Tu pasaporte en español para disfrutar de un fuwa fuwa time intelectual

WORKING’! 1: Combo y chamba

Ora et labora

Antes que reflexionar sobre los empleos de medio tiempo como procesos de adiestramiento que conllevan a la inserción del sujeto en la lógica del sistema productivo (jerarquías, división del trabajo, competitividad, mecanización, plusvalía, etcétera), Working! describe esta experiencia bajo los parámetros expositivos del slice of life, suavizando sus aristas, representando la rutina laboral con amabilidad, candidez y optimismo. No quisiera imaginarme los términos que desprendería una crítica marxista sobre esta serie, cuyo título sonaría a broma malévola en Estados Unidos (donde, por fortuna, para evitar el sarcasmo, lo “tradujeron” como Wagnaria!), esta España con récord histórico de parados o incluso el mismo Japón de la recesión. La sociedad global post-Lehmann Brothers, de indignados ocupando las calles, parecería poco propicia para desplegar una visión idílica, de jovialidad adolescente, que idealice la iniciación del individuo en las actividades económicas. Este aprendizaje ni siquiera es referido como tránsito a la madurez, sino únicamente como instancia de socialización, de interacción entre manías y complejos. En el mundo ficcional de Poplar, Yamada y Katanashi-kun no existe la alienación. Sin embargo, que Working! goce de popularidad en una época de crisis antes que irónico, suena bastante coherente: una utilidad comprensible de la ficción es sustituir la gris realidad que enfrentamos a diario por un simulacro de cotidianeidad que embellezca nuestras labores comunes y corrientes con un halo de candor ideológico. Sin importar nuestros defectos, los infortunios circunstanciales o los caprichos del azar, todavía podemos reírnos de la vida. Esta función suele calificarse –con cierto desdén– como evasiva: yo prefiero emplear un término más neutro como “suspensión”, pues el público que opta por refugiarse en esta clase de humor cálido e inofensivo no pretenden “escapar” o “esconderse” de la Realidad, sino reforzar sus expectativas y anhelos –aunque sean quiméricos– por vivir en un mundo coloreado de cordialidad y ternura. Incluso quienes hayamos perdido ese grado de inocencia, necesitamos reforzar esos ideales y sonreír ante la posibilidad de transmutar el trabajo en espacio de diversión, donde en lugar de primar el aburrimiento y los automatismos, en cualquier momento, puede suscitarse una sorpresa, una novedad extravagante. Working’! sigue el modelo de su predecesora y convierte esta concepción del trabajo en su pilar estructural.

Este primer episodio enhebra tres hilos temáticos que tienen en común ese ambiente de juego, travesura y constantes ocurrencias. El restaurante familiar sirve como cronotopo para poner en escena el cruce entre personalidades variopintas, desde una andrófoba como Inami hasta una administradora displicente como Kyouko. En medio, Takanashi fluctúa a manera de pivote entre las distintas líneas dándole unidad narrativa al conjunto. La primera trata de Popura siendo, para variar, pequeña y linda o, mejor dicho, padeciendo las consecuencias de su adorable pequeñez. Ninguna chica de diecisiete años se alegraría porque la traten deliberadamente como una bebé y encima lo resalten sin empacho, pero en defensa de Katanashi-kun habría que reprocharle a sus compañeras de trabajo el poco compromiso para situarse en las coordenadas, ciertamente estrambóticas, del discurso chibi-con. Popura, antes que objeto de deseo, es fetiche de adoración: propicia el enternecimiento como desborde de placer. Por desgracia, a determinada edad es irreal discutir con las tendencias biológicas: creer con impaciencia que nunca es tarde para pegarse un estirón tiene un enternecedor pero ridículo tono de terquedad ilusa, porque, para empeorar el panorama, Poplar es tenaz y denodada, virtudes dignas de admiración, que únicamente le acarrean más humillaciones y desilusiones. Su perseverancia por trabajar en igualdad de condiciones que el resto de colegas o realizar tareas imposibles para su estatura termina acentuar su imagen de ídolo en miniatura, motivo de veneración para Takanashi o vacilón para los cocineros. Sin pertenecer por completo a la categoría dojikko, Popura se encuentra a medio camino entre una chica torpe y una genki girl: quizá lo único que obstruye su sentido común sea su obsesión por crecer, tanto que comete errores impensables considerando su eficiencia como mesera. Para mantener la esperanza, intenta medirse contra una pared y descubre como consuelo que creció cinco milímetros, pero no puedes argumentar como prueba fáctica una cantidad inferior al margen de error, porque parecería que insistieses en tu propia deficiencia métrica: que Poplar se enorgullezca de haber ascendido una fracción de centímetro causa gracia porque su dulzura minimiza los efectos de una afirmación cargada de testaruda estupidez. El valor de una frase depende de quién lo dice, en lugar del cómo y del qué: es norma implícita del moe-ness. En boca de Popura cualquier diálogo se torna excusa para sentir un calor gratificante en la médula del espíritu, aunque en parte (vaya paradojas) también haya una carga de compasión maliciosa porque nos reímos de sus imposibles aspiraciones. Muchas heroínas del anime reciente son igual de chatas, menos desarrolladas y menos hábiles que Poplar, pero su mentalidad, su conducta, sus referentes, sus reacciones pertenecen a la esfera juvenil o adulta (aunque, en efecto, la mayoría son tsundere): si Taneshima-senpai siguiera los consejos de Sota y actuara como mujer de treinta, la tomarían en serio, pero mientras continúe comportándose como una chiquilla de primaria, su fantasioso admirador tendrá la coartada ideal para tratarla como cachorrito, es decir, rendirle adoración. Esta vitalidad infantil tiene sus pros (contagia alegría, es sincera, se esfuerza con honestidad), pero también sus contras (es llorona y crédula).

