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El Festival de las Robots (o Sobre el carisma de ciertas androides)

Robot, eres formidable...

A simple vista, Nano Shinonome parece una chica tímida, inocente y hacendosa. Sus actos confirman sus virtudes, pero la descomunal llave de cuerda adosada a su espalda pone en entredicho su condición de “persona”. Aunque su materia y forma le impidan concebirse como “ser humano”, su máxima aspiración es volverse lo menos mecatrónica posible y gozar “una vida normal”. Fijémonos con atención en las categorías que quedaron entrecomilladas porque serán los conceptos que suelen relativizarse cuando se aplica el tópico que denominaremos humanización de las máquinas. Dependiendo del correlato ideológico, lo “humano” puede abarcar aquello que todavía la inteligencia artificial no consigue replicar: conciencia, sentimientos, valores, pasiones, un alma. Esta temática es frecuente en anime debido a ciertos factores contextuales, desde la influencia constante que ejerce la tecnología en la cotidianeidad (la cantidad de artilugios y gadgets lanzados al mercado cada año) hasta la pervivencia de elementos del sustrato cultural tradicional, como el animismo. El espectador japonés ha observado por televisión, desde su infancia, a “robots made in Japan”, cada vez más sofisticados y eficientes. Ha crecido con tamagotchis y peleas de iDogs. No existe industria de la electrónica más desarrollada e innovadora en el mundo. Por necesidad, las máquinas adquieren un espacio en el imaginario inconsciente que conduce a reflexionar sobre ellas, en particular, sobre la proximidad y familiaridad que entablamos al manipular o, diríase mejor, interactuar con algunas, por ejemplo, cuando le hablamos al playstation o maldecimos a nuestra impresora. A veces, asumimos con franqueza metafórica que nuestra computadora o su sistema operativo tiene voluntad propia y quiere fregarnos la existencia colgándose a propósito, rebelándose contra su dueño. ¿Acaso la costumbre de nuestros padres o abuelos por golpear sus televisores pretendiendo mejorarles la imagen no reflejaría su convencimiento en el lema “la letra con sangre entra? Las sociedades contemporáneas tienden a proyectar y reproducir sus fórmulas de relación interpersonal a su insoslayable vínculo con las máquinas. Sin embargo, esta analogía es incompleta e imaginaria porque los artefactos son objetos inanimados. No hay nadie allí para respondernos, aunque, de manera irracional, lo deseáramos y actuásemos bajo la absurda suposición que, dentro de esas cosas inmóviles, habita cierta subjetividad. No estamos locos ni somos chamanes macumberos: simplemente necesitamos llenar un vacío, crear una presencia, aunque sea en sentido figurado para explicarnos el mundo en términos humanos, no tecnológicos. En Japón, la personificación o caracterización de esa alegoría adquiere mayor materialidad gracias al fenómeno de antropomorfización moe, como ocurre, por ejemplo, con las célebres OS-tan, encarnaciones de sistemas operativos cuyas características y defectos son transformadas en rasgos de personalidad humanos, tornando amables las circunstancias que solo podrían explicarse con sucesiones de ceros y unos. (Windows) ME-tan, la preferida del grupo, presenta características similares a Nano, que suelen subrayar la defectuosidad de lo humano por encima de la perfección maquinal. Ambas son trabajadoras empeñosas, pero torpes cuando se sienten intimidadas.

