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Kami-sama no Memo-chou 2: La chica del trópico

Los extranjeros son bárbaros peludos

Meo es moe. Apenas basta una leve inversión vocálica para transformar un hilarante chue len (nombre informal tailandés) en sinónimo de éxtasis estético. Meo, la bronceada chica del continente, protagoniza el segundo caso abordado por Alice, la detective NEET (por favor, no omitir la especificación), que no consiste en resolver un misterio, pues queda claro que 200 millones de yenes, la yakuza y un padre desaparecido forman una ecuación sencilla. El trabajo de nuestra mujer orquesta de la información será, además de averiguar el actual paradero del señor Kusakabe, definir desde su torre de marfil electrónica, quiénes buscan el dinero, qué propósitos tienen y qué peligros corre su cliente, la exótica y dulce adolescente thai. A diferencia de Victorique, Alice tiene un perfil más técnico (recuperar y obtener información a través del hackeo y la vigilancia) cercano a un operador de servicio de inteligencia. Sus casos son mundanos, no contienen una pizca de misticismo y, aunque la niña es una razonadora brillante, su trabajo estriba en llenar vacíos informativos antes que desmitificar la Realidad.

Gran parte del encanto de Meo procede de su origen extranjero, no obstante, ese atributo fetichístico o moestático, en apariencia gratuito, puede servir como punto de partida para analizar cómo el imaginario japonés del anime construye la imagen del foráneo, del Otro. No pienso extender una reflexión política, sino solo tratar de comprender ciertos fenómenos estéticos vinculados a la representación. Cuando se trata de introducir personajes gaikokujin, incluso aquellos de nacionalidades vecinas (chinos, coreanos), muchos manga, anime y productos afines buscan con urgencia remarcar semióticamente la diferencia, el status de extranjería frente al standard de normalidad (el semejante, el nipón). Podría atribuirse esta tendencia al concepto de nación que predomina entre algunos japoneses, y que identifica la nacionalidad y la etnicidad. Aunque es enojoso (e incluso lo consideraría incorrecto) discurrir en categorías raciales, quienes hayan conocido (o visto por fotos) a personas procedentes de Tailandia (en concreto, alguien proveniente de la etnia thai), observarán que sus rasgos físicos los asemejan tanto a los pueblos de raza mongoloide como a las naciones de raza malaya, “achinados pero más oscuritos”. En consecuencia, aunque una tailandesa típica guarde similitudes físicas con la imagen preconcebida del “nosotros”, debe representarse en la ficción como un Otro. El caso de Meo podría entenderse como una moeficación de estas ideas, una faceta amable y dulcificada del mismo razonamiento que, llevado al extremo contrario, puede derivar en discriminación. Tenemos, entonces, un arquetipo del objeto del deseo para la imaginería del anime (la bishoujo) que coincide con estereotipos étnicos que serán transmutados en características atractivas, divertidas o enternecedoras, pues Meo, mejor que ningún otro personaje femenino en la serie, ha logrado reunir esos tres puntales del moe-ness. En principio, el color de piel, la forma de los ojos y el cabello producen un contraste notorio con el resto de chicas. El saludo en thai y la camiseta con escritura tailandesa se suman al conjunto de elementos superficiales que definen al significante como imagen de sujeto extranjero. Sin embargo, la mera apariencia es apenas la punta del iceberg. El comportamiento de Meo revela el sentido detrás de estas fórmulas de representación. La muchacha es retratada como inocente y amorosa, pero también sensual, una especie de campesina o chica rústica, muy calurosa (pues anda siempre en polo ombliguero y shorts de jean), por ende, muy sexy, a quien le molesta poco ser sorprendida en toalla (compárese con la pudorosa Ayaka). Transita un territorio ambiguo entre la niñez (adora a su padre) y la adolescencia. Si Meo fuese colombiana o cubana, tampoco nos sorprendería: al parecer, la imagen del trópico, de la selva agreste, de la tierra caliente suele vincularse con la sensualidad, planteando una analogía entre clima, geografía y personalidad. Meo sería una personificación de la imagen predefinida que Japón proyecta sobre Tailandia: calor, exuberancia, una pureza casi salvaje, desproporcionada y, por ello, instintiva y emocional. Antes que acercarse al modelo de bárbaro, parece asimilarse al bon sauvage (buen salvaje) a quien debe protegerse. En efecto, Meo es huérfana de madre, y lleva en una bolsa una cantidad exorbitante de dinero que escapa de su control. Cuando Narumi intenta -erróneamente- “hacerla razonar” e inducirla al pesimismo, la tailandesa responde reafirmando su confianza ciega en papá.

