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Usagi Drop 8-9: Growing Pains

¿Crossdressing en Usagi Drop? ¡Jamás!

Cuando era pequeño me enseñaron
A perder la inocencia gota a gota
¡Qué idiotas!
Cuando fui creciendo aprendí
A llevar como escudo la mentira
¡Qué tontería!

Bunbury – “De mayor”

Cuando niños, qué simple se veía la vida. Nada podía ser más importante que los juguetes y la comida. Al llegar a la adolescencia, lentamente empezamos a sentir la presión de las responsabilidades sobre nosotros, y mientras siguen pasando los años más sentimos la necesidad imperiosa de alcanzar la madurez que permita vivir con sobriedad en un mundo plagado de estrés y competencia. Pero, ¿en qué momento de la vida se puede decir que ya somos “maduros”? ¿Qué significa en realidad la madurez? Estas pasadas semanas Usagi Drop nos ilustró sobre algunas de las diferentes etapas por las que pasamos todos los seres humanos en nuestro camino por la vida, dejando un pequeño sabor a nostalgia en nosotros. Si de pequeño me enseñaron a querer ser mayor, de mayor quiero aprender a ser pequeño.

Resulta curioso dentro del mundillo del manga y el anime la reciente proliferación de temáticas relacionadas a este mismo universo otaku, ya sea exponiendo los vicios y virtudes de la afición como el trabajo y sacrificio de los dibujantes y artistas involucrados en esta industria. Haciendo otra vez una gran similitud con Bakuman, el episodio 8 abarcó en gran manera la vida y pensamientos de Masako Yoshii, madre de nuestra amadísima Rin y mangaka de profesión. A lo largo de nuestra carrera como aficionados al anime hemos tenido ocasión de conocer la ajetreada vida que llevan los mangakas, principales artífices de las obras que todos disfrutamos. Visto desde afuera, difícilmente podríamos imaginar la angustiosa presión que experimentan a diario luchando contra el tiempo, la competencia y sus propias limitaciones físicas. En Bakuman no se nos ocultó que, sin importar lo entusiasmados que estaban los jóvenes protagonistas por su posibilidad de llegar a ser artistas reconocidos, o lo férrea que fuera su voluntad de alcanzar sus sueños, igual seguían siendo frágiles adolescentes con necesidades físicas básicas e irremplazables, como la de descansar lo suficiente, cosa que empieza a pasar factura cuando es descuidada. La coerción para continuar trabajando puede venir de cualquier lado (jefes, amigos, compañeros de laburo), pero es peor cuando viene de uno mismo, porque se vuelve enfermiza, incontrolable, y echa a perder todo tipo de disfrute que debería producirnos nuestra profesión. Simplemente no nos deja saborear los placeres de la recompensa y la satisfacción.

Entender este entorno nos permite comprender poco a poco la forma de vivir y pensar de Masako. No se nos revela desde hace cuanto que se avocó a la titánica profesión de ser mangaka, pero por lo visto en la actualidad le va bien dentro del negocio, ya que su manga está siendo publicado, por lo que tiene fechas límites para las entregas y dispone de ayudantes. Uno de estos ayudantes es su actual pareja (del cual hasta ahora no logro descubrir su nombre). Este muchacho podría ser la única luz en la lóbrega vida de Masako, porque al parecer es el único amigo que tiene; y vale destacar las buenas cualidades del chico, que con paciencia y cariño mantiene a la mangaka con los pies en la tierra. En la vida de Maa-chan se nota que ya se ha perdido todo sentido fuera del trabajo como dibujante, a tal grado que su salud se está viendo perjudicada muy notoriamente por sus excesos laborales. Siendo todavía joven, la imagen que proyecta es sombría y apagada, lo que es consecuencia de las decisiones tomadas por ella pocos años atrás. En anteriores ocasiones se aludió al hecho de que la concepción de Rin se dio lugar en el momento en el que su carrera como artista estaba a punto de despegar, y fue precisamente su carrera la que la llevó a dejar de lado completamente a su hija, descuidándola y hasta negándole el derecho de conocer a su madre y ser criada por ella. Qué movió a la joven a tomar tan abominable decisión queda como una triste interrogante que nos lleva a desconfiar y malpensar de ella. Lo sorprendente de este caso es cómo las consecuencias llegan a alcanzarla mucho tiempo después, cual si de un fantasma se tratase. Hasta la muerte del abuelo Soichi, Masako estuvo dando por sentado el cuidado y la crianza de Rin, aunque de vez en cuando tenía cierto remordimiento; pero al cambiar la niña de apoderado empieza a pesar sobre su conciencia la irresponsabilidad que ha tenido para con ella al ver cómo una persona ajena a su círculo más cercano, en la práctica un total desconocido, viene a hacerse cargo de su propia prole, en lugar de la madre misma, y encima lo hace de forma magistral. Fingir que es indiferente a las cosas no le sirve de nada, ya que podrá escapar de la niña, pero no de su propia conciencia. Para calmar aquel remordimiento, la única salida por la que ha optado es entregarse por completo a su trabajo de mangaka, reafirmándose en su primera decisión de ser artista antes que madre, convenciéndose de que así valdría la pena haber hecho tamaño sacrificio.

