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Boku wa Tomodachi ga Sukunai 1: Cara de pocos amigos

Why can't we be friends?

Vivimos en una sociedad del anonimato, mecanizada y automatizada, donde poseemos un nombre en el registro civil y una identidad registrada por diversos mecanismos de control, sin embargo, antes que reconocernos como individuos, como personas autónomas y únicas, esa misma colectividad, aplicando sus dispositivos de defensa, prefiere imponernos sus moldes uniformizados como el mercado distribuye su producción en masa de mercancías estandarizadas. Cumplir un rol social es idéntico a consumir un producto no personalizado, sino diseñado para vender miles o millones. De igual manera, las desviaciones de la norma o artículos defectuosos sufren destinos análogos: las piezas fallidas son arrojadas al tacho (o quizá se intenta arreglarlas para no derrochar material), mientras los sujetos incapaces de encajar en un patrón “aceptable” son relegados o sometidos a disciplina. Sin embargo, esta suerte no depende solamente de cuán capaz sea la persona para asimilarse o camuflarse dentro del discurso, sino también de cómo la colectividad termina aplicándole una función dentro de la estructura contra su voluntad. El caso de Kodaka Hasegawa ilustra esta consigna autoritaria: sin importar sus sentimientos, valores, costumbres o aficiones, ni siquiera interesa que su cabello rubio sea natural porque su madre es inglesa, solo bastan las desafortunadas circunstancias de un primer encuentro para tildarlo de yankee.

Para los adolescentes japoneses, al menos como tópico del anime school life, teñirse el pelo es señal de descarrío, de potencial delincuencia juvenil. Los compañeros de Kodaka actúan como la manada: toman los referentes (los significantes) provistos por el discurso normativo transmitido por sus allegados o los medios de comunicación y los emplean para catalogar a una persona difícil de “ajustar” o “acomodar” a los esquemas de normalidad. De esta manera, pueden delimitar el terreno de lo positivo, lo deseable, lo correcto, frente al campo de lo negativo, lo despreciable, lo impropio. Las personas catalogadas en este rubro son aisladas del contacto o reducidas al descrédito, la humillación, la exclusión, sea porque causan repulsión o miedo. Kodaka provoca temor porque es visto como un objeto desfamiliarizado, casi un monstruo. Sin embargo, el resto de alumnos se encuentra forzado a convivir con esa “anomalía”: la única manera de asumir la presencia de este outsider dentro del espacio normativizado del salón de clases es eludir al fenómeno, desviar la mirada hacia otro lado, no dirigirle la palabra y evitar cualquier intercambio. Cuando Yozora le habla, su actitud genera sorpresa porque ha violado un tabú reconociendo la subjetividad de su interlocutor, allí donde los demás prefieren mirar un objeto. No obstante, aunque Kodaka deteste actuar como el bravucón del aula, no consigue oponer resistencia suficiente al discurso que le asigna bruscamente una identidad funcional con sus respectivas fórmulas de comportamiento; en cambio, en lugar de pretender limpiar su imagen, el muchacho termina por dejarse absorber dentro del sistema y aceptar a regañadientes su papel de maloso. El poder del mandato social supera, no pocas veces, sino la mayoría, la iniciativa particular del individuo. La persona teme verse víctima del aislamiento total, de la anomia absoluta y opta por “disfrazarse”, supeditarse al anónimo dictamen de su comunidad: al menos, jugando el rol de antisocial se encuentra incluido (de manera deshonrosa, vale admitirlo) en la dinámica social. Resulta útil para conseguir prestado un libro de texto, pero para Kodaka los beneficios son nimios. Sus desventuras son una aproximación paródica al tópico del maleante de buen corazón y recuerda los infortunios de Ryuuji en Toradora!: la gran diferencia reside en el pretendido factor genético. Kodaka todavía se encuentra a tiempo para explicar su condición de mestizo y justificar los malentendidos, transformando un condicionante negativo en positivo. Los rubios de anime suelen ser, para mayores paradojas, o delincuentes o “extranjeros” (o japoneses con ascendencia occidental) y estos últimos suelen vincularse con el arquetipo del ricachón o, tratándose de las mujeres, la oujo-sama. Mientras Kodaka es censurado o prejuzgado, una blondie como Sena es rodeada de halagos excesivos por sus admiradores (una legión de serviles). Acostumbrémonos a rastrear el paradero de estos significantes, porque muchas veces derivan en situaciones contradictorias, de pendiendo de quiénes pueden darse el lujo de “adquirir” socialmente una “mejor interpretación”. Me explico: Sena no necesita “alegar” en su defensa, su presencia basta como argumento porque tanto para hombres y mujeres, la fuerza referencial del estereotipo de la refinada multimillonaria es irresistible. Como sugería líneas arriba, esa sociedad en miniatura del colegio necesita reproducir a nivel micro las estructuras que operan a escala macro, entre ellas, las relaciones jerárquicas: polos de repugnancia y admiración que establezcan los parámetros de conducta y reglamenten el deseo (aspirar a ser como “x”, querer una novia como “y”, despreciar a “z”). En especial si abordamos las fórmulas compositivas de la comedia romántica de anime, la fascinación y el rechazo siempre asumen formas personalizadas. Kodaka es el chivo expiatorio donde recalan las peores descalificaciones.

