la confusión. La misma chica que tendió una barrera hacia su prójimo y nunca esboza una sonrisa ante otras personas ha supeditado sus actos a conveniencia de Sovereignty porque se identifica con sus intereses. El amor (o aquello que designe esta palabra) opera como intermediario en esta compenetración extrema.

Entramos en un callejón sin salida plagado de contradicciones. Sin embargo, aunque esta paradoja continúe causándonos conmoción (el sentimiento más sublime entraña, de manera inapelable, la aniquilación de quienes lo profesan), nos encontramos ante un elemento narrativo de larga data en la literatura universal: la confluencia forzosa y trágica entre amor y muerte, entre pulsiones eróticas y fuerzas destructivas, entre eros y thánatos, engarzados y enredados, anverso y reverso de la misma moneda. Este tópico sigue cautivándonos porque el atolladero que plantea parece (y muchas veces sería) irremediable. Otros conflictos amorosos se originan por la intromisión de una tercera persona que origina un desequilibrio (un(a) rival, un padre celoso, etc.); pero cuando el deseo (generador, ímpetu vital) y la muerte conforman una unidad indisoluble, no puede diferenciarse el bien del mal, el placer del sufrimiento. La experiencia del primero exige por necesidad la aceptación del segundo. Amar duele, pero no circunstancialmente, sino de forma constante, imperiosa. Desde una perspectiva lógica, racional, utilitarista, esta circunstancia carece de sentido: el sujeto autónomo y libre debería escoger aquello que, sopesando costos y beneficios, le rinde mayores provechos; pero aplicar este razonamiento requiere de una escala de valores rígida y unívoca, donde cada concepto tenga un significado exclusivo, sin lugar a incoherencias. El drama de Shiraho pondría en escena un entrampamiento lógico que refuta la posibilidad de vivir bajo términos tan sencillos, que desmiente nuestras certezas e ideales. Cuando la plenitud espiritual cohabita con los impulsos tanáticos, el sujeto se sumerge en la oscuridad, adoptándola como único consuelo ante el descentramiento. En efecto: habiéndose diluido las nociones que componen la moral de individuo, para sobrevivir al absurdo, la persona está obligada a asimilarse (a dejarse absorber) por la ambigüedad, el caos, las tinieblas, en múltiples aspectos. En todos, la serie emplea un conjunto de antítesis como recurso expresivo para manifestar la situación de trastorno que atraviesan Shiraho y Sovereignty. Esta figura literaria consiste en contraponer dos ideas contrarias o inconciliables en una misma frase. Al profundizarse y complicarse, estas proposiciones terminan expresando una coincidentia oppositorum: la simultaneidad, la conjunción de conceptos opuestos. En primer lugar, se revela esta dualidad en la naturaleza genderbender (fluctuación entre dos sexos) del muñeco, quien se convierte en imagen patente de su propia inestabilidad: no tiene identidad fija, es masculino y femenina. Incluso su personalidad parece variar según su género (de muchacho melancólico a chiquilla dojikko). Además de la indeterminación sexual, aunque Sovereignty manifieste una voluntad “humana”, no posee autonomía sobre su cuerpo, un requisito indispensable de la subjetividad moderna: el imperio de la mente sobre la materialidad. La contradicción que delata es el desentendimiento entre dos dimensiones de la personalidad (lo corporal y lo subjetivo) que deberían funcionar con coherencia. Finalmente, la antes mencionada atracción entre eros y thánatos, asociado a diversos motivos que derivan de este choque de fuerzas, como la “enfermedad del amor” (la somatización del sentimiento) o la enajenación provocada por el enamoramiento (el amor loco, el amor que conduce a la disolución). Shiraho se involucra en un juego inconveniente de pasiones, que podría matarla, pero antepone sus afectos como valor supremo. Aunque reconozca que actúa de manera equivocada al drenarle la energía a los alumnos, Sovereignty siente culpa e incluso le duele traicionar la confianza de Fear y Konoha; sin embargo, el deber apremia por encima de cualquier objeción de corte moral.