Sentir empatía por ella resulta casi imposible; significaría comprender o aprobar conductas casi inhumanas de parte de una madre. Pero a su favor hay que decir que, por más que lo intente, no ha podido olvidarse de su hija, su sangre. Sentir que Rin está cerca de ella logra desestabilizarla por completo, y tener la oportunidad de verla logra conmover su frío corazón al punto de casi hacerla derramar lágrimas. En sus gestos podemos comprobar lo mucho que dentro de sí lamenta no estar al lado de su pequeña, cuánto dolor siente estando tan cerca y a la vez tan lejos de ella, no haber sido parte de su crecimiento ni presenciar los muchos cambios que ha hecho en sus cortos siete años de vida; y a la vez, cuán duro puede volverse nuestro corazón cuando es poseído por una idea a la que nos negamos a renunciar. A pesar de lo alterada que puede haber resultado por el breve vistazo a Rin, Masako no derramó una lágrima por ella (dijimos que estuvo “a punto”), ni se decidió a cambiar o siquiera intentar acercarse a ella. En su mente no hay lugar para arrepentimientos: el único camino que queda es seguir hacia adelante, sin mirar atrás. Vivir de esa manera la condena a ser prisionera de una trágica resolución, una vida sin brillo, una vida sin identidad. Notamos cuanto ha perdido Maa-chan en su interior por su actuar cuando al ser tratada con compasión por su novio le espeta “¡no soy una mujer, soy una mangaka!”, enunciando su renuncia a su delicadeza y fragilidad femenina para probarse que puede aguantar de todo, no por afirmar que puede alcanzar y mantener el éxito, sino solo para demostrar que tiene la razón.

Todo lo anteriormente expuesto asombra y asusta cuando reflexionamos que solo se trata de una jovencita, no de una aburrida señora o una amargada anciana. Al forzarse a actuar de forma “responsable” con su temprana decisión, en lograr de obrar con madurez demuestra falta de raciocinio, no sabiendo establecer bien sus prioridades en cada cosa que hace, primero con su hija, luego con su trabajo, su salud, y su vida entera. No esperamos un vuelco en la historia que augure una redención para esta inconsciente madre, pero apreciar el triste espectáculo de su vida brinda una tétrica admonición sobre la importancia de tomar conciencia de nuestros actos y sus repercusiones futuras.

Little Busters

Si de actitudes inconscientes se trata, diríamos que los niños son los más “inconscientes” de sus actos, dada la natural dejadez y carencia de responsabilidad que tienen. Ya que esta serie gira en torno a la vida  y el crecimiento de una niña, es inevitable comentar sobre los otros menores que la rodean, y de cómo sus conductas esbozan de mejor manera la ajetreada labor de aquellos que decidan ser padres, ya que muchos de los que vemos esta serie terminamos antojados de emular a Daikichi. Pensémoslo dos veces: no todos los niños son como Rin. De quien no hemos tenido oportunidad de hablar es del terrible Kouki, travieso personaje que gracias al episodio 9 nos ha demostrado que ser padre, o madre, es todo menos tranquilidad. Daikichi ya ha tenido algunos ratos tensos por su protegida; pero realmente compadecemos a Yukari Nitani por tener que lidiar con tremendo malcriadazo que es su hijo. Lo de “malcriado” obviamente es sólo por el epíteto, ya que Yukari sí está haciendo grandes esfuerzos por educar a su retoño, pero el terremoto éste es un hueso duro de roer. La faena de la madre se agudiza al no contar con el apoyo de su esposo, del cual está divorciada. Al no contar con una figura paternal, Kouki está de plácemes con una madre tan delicada y apacible como Yukari, que no puede mantenerlo bajo control o disciplinarlo para corregir sus faltas.