Sin embargo, cae preguntarnos qué ocurre con quienes se oponen con terquedad y consecuencia a enmascararse, es decir, quienes reniegan de cualquier rol que imponga su colectividad. En principio, existe una contradicción evidente entre rebelarse ante estos modelos y pretender participar del funcionamiento del sistema. Esta dicotomía ha sido empleada en otro filón narrativo del anime (las series sobre otakus de closet), pero en sentido amplio parece postular que la marginalidad, aunque se presente como una elección, es ante todo resignación. El sujeto desearía (en potencial) –y hasta cierto punto, reivindica ese derecho- incorporarse a su comunidad, no desde fuera hacia adentro, sino como integrante pleno. Al elegir el camino del aislamiento voluntario, el sujeto limita su comunicación y establece sus propias barreras. Yozora representa esta alternativa, pero además sustenta su solución al problema de manera lógica, casi intachable. Ni siquiera los marginales rehúyen por completo a la comunicación, a crear redes (muchos neet se encuentran en internet, hay pandillas de renegados y “tribus urbanas” ligadas a estilos musicales). Yozora es coherente en repudiar todo contacto superfluo en clase, evitando cualquier inserción positiva o negativa en esa pequeña sociedad. Pero requiere neutralizar la soledad absoluta y concibe al air tomodachi o “amigo aéreo”. Sin duda, su razonamiento impide catalogarla de loca: es consciente de haber creado una entidad ficticia para suplir determinada utilidad. El concepto es original, porque recobra un hábito de infancia. No obstante, los niños están convencidos de la existencia real de sus amigos imaginarios mientras que Yozora sabe distinguir los linderos entre la verdad (el vacío) y la ficción (sus deseos). El air tomodachi en cuestión (una chica llamada Tomo-chan) funciona como un dispositivo comodín al cual el sujeto dota de determinada personalidad de acuerdo a sus ideales, es decir, según sus aspiraciones personales, la imagen que como individuo les gustaría proyectar hacia el mundo o el tipo de gente que quisieran conocer. Tiene mucho de egocéntrico, pero también de gregario. La descripción de Tomo se corresponde con ideas vagas pero certeras acerca de una amiga idealizada, simpática, bella, y sobre todo, eternamente leal. Este último componente es fundamental para valorar la operación creativa que ejecuta Yozora: su “amiga aérea” cubre una necesidad moral, tiene un empleo defensivo frente al mundo, vulgar y traidor. La concepción de Tomo como interlocutora de un discurso también ficticio le permite escapar de esa realidad indigna y aburrida. La honestidad que adjudica a Tomo sería un método para contrarrestar el miedo al rechazo o la decepción. Aunque se comporta como una ermitaña que reniega de las pautas sociales y del discurso que obliga a “ser sociable y hacer amigos”, Yozora tampoco puede escapar por completo a estos condicionamientos: crea a una chica perfecta e imagina que disfrutan juntas eventos típicos de adolescencia de acuerdo a conceptos irradiados por la sociedad acerca de lo deseable, lo normal, lo estético, lo divertido. Mientras renuncia a integrarse a ese mundo imperfecto; en sus ficciones pragmáticas, Yozora reproduce esas nociones porque –secretamente- anhela reincorporarse. Pero prefiere que este proceso de apertura siga las cláusulas que ella determine, no obedecer los lineamientos dispuestos por personas que apenas conoce, pues le parecen engorrosos: cuesta demasiado tiempo y esfuerzo, sin garantías, el tratar de encajar en relaciones amicales ya establecidas. Su conversación con Kodaka, quizá la primera que sostiene con algún compañero de clases en meses, no tiene como finalidad entablar un vínculo personal, sino debatir la pertinencia de ciertos razonamientos, sin embargo, siendo la amistad el foco de discusión, la plática alcanza por momentos una complicidad inusitada. Yozora se desprende del conjunto por desencanto, entregándose a un exilio voluntario, pero en cuanto la descubren, la ficción del air tomodachi se desinfla. La creación del club extravagante es otro subtópico dentro del marco más amplio del esquema “fundar o sostener algún equipo o tipo de asociación estudiantil”, que suele regirse por un doble protagonismo (personal y colectivo). Esta receta es tradicional para el anime de rutina escolar y, muchas veces, constituye su columna vertebral o un hilo fundamental: Hitohira con el teatro, Marimite con el Yamayurikai, K-ON! con la música ligera, Taishou Yakyuu Musume con el béisbol, Yuru Yuri con… whatever. El exponente clásico, mejor dicho, el pináculo de este paradigma argumental lo constituye, sin objeción, Haruhi Suzumiya. La iniciativa de Yozora recuerda a la Brigada SOS en cuanto a su composición: sujetos heterogéneos, extraños, algunos arrastrados por el impulso autoritario de su fundadora; pero también respecto de su cometido, ajeno a cualquier disciplina deportiva o artística, es decir, que desde su definición se presenta como excéntrica u “original”.