Miedo al cubo

El dilema de Sovereignty es resuelto con astucia, pero apelando al núcleo pasional del meollo. En concreto, Fear y compañía se aprovechan del estado de exaltación que afecta al muñeco para enardecer sus furores y conducirlos a un trance frenético, una especie de catarsis que agudiza su zozobra empujándolo al descontrol. Aunque resulte benéfico, nadie dudaría que la loli torturadora invoca a la crueldad como método y transforma esa instancia de sanación en un espectáculo de martirio que escarapela y perturba, en particular, si nuestra heroína –cuyos antecedentes macabros podrían inducirnos a falsas sospechas- comienza a comportarse como una villana sin escrúpulos, regodeándose y descarriándose con patológicas demostraciones de sadismo. Todos somos engañados por el clásico plan de actuar como un demonio desalmado, la típica terapia de choque: someter al paciente al máximo dolor, tan intenso que parecería injusto y enfermizo. Fear se presenta ante Sovereignty empleando el nombre que describe su identidad pasada (aquella que intenta conjurar). Despliega su capacidad actoral bajo el riesgo latente de extralimitarse y extraviarse en sus propios ímpetus destructivos. C3 oscila entre estos peligros: las cuitas e inseguridades de Fear imponen su ritmo al relato. Desde el segundo episodio, cuando la serie desbarata muchas premisas sugeridas en el primero (Konoha no es humana, Haruaki tampoco es un simple adolescente de clase media), la inocente y engreída loli del cubo se revela no solo como culpable de las peores atrocidades cometidas por el fanatismo religioso (la Inquisición), sino que, desnudando las tenebrosas profundidades de su espíritu, muestra su otro rostro: la verduga sedienta de sangre, cuyos instintos barbáricos son despertados al escuchar esos gritos de sufrimiento que tanto placer le provocan. Sus retorcimientos faciales y gestos de psicótica depravada ayudan a matizar esa imagen de candidez, pero sin anularla, porque la verdadera Fear es la conjunción de ambas personalidades: su pasado y su aspiración a futuro. A nivel formal, se inserta una variante que impide juzgar al personaje solamente desde su arquetipo, sino además considerando sus particularidades. En este caso, esos detalles son determinantes porque contradicen los fundamentos del tópico: nada tan lejano a una niña berrinchuda que una brutal herramienta de matanza. Como Sovereignty, Fear teme despertar esa faceta sanguinaria, inhumana: tiene miedo a cumplir su destino, su utilidad (el motivo de su creación), por ende, su esencia. No obstante, la enana ha adquirido forma antropomórfica, voluntad y conciencia tras haber sido destinataria de tanto odio, por tanto, se encuentra en proceso de asimilar la condición humana y asumir una nueva identidad. Los seres humanos, a diferencia de las cosas, carecemos de esencia, o mejor dicho, solo tenemos un “ser” cuando morimos (porque en adelante, nada podrá cambiar lo que fuimos): mientras tanto, existimos. Peor aún: estamos obligados a existir. Nuestra vida carece de sentido predefinido: somos nosotros quienes lo engendramos mediante nuestros actos y elecciones. Para el hombre, la existencia precede a la esencia. Fear se enfrenta al desafío más complicado: librarse del pasado como objeto y contraer responsabilidad sobre sus acciones. Hacer el bien significa ser consciente del mal. Volverse humano implica actuar bajo una moral: solo las cosas son neutras. Pero para reconocer el bien, se requieren sentimientos. Fear ha comenzado a experimentarlos: la soledad, el temor, el desengaño (cuando descubre que Sovereignty le ocultó la verdad) y finalmente, el amor, con todos sus sinsabores.