Dejando de despotricar contra el niño, hay que reconocer que todas sus travesuras son propias de la edad. Coleccionar bichos, hablar tonterías, rayar las paredes, tratar a los mayores sin respeto, comer con las manos, juguetear en el agua, son cosas que todos sin excepción hemos hecho en la infancia. Lo negativo es la casi incapacidad de la madre por educarlo con propiedad, precisamente por la carencia de un varón en casa, aquel que pueda administrar corrección y consejo. Una familia fragmentada puede sobrevivir, pero con dificultad; y para Yukari es un constante dolor de cabeza ver la conducta de su hijo sintiendo que su labor es en vano. La natural impetuosidad del niño no evidencia malicia o perversidad, pero podemos anticipar que de proseguir sin la necesaria disciplina al crecer su desobediencia podría agravarse hasta causar daño o vergüenza a su progenitora. La oportuna intervención de Rin y Daikichi en la vida de la familia Nitani sirve de contrapeso para la problemática que enfrenta la bella mamá, ya que Kouki encuentra en Daikichi más que un padre, un amigo, alguien de confianza que puede compartir, comprender y valorar sus actos, sean estos apropiados o no. La escena hogareña de los cuatro compartiendo los alimentos casi presagiaba el destino final que tendrá esta amistad. Sea cual sea el resultado de la clara atracción entre Dai-chan y Yukari, el verlos laborando juntos como una familia puso en evidencia lo elemental que es contar con la presencia de padre y madre para darle el correcto apoyo y cuidado a los niños, en sentido emocional, mental y físico.

Sin importar las desavenencias que ocurran entre padres e hijos, ser miembro de una familia es sin duda una experiencia emocionante. Todos los padres exhibidos en esta serie (exceptuando a Masako, claro) no dan muestras de estar exhaustos o hartos de su responsabilidad, sino todo lo contrario, mostrando verdadera pasión y entrega por los suyos, haciendo sacrificios físicos, planeando el futuro en relación al bienestar de la prole, y hasta llevándolos con orgullo en el papel tapiz de los teléfonos móviles. Hay decisiones en la vida que pueden significar absoluta felicidad o arrepentimientos eternos, pero de todas aquellas, decidirse a formar una familia es de las más serias y a la vez gratificantes, una decisión que no debe tomarse a la ligera.

Postcards from heaven

  • Rin imitando a Daikichi al dormir en el suelo.
  • La sonrisa de Rin disipando la preocupación de su apoderado: priceless.
  • Rin cumple siete años.
  • Yukari usando yukata.
  • ¿Que el Shinkansen qué?
  • La aparición de Puffy: Ami y Yumi como trabajadoras de la escuela de los niños. Se ha puesto de moda que los intérpretes del opening aparezcan en sus series…
  • Chapoteando en el agua, qué recuerdos.
  • Kouki usando la ropa de Rin.
  • Daikichi portándose como caballero con Yukari.

3 comentarios

  1. ¿Cuantos capítulos es que van a ser de Usagi Drop? Cada día me dan más ganas de verlo, pero hay que esperar.

    11 septiembre 2011 en 20:04

  2. Según Wikipedia, van a ser 11 episodios, osea que el de la próxima semana será el último. Vale la aclaración que sólo se ha abarcado la mitad del manga, lo que deja la posibilidad de una nueva temporada.
    Pero si quieres verlo… ahh… si, te diría que lo veas, pero ya está por acabar… y yo también disfruto viendo las series de corrido. Vale la pena verlo, es un anime atemporal

    11 septiembre 2011 en 21:23

  3. rolo2k

    No sé si es mi imaginación… pero me parece que Masako-san se pone visiblemente nerviosa delante Daikichi… además por alguna razón lo ha comparado varias veces con el abuelo de éste (lo siento, soy un desastre para recordar nombres).

    Casi puedo decir que siento pena por Masako, ya que ha dejado de disfrutar la vida, la atenciones de su novio (el chico se ve que es un buen tipo) e incluso su éxito como mangaka por persegur una meta ilusoria ¿será acaso alguna forma de autocastigarse?… o tal vez su propia terquedad de demostarle a todos que no está equivocada. Y digo que es una lástima porque se está perdiendo además de los momentos mas bellos de la vida de su hija… Daikichi realmente es muy afortunado.

    Un detalle que me llamó mucho la atención es que el calendario que observa Masako en una de las paredes del taller de manga correpondía al mes de Agosto de 2011, el mismo mes en que se estrenó el episodio 8. Tal parece que durante el mes de Agosto en Japón hay una celebración muy parecida al “día de difuntos” de las culturas latinoamericanas (no es que sepa mucho de las costumbres japonesas pero es lo que me sugirió).

    A pesar de tener personalidades tan dispares, hay una gran empatía entre Rin y el hiperactivo Kouki ya que ella es la única capaz de ponerlo en su lugar, tal como lo obervan sus maestros y compañeros de clase.

    La tierna escena casera en el episodio 9 es un bonito ejemplo de lo que podría ser una familia, en caso de que Daikichi y la bella Yukari llegaran a ser pareja (me gustó el gesto del paraguas, muy simbólico)

    Dos excelentes episodios, es una lástima que al parecer la serie esté próxima a su fin… habrá que esperar un final muuuuy abierto y aguardar una futura segunda temporada.

    16 septiembre 2011 en 23:06

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