Ocurre algo ligeramente distinto cuando nos referimos a los androides, pues estas máquinas fueron ideadas para imitar algunas funciones y comportamientos humanos. Existe un décalage, un desfase entre apariencia y esencia, entre ser y parecer. Estos robots provocan más aprensión porque se asemejan a nosotros. Esta similitud visual frustra la metáfora, generando una paradoja: mientras facilita la humanización, también la dificulta. Como sucede con otras máquinas, podemos buscar en ellos una presencia imaginada, pero a diferencia de algún electrodoméstico u ordenador, asociamos su figura con un remedo o simulacro de condición humana, provocando frustración y desasosiego, pero también hostilidad: el sujeto se siente “desfamiliarizado” respecto de la propia imagen y reacciona a la defensiva, como amenazado. En muchos relatos, cuando una sociedad futurista introduce al androide al entorno hogareño o laboral, generando con su producción masiva, una convivencia entre humanos y casi-humanos, determinados sectores se opondrán con repulsión e intolerancia a la posibilidad, ahora más cercana, de humanizar a las máquinas. Muchas de las robots más memorables del anime aparecen en estos contextos conflictivos, como Sammy, en Eve no Jikan, o Lime, Cherry y Bloodberry en Saber Marionette. El encanto de estos personajes proviene de la transgresión. Las androides traspasan el límite que los seres humanos le asignan al comportamiento robótico y actúan siguiendo motivos éticos o “sentimentales” en lugar de obedecer a procesos lógicos. La primera impresión de quienes las observan será la sorpresa, pero también la ansiedad porque el mundo no funciona como debería. El dueño de Sammy intenta descubrir a su robot acudiendo por cuenta propia a cierto café clandestino porque necesita restablecer un orden normativo, una jerarquía, tratando de impedir, con temor, que sus categorías sobre lo humano naufraguen entre las dudas. En Saber Marionette, los “amantes de marionetas” son descastados como una especie de lacra social. Si una criatura hecha de circuitos y cables puede albergar una subjetividad, un mundo interior, entonces habría que redefinir nuestra propia identidad. En otros casos, los protagonistas (masculinos, en su mayoría, pues abre camino a la trama romántica) reciben la sorpresa con una mezcla de resignación y comprensibilidad, como sucede con Mahoro en Mahoromatic (a pesar del drama), Nuku-Nuku o Chachamaru en Mahou Sensei Negima!

Nano es un personaje de comedia surrealista, por tanto, el resto de viandantes o compañeros de clase admiten su existencia con escasa sorpresa y aceptan con inusual rapidez su naturaleza robótica sin convertirla en motivo de conflicto narrativo: salvo breves brotes de curiosidad por parte de Yuuko y Mio, todos parecen ignorar su particularidad, su rareza, o simplemente no mencionarla, hacerse los locos. Nichijou no aborda la humanización como un problema, sino dejando fluir la vida, aceptando la extrañeza y renunciando a convertirla en materia de debate. Puede sonar ingenuo, pero ello implica también una toma de posición sobre lo humano. Nichijou es una serie que resalta la particularidad, lo raro, lo anormal, lo extraordinario. Intentar defender una concepción heredada sobre lo humano supondría limitarla a determinados criterios, todos discutibles. Si ni siquiera podemos ponernos de acuerdo en ello, ¿tiene sentido discutirlo si existiera algo/alguien como Nano? Tras tanto despelote bizarro, la serie termina sugiriendo una postura pragmatista: antes que determinar esencias, se impone la utilidad o conveniencia de la práctica, o mejor dicho, la praxis define al ser. En palabras sencillas: no interesan las definiciones amplias, sino el caso particular y si Nano encaja con aquello que “en el lenguaje corriente” reconocemos como humano, entonces basta y sobra. Sin embargo, la humanización es apenas el primer escalón para constituir el carisma de una androide. Entre otros aspectos, cabe mencionar el proceso paralelo de “desmaquinización” o “domesticación”. Los relatos de acción futurista han convertido al robot en una figura bélica, violenta, invencible, un arma letal. El manganime introdujo, cual réplica burlesca, una variante subversiva, femenina (por ende, capaz de demoler el esquematismo heroico): la robot aprendiz. Además de bondadosas y cándidas, estas androides comparten un rasgo común: valoran sus experiencias diarias como un preciado aprendizaje, pues ansían perfeccionarse, no como máquinas eficientes, sino como seres humanos. Actuar, pensar y disfrutar como ellos. Esta buena voluntad se estrella con cierto grado de ineptitud en tareas o hábitos que nosotros daríamos por sobreentendidos, subrayando con una nota de excepcionalidad aquello que consideramos normal o automático. Recordemos a Miharu de Da Capo (que también utilizaba una llave de cuerda) y su desmedida afición a los plátanos; pero también a Minawa, en Mahoromatic; o Chii en Chobits. Ninguna es perfecta: todas buscan acceder a esa “normalidad” por ensayo y error, copiando a gente de su entorno, preguntando por cosas obvias o aplicando soluciones brutales a cuestiones sencillas. Todas disponen de una compleja capacidad de procesamiento: podrían obtener la información registrándola en -digamos- su banco de memoria, sin urgencia de acudir a la escuela para adquirir conocimientos. No obstante, el propósito de matricularse a clases se vincula con una ética del desarrollo personal: experimentar la adolescencia de igual manera que las demás muchachas, poseer una información limitada, no automatizada. Ser humano en sus rasgos más incompletos y defectuosos, porque de aquellas imperfecciones brotan nuestros afectos, pasiones y gozos. En suma, las androides como Nano son carismáticas porque, para una sociedad que aspira de manera demencial a maquinizarse bajo el discurso de la eficiencia y la competitividad, resulta refrescante descubrir que, cuando menos dentro de la ficción (que repara nuestras carencias), nuestra condición de seres perfectibles sigue siendo atractiva y fascinante.