Además, la Fear desquiciada le añade al perfil de personaje un tono épico, de badass, incluso de antihéroe, porque, si bien lucha del lado justiciero, sus procedimientos son dignos de cualquier maniático ultraviolento, aunque ejecute sus salvajismos con elegancia y eficacia, de manera que, siendo feroz, en acción es perversamente simpática. Le enrostra al contrincante sus años de experiencia con la muerte y genera un entusiasmo alucinante cuando maniobra con soltura esas armas gigantescas, ideadas a propósito para contrastar con su diminuto cuerpo de nínfula. Esta incongruencia lógica incrementa sus bonos: la capacidad de provocar asombro es consustancial al héroe, quien nunca debe dejar de sorprendernos con alguna maravilla o exhibiendo unas cualidades de combate colosales. Muy aparte de cuán poderoso, un personaje de acción debe proporcionarnos esa clase de éxtasis sublimes incluso si bordean lo maligno, lo monstruoso. La parafernalia asesina de Fear satisface de sobra esta exigencia: pocas imágenes tan fascinantes como la disparidad entre una niña frágil y un armamento enorme. No extiendo mi análisis hacia el amplio conjunto de connotaciones que sugiere el encuentro de estos elementos tan disímiles, pero de nuevo se insiste sobre binomios como vitalidad y muerte, belleza y nocividad, etcétera. La historia de Sovereignty favorece al aprendizaje de Fear: despierta en nuestra master of cabbage la empatía, la identificación con el sentimiento ajeno, que de inmediato le confiere una primera intuición acerca del amor. Antes de escuchar a Shiraho, no sabía cómo interpretar esa circunstancia tan humana, e incluso recibe una amonestación. Ha reconocido cuán aprensivo y embrollado es este tipo de emociones, por ello, la primera persona a quien corre a consultárselo es su amiga muñeca. Sovereignty es también una figura resaltable fuera del campo dramático (aunque para la comedia se prefiere su versión femenina), pues ostenta los mejores rasgos de la sempiterna dojikko, además de poseer un buen corazón y una insospechada sutileza para percatarse de las situaciones románticas (obvio si consideramos su habilidad para alimentarse de los sentimientos ajenos): ha previsto la inminencia de un triángulo amoroso con epicentro en el solar de Haruaki y sabe comunicar este pálpito deslizando indirectas a las implicadas. El desenlace es conmovedor pese al ritmo de comedia que, cual vaso comunicante, atempera el ambiente después de la borrasca de horror, melodrama y tensión psicológica. La dulzura de Sovereignty torna más enternecedoras las buenas noticias: aunque cortaron las cuchillas, la maldición continúa, pero es un amor sin otro peligro que recibir un gran y caluroso abrazo. El eros ha sido curado tras llevar al thánatos a un punto sin retorno.

Para finalizar, unas palabras sobre mi personaje favorito: Konoha. Raras veces se produce una combinación de moe-ness tan letal: trenzas, oppai, meganekko, zettai ryouiki. Cada ingrediente visual parece agregado con premeditación y alevosía para incitar y congraciarse ante la platea masculina avivando sus fetiches. Esta fórmula funciona, al menos como constitución del objeto de deseo: cualquier adolescente querría vivir con una muchacha tan exuberante y servicial como Konoha, quien encima, para redondear sus virtudes, al convertirse en espada hace lucir como un héroe al menos presumido (sin negar las habilidades y actitudes de Haruaki como guerrero). Estas últimas temporadas las chicas de atributos ubérrimos han recuperado el espacio que merecían, revitalizando la clásica rivalidad contra las pechoplano, incluso fuera del campo sentimental. Las pettanko suelen desplazar a las voluptuosas del foco del estellato (dentro de la lógica moe, tan injusta a veces), pero –aunque suene a broma- he notado que últimamente la prodigalidad del busto se viene empleando para remarcar con mayor intensidad que antes la diferencia de edad mental o grado de madurez (al menos, en cuanto a valores asociados al crecimiento emocional, como la prudencia, la inteligencia, la agudeza, la calma). Mientras el modelo lolitesco es reservado para personajes con comportamiento más infantil, las bishoujo mejor despachadas adquieren más nivel intelectual. No siempre funciona (en GOSICK ocurre a la inversa) y tampoco es absoluto dentro de esta serie (Fear es bastante compleja y ha vivido demasiados eventos traumáticos), pero establece un marco por default desde donde los personajes pueden desviarse. Konoha es más racional, serena, observadora. Analiza mejor la situación porque se detiene a meditar la información y procesarla con más tranquilidad, mientras Fear representa el impulso guerrero más espontáneo, más arrebatado. Ambas encarnan  posturas distintas y complementarias dentro del campo del heroísmo femenino, cuya irrupción y generalización en el anime late night ha transformado el panorama de la épica mass media con el surgimiento de un nuevo esquema de personaje donde el enternecimiento no contradice ni disminuye las capacidades guerreras. Por mientras, la afortunada chica Tetas de Vaca ha cumplido su papel como contrapeso frente a la explosividad incontenible de Fear, además de oponerle resistencia dentro del triángulo amoroso al adscribírsele el rol de pretendiente juiciosa, enfrentándose, se supone, a otra de temperamento más tsunderesco. Estas polaridades todavía no están definidas por completo, pero quizá valdría superponer otro esquema a este escenario love-comedy: la oposición onee-chan (Konoha) – imouto (Fear).