En clara oposición sígnica se encuentra Alice, que continúa enunciando con orgullo su identidad NEET. La escena inicial, donde se cierra el trato, describe a la perfección cómo se contraponen ambos personajes: Meo intenta tocar a la detective para comprobar si es humana o una muñeca. Alice se defiende con un gesto infantil, pero mediante su discurso racionaliza su enfado: las mujeres y los niños siempre intentan acariciarla. Meo se deja llevar por la fascinación y su curiosidad, mientras que Alice no expone sus sentimientos o emociones, mantiene la serenidad y reprende con severidad discursiva a quien intentó acercarse demasiado. Ese aspecto también llama la atención: incluso entre mujeres, la cercanía física entre desconocidos en Japón está tácitamente “normada”, por tanto, la extranjera es también informal y subversiva respecto de los usos sociales cotidianos, tanto que invade de forma algo intempestiva el espacio personal de Alice. Cuando la pequeña, en cambio, se define sin mayor sofoco, como NEET, asume un tipo de identidad social exclusivo de la cultura japonesa, imposible de hallar en otras sociedades con idéntica configuración. NEET no equivale a “parado”, ni “vago”, pues el desempleado busca trabajo y el vago, perezoso o parásito convierte la indolencia en forma de vida. En cambio, el NEET es inútil, pero no necesariamente ocioso o desapasionado. Su inutilidad es determinada por los criterios que impone arbitrariamente su comunidad para diferenciar los actos productivos y establecer una jerarquía de la actividad humana sobre principios económicos. Alice se rebela contra estos condicionamientos, pero no renuncia a actuar sobre la Realidad para modificarla. No holgazanea, por el contrario, se consagra con devoción al trabajo transformando ese oficio en su espacio vital. Antes habíamos olvidado discutir cómo los diseñadores de J.C. Staff habían construido el escenario, o mejor dicho, el ecosistema de la detective: un cuarto estrecho y oscuro repleto de pantallas y aparatos similares a CPUs cuya utilidad no percibimos, pero intuimos que funcionan por aquellas lucecitas que delatan su actividad. Las tres pantallas centrales siempre están encendidas por necesidades narrativas: iluminan a Alice en medio de la oscuridad y configuran una especie de altar tecnológico, en tono burlesco porque, si bien rodean a nuestra heroína de cierta aura divina, también recaen sobre una cama destendida, el playground de una niña engreída acompañada de una congregación de muñecos. Aunque la imagen del genio encerrado en el caos no fuese privativa del anime, es frecuente el tópico del enclaustramiento como indicador de reclusión social frente a un poder desproporcionado y monstruoso que se prefiere mantener aislado y neutralizado. La analogía con Victorique es automática, pero también con Koromo Amae, de -Saki-, pues todas están rodeadas de una simbología infantil que adquiere tintes míticos. Alice reitera este esquema, pero también lo trastoca, pues además de retirarse al encierro voluntariamente, lo incorpora a su discurso como seña de identidad, como factor de diferenciación, como garantía de eficiencia. Puede considerarse triste que cualquier puberta de doce o trece años renuncie a su desarrollo en sociedad, se aparte del vulgo y viva con tamaño descuido, despeinada, sin bañarse y adicta al Dr. Pepper. Sin embargo, jamás sugeriría que ningún personaje de ficción sea ejemplo para la niñez, sino un reflejo de mis preocupaciones como ser humano y Alice es una gloriosa rebelde, imperturbable cuando ejerce su papel de razonadora, pero nada unidimensional, nada encasillada: también posee un lado vulnerable, la manera como el anime baja al llano al héroe para impedir elevarlo a la divinidad. A pesar del ingenio, el puer senex es antes que intelectual, un niño.

Aunque no creo que Alice haga apología del NEET concibiendo esa condición como defectuosa (es decir, regodeándose sobre lo incorrecto, la inmoralidad o la inhumanidad), pues intenta reivindicar una opción alternativa aseverando la dignidad de su oficio como actividad benéfica y justiciera, sí coincido, en cambio, con Konopikyu, cuando, comentando otra reseña se preguntaba cuán bueno sería enaltecer un defecto. Como ella indica, nos internaríamos en los terrenos pantanosos de un debate moral, pero ninguna discusión es ociosa si aporta a la reflexión. Yo comparto la misma duda que nuestra colaboradora, aunque no sobre el discurso de Alice que me suena irreprochable, sino sobre la imagen humorística y amable que traza respecto de la yakuza. No sería el primer retrato humanizado del mafioso que provee la ficción popular (que sería la historia del cine sin The Godfather), además, suele extenderse entre los moralistas la idea errónea de que existen principios abstractos y universales del Mal que se encarnan en personas específicas, pero nunca se señalan los desequilibrios del sistema que generan la delincuencia, el crimen, la corrupción y cómo esta se enraíza hasta confundirse con otras instituciones tradicionales, como la familia o la relación maestro-alumno. “No es personal, son negocios” es quizá la frase que mejor describe al mafioso hollywoodense porque mientras el sujeto puede ser implacable cuando se trata de mantener o ampliar su poder, en casa o entre amigos puede comportarse como cualquier mortal, incluso con ternura y valores. Sin embargo, los vínculos, alianzas, padrinazgos o formas de vasallaje en base a intercambio de favores suelen sobreponerse al mero business: se forja una relación de confianza que no puede traicionarse. Es una manera de ejercer el poder, pero familiarizada. Narumi ingresa de contrabando a ese entorno peligroso y confronta con valor al Cuarto, ganándose su respeto. Se trata de un líder barrial de poca influencia, ningún peso pesado, sus esbirros son matones idiotas que surfean por páginas porno norteamericanas, pero le ofrece protección en casos de urgencia y colabora con Alice porque le guarda respeto. El Cuarto intenta alejar al colegial de este submundo y termina apadrinándolo, concediéndole su confianza: apoya al héroe, pero su actividad, además de ilegal, no deja de lindar la sordidez. Si existe una versión amable y risueña del yakuza (como el pelado que cuenta pésimos chistes), también hay otra, maléfica, truculenta, que ocupa el lugar del villano. Suena contradictorio, pero depende de quién observa (en nuestro caso, Narumi): la única ley de la calle es sobrevivir.

2 comentarios

  1. El Mal no es un concepto, es un nombre para lo aterrador, lo incomprensible, lo oscuro que hay en el mundo,por más que intentemos explicarlo somos incapaces de comprenderlo, ante esta condición reina el silencio… Creo que una de las preguntas filosóficas que tienden a surgir en las series policiales o detectivescas (a las cuales soy aficionado), siempre rozan con este problema del desorden total que existe en la sociedad. Aun cuando el criminal, en la novela negra o en el cine hollywoodense, adquiera las características de un héroe, su actividad se convierte en una especie de acción de resistencia frente a las normativas sociales, el trae su justicia o establece una