Poplar es sometida a la comparación más grotesca que ideara la galantería masculina, pero Takanashi merece una prerrogativa comunicacional: cuando se mencione un objeto o ser vivo, el único criterio de valoración no negociable es cuán diminuto sea. No existe otro factor estético: así funciona el cerebro de nuestro protagonista. Encontrarse al nivel de una pulga de agua o bicho doméstico debería interpretarse como un elogio, al menos para quienes conocen de sobra las debilidades del cuatroojos. La disparidad entre un chico alto proveniente de una familia con genes de basquetbolista y una senpai retaca pero atractiva insinuaba en Working! un interesante prospecto de yin-yang romántico, pero durante la primera temporada esta receta de polos opuestos fue diluyéndose para concentrar la vertiente sentimental en Inami y su temible androfobia. Siguiendo los paradigmas del género, los temas de pareja se mantienen bajo el manto de la indefinición (o ambigüedad), sin embargo, aunque muchos prefieran a Poplar, una adolescente pechoplano con puños mortíferos se presta mejor al propósito de introducir tensión erótica, un conato de conflicto. Esta ocasión, Mahiru pelea contra sus pulsiones agresivas después que Takanashi le recomendara que intentase reprimir esas energías cuando se sienta amenazada por un hombre. La “terapia” es correcta porque evita las escapatorias y podría acostumbrarla a ganar otro tipo de confianza. De nuevo, sus avances se estrellan con una circunstancia ridícula, aunque, pese al golpe que recibiera, Takanashi tuvo la culpa por excederse en sus comparaciones microbiológicas, aceptables cuando se enuncian como alabanza (o cumplido), pero inexcusables cuando se emplean con tono despectivo. Aunque casi destruye la oficina de Kyouko usando al susodicho como proyectil, el insulto podría tener secuelas positivas (pero obviamente, impensadas), pues semejante vendaval de violencia acaba por traumatizar incluso a la misma agresora, que resuelve jamás pegarle a nadie. Las cualidades del héroe cotidiano son limitadas y suelen neutralizarse cuando alguien presiona el botón inexacto. Su fobia al género masculino no impide que Inami sufra de un complejo común entre las mujeres, relacionado también con la cinta métrica. Cuando habla con Takanashi tratando de traducirle los sentimientos de Poplar, en realidad pretende colar de contrabando sus propias inseguridades. Resulta curioso porque Mahiru rehúye a participar de una faceta inmensa de la socialización (interactuar con varones), pero le preocupa su exterior, indicio de que pretende amoldarse a una imagen normalizada, que agrade y atraiga a la gente. No existe contradicción, porque la fobia al género opuesto no previene de otra sensibilidad, transmitida por los medios de comunicación, la familia, los vecinos, las compañeras de clase, acerca de la apariencia, creando una serie de imperativos, de moldes. La pobre Inami está rodeada por los cuatro costados y tanta presión necesita liberarse con algún punching bag. Si acaso la serie recrea con realismo una rutina de restaurante es el chismorreo que ocurre lejos del cliente, adentro en la cocina o los almacenes y cómo influyen estas conversaciones en los eventos inmediatos. Sota dirige desde las sombras una estrategia para evitar que Poplar renuncie a Wagnaria, Takanashi continúe trabajando y Soma se salve del derechazo de Mahiru.