 

4 comentarios

  1. Se actualiza en breve…

    Bienvenido al ruedo de nuevo Serious… esperó la segunda parte pronto…

    8 diciembre 2011 en 19:04

  2. davidvfx

    ya se actualizao…

    Bueno Serius bueno leerte de nuevo. Con res pecto a esta arco debo decir que estubo interesante y si igual Konoha roba facilmente a Fear el protagonismo sin mucho esfuerzo, y es que debo decir que aqui la regla de los harem esta algo mal, siempre la PRIMERA en llegar es la que queda con el chico ó la chica Especial con un Secreto conosca al chico o la amiga de la infancia, ect, se me hace algo raro la obra ya que Fear tiene toda las caracteristica del personaje secundario que llego despues de presentarse la protagonista…. Konoha se nota ya tubo su hacercamiento y compartieron tenciones, secretos, ect ect y hasta estoy seguro que ya pasron viviendo techo una temporada mientras la adaptaba a la sociedad humana…. Seria muy raro ver un triangulo amoroso con tan dispareja balanza ya que Konoha tiene todo el peso a su favor… y no es por par de amigas al frente.

    10 diciembre 2011 en 00:41

  3. Excelente reseña seriousman, definitivamente estás de vuelta, y en qué forma!
    Me parece muy interesante el giro que ha tomado esta serie, pues como lo mencionas al inicio, en el primer episodio la serie pintaba como una nueva versión de comedia romántica tipo harem al estilo de Dempa Onna (incluso Fear recrea los mismos destellos luminosos que caracterizaban a Erio), sin embargo a partir del segundo episodio (por el momento apenas voy terminándo el tercero) retoma nuevos elementos, tornándola más oscura y misteriosa.
    La mirada cruel y desquisiada que muestra la verdadera, o más bien la original naturaleza de Fear (lo cual explica la razón de su nombre) me recuerda mucho a Elfen Lied, en especial el dilema de Nana, quien se resiste a sucumbir a los instintos asesinos propios de los diclonius.
    Muy buena reseña, con una gran profundidad, espero pronto poder llegar a los capítulos que conforman este arco para poder saborear a cabalidad tu análisis.

    10 diciembre 2011 en 11:44

  4. No se puede empezar escribir algo sin alabar la belleza visual que irradia esta serie, Shin Onuma esta explotando a traves de los colores la belleza intrinseca de las cosas, este anime sorprendio a muchos por su giro, pero fue grato ver como desafio el trasfondo que podia generar, una historia que no parece densa, pero que sorprende a ratos y nos sumerge en la trama, a mi Fear me encanto, tengo una cierta debilidad por ese tipo de personaje, espero mas reseñas de C3 es interesante que se le puede sacar.

    17 diciembre 2011 en 23:29

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