Las vicisitudes de Sena son también paradójicas: tanto la popularidad como la marginalidad más que opciones o vocaciones, son posiciones discursivas asignadas socialmente. La chica popular del colegio está condenada a cumplir su función de tótem colectivo no siempre en beneficio suyo, sino como referente para otros sujetos, que veneran y admiran al personaje que encarna, pero no porque se preocupen por apreciar su personalidad, sus sentimientos y preocupaciones, es decir, su integridad como individuo, sino porque rinden tributo a un estereotipo que encarna sus necesidades y aspiraciones. En concreto, Sena está encapsulada por su éxito, engrilletada por su propia popularidad, una condición atribuida por otros. Es amargo y trágico –aunque la predisposición humorística de la serie lo encubra- pues las personas comunes y corrientes persiguen el máximo de aceptación social porque consideran que el renombre es señal de plenitud, sin embargo, acaparar admiradores no implica necesariamente alcanzar la felicidad. Los fans, sin importar su grado de devoción, suelen gravitar alrededor de una imagen superficial, un ídolo antes que la persona auténtica, una figura del terreno público. El campo de la intimidad, la intercomprensión, donde se ubica la amistad, pertenece al espacio privado, donde los devotos no ingresan. Tener pretendientes, además, puede ocasionarle más inconvenientes que satisfacciones: para nadie es secreto que el género es una primera instancia de confidencialidad, donde florece con mayor facilidad una relación amical. Lo usual para una chica sería vincularse con otras muchachas, pero su excesiva popularidad convierte a Sena en una especie de paria, segregada y repelida debido a la envidia, o acusada por monopolizar la atención de los hombres. En consecuencia, la fama se revela como una siniestra mascarada que encubre la soledad del individuo, víctima del sistema que silencia la voluntad para imponer sus modelos funcionales. Sena sería la última persona de quien sospecharíamos que pudiese captar las intrincadas claves de Yozora, pero solamente alguien desesperado por ganar amigos podría descifrar ese poster. Aunque entre rubia y morena se declarasen las hostilidades sin razón aparente o digna de justificación, su mutuo antagonismo insinúa el fermento de una amistad tsunderesca entre almas gemelas.

3 comentarios

  1. davidvfx

    por el OP de la serie y el ova corta que se saco creia que me to paria con un asqueroso Harem (y es probable que si se convierta) pero ya visto los 2 primero episodio (no spoilare) me dio gusto a donde va la comedia personajes es interesante la propuesta y las interracion y parodias que sacan… aun que siento inecesario tanto pero TANTO Fanserver y erotismo visual en los personajes, no es que no me agrade pero el tipo de historia y comedia me recuerda mucho pero mucho a Oreno no imoto con las peleas de Kureneko y Kirino, y nada que decir del prota y la primer femenina igual una interacion parecida a Kirino y su hermano

    Dejen me ponerlo de otra manera lo que digo,imaginar la serie de Oreno no Imoto con este estilo de direcion donde casi le vemos la raya en medio a la chicas y abundan los planos bajos y contantes inclinaciones de la chicas para mirar algo al suelo…. vamos serie algo totalmente diferente, igual invirtamos la cosa que vieramos esta serie con un estilo menos fanservisero como Oreno no imoto…..

    Bueno la serie es entretenida pero solo me molesta que el director quiere resaltar el aspecto Harem que no es de mi agrado…. igual siguiendola.

    21 octubre 2011 en 02:25

  2. De verdad esperaba esto desde hace mucho tiempo. Buen análisis. Creo que el problema con Kodaka con respecto a su aspecto nace de las implicaciones “monstruosas” de su apariencia que rompe con el prototipo ideal del personaje masculino japonés, aquí el monstruo pone en cuestión al sistema, es lo anormal que es imposible de asimilar a las reglas, de ahí que la mirada se desvíe al vacía, hacia otra dirección donde no hay nada.

    21 octubre 2011 en 15:30

  3. Dios salve a Sena. Lo unico que me preocupa es que SEna se ver más oppai que en el manga, lo cual le quita elegancia en cierta medida. Por otro lado, al aparecer ambas protagonistas del triangulo amoroso en el mismo primer episodio magnifican la duda sobre cual será la escogida. AUnque me parece obvio, por menos que me parezca, que será Yozora.

    22 octubre 2011 en 10:51

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