4 comentarios

  1. Es cierto!!! Yo también le hablo a la compu, me río, me enojo y hasta la abrazo y beso!!! Que buena! En ese sentido, es curioso, pero en lo personal, a veces prefiero la TV o la radio al internet y al mp3, ya que esa extraña sensación de los programa “live & direct” como que llenara de una ilusoria presencia la habitación, cosa que se siente más mecánica y “bajo control” con el internet.
    De todos los androides del anime, la que más me impactó fue Sammy, en el entorno en el que la plantearon. Tenía mucho de la temática de AniMatrix, en el sentido del prejuicio hacia los robots y la repulsión hacia su uso como sustitutos de la compañía humana; cosa que según Eve no Jikan, resultaba más agradable y paradójicamente más real que la gente real, más humano que la humanidad. Por otro lado en el caso de Chii lo trillado era el hecho de que con toda su inocencia e ingenuidad había cierto halo de misterio envuelto alrededor de sus superhabilidades, lo que es casi una constante en los androides; y quizás de allí venga el temor que la gente les tiene. La cosa se invierte con Nano, ya que lo principal en ella son los razgos tiernos y su gesticulación tan natural. Esa inocencia que todos quisiéramos conservar de por vida solo es capaz de retenerla un ente que no sea humano, irónicamente

    10 septiembre 2011 en 13:22

  2. ¡Un tema muy interesante, como para sentarse a discutir por horas enteras! cietamente si un día mi compu me hablara o respondiera a mis dudas, seguro me sobresaltaría con una mezcla de fascinación y miedo a la vez; aunque debo admitir que aún no he visto Nichijou, me pica la curiosidad por ver la propuesta de Nano como robot aprendiz de humano… espero verla pronto

    10 septiembre 2011 en 13:43

  3. Hay que recordar que los androides y su estado de humanizacion es una herencia del cuento de Pinoquio. Menciono a Key de Metal Idol ya que despierta mas mi interes por estar en el campo yuristico, su intencion de convertirse en humana venia de su ”padre” que le pidio encontrar a 10 mil amigos para asi convertirse en humana, pero mismo siendo una chica poco expresiva obviamente, tenia una carga sentimental intensa principalmente por tener esa expresion melancolica constante contraria a la neutral mas habitual. El aspecto yuri viene con su relacion con Sakura, que si tiene alguien que le gusta y etc pero siempre sostuve que no pasaba de un crush menor comparado su relacion con Key, tipico distractor de estos sentimientos en aquella epoca.

    10 septiembre 2011 en 21:29

  4. Buen tema has tocado serious, la verdad Nano rompe los paradigmas ya que está casi al paso de alcanzar la humanidad, y me recuerda mucho a la película Bicentennial Man donde el robot que encarna Robin Williams pasó un proceso de humanización total. Sin embargo, Nano se nos presenta desde el primer capítulo como una tierna chica robot con comportamiento humano ya formado, aunque sólo su llave adosada en la espalda es el único vestigio visible de su artificialidad.

    Sin embargo, Nano sólo quiere vivir entre los humanos y poder vivir una aventura fuera de las cuatro paredes de la casa-laboratorio de Hakase; o sea su meta sería ser una robot humanizada aceptada socialmente como humano. Y es así que en Nichijou, ella logra insertarse paulatinamente a la vida escolar de Mio, Yuuko y Mai; convirtiendose en una igual.

    11 septiembre 2011 en 02:39

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