Yamada piensa que la serie de Yamada no puede estar completa sin Yamada. Yamada se pasa la tarde rompiendo cosas porque Yamada es impulsiva, pero, en el fondo, Yamada se consagra con entusiasmo al trabajo… claro, hasta que Yamada se aburre y opta por refugiarse en el ático, pero, por suerte, Yamada tiene a Takanashi supervisándola y corrigiéndola. Yamada detesta que engañen a una doncella, porque las chicas son cautelosas con sus secretos, en especial si Yamada ha quebrado el récord de vajilla destrozada en apenas unas horas. Yamada se siente muy honrada de recibir esa distinción que Yamada no merece, por eso Yamada prefiere no ponerle su nombre a esa recompensa lograda gracias a la colaboración de grandes colegas, como Poplar, de quien Yamada aprendió que, sin importar cuán alto esté el papel, si Yamada se estira causando lástima es probable que alguien se apiade de Yamada porque nadie podría eludir al encanto carismático que Yamada transmite. Sin duda, Yamada pagará los platos rotos (en sentido literal), pero Yamada también pretende reflexionar acerca de sus actos y arrepentirse: es Takanashi quien impide que Yamada acceda a un entorno favorable para alcanzar el equilibrio espiritual que Yamada necesita para transmitirle ese balance a los vasos de refresco, porque Yamada siempre se ofrece como voluntaria, Yamada reprueba a quienes holgazanean en horas de trabajo y, en realidad, Yamada pretendía realizar un control de calidad a la vajilla barata que Kyouko suele comprar. Yamada también sospecha que una plática entre Yamada y Last Order sería muy entretenida.

5 comentarios

  1. davidvfx

    JAJAJAJ Yamda piensa que los ultimos de comentarios de Yamadsestubieron muy buenas. LOL 😄

    10 octubre 2011 en 08:53

  2. En realidad Yamada cree que Yamada debe ser considerada una cuarta persona gramatical!!

    Buena elección para la reseña, he visto Working desde la primera temporada y es una serie muy fresca y con una comedia balanceada, en un ambiente único como lo es un restaurante familiar.

    11 octubre 2011 en 01:06

  3. Desde una crítica marxista se intentaría reducir todo el formato de la serie a la infraestructura económica que compone la sociedad, siendo Working una mera expresión ideológica de un poder dominante que mantiene bajo control los medios de producción. Pero si eso es así, donde que la emoción, la estética, los sentimientos y forma de vida de los personajes reducidos a trabajadores despojados de sus medios de subsistencia, por eso las corrientes marxistas ortodoxas jamás han sido buenas en el análisis del arte. Buen trabajo, me gusto mucho el final…

    12 octubre 2011 en 20:55

    • Jajaja, nunca pensé que Marx podría tener relación alguna con Working… Lo siento amigo Fortuna, pero me dio risa (sin burlarme de ti claro). Hay cosas que hasta que otro te las dice ni cuenta te das…
      Por cierto, Working es un mate de risa, pero como que esta vez no me está llamando la atención tanto como la primera vez. Igual le daré una oportunidad.

      14 octubre 2011 en 19:40

  4. Bueno, me encantó la revisión. En efecto, el punto de vista laboral que aquí vemos (que si bien parece ameno, a nadie le gusta que lo muelan a palos, por más linda que sea la chica) da para pensar un poco. Muy bueno lo de Yamada. Siempre me chocaron las personas que hablan de sí mismas en tercera persona… hasta que trabajé y conocí un par que son así, Dios.

    Estuve leyendo un poco el manga y la verdad tengo que admitir que el estudio se lució con esta adaptación ya que el material original no es precisamente “lindo” (bastante comunacho tirando a feo) y aquí por lo menos la cosa es divertida.

    Ahora bien, no sé por qué no puedo evitar trazar paralelismos con Idolm@ster, que es otra serie de chicas jóvenes metiéndose en el horripilante mundo de las idols. Mientras que en Working el trabajo se trata de manera divertida, pero aún así muestra (de manera suavizada) algunos horrores laborales, en la otra serie uno ve cómo humillan a las pobres chicas, las mandan a cada trabajo denigrante y patético… y encima todo son sonrisas y happy-true-la-la. Noooo… Me quedo con Working.

    En fin, buen artículo y una de las razones por la que frecuento el blog, uno de los pocos con este nivel en español. ¡Van mis aplausos!

    16 octubre 2011 en 08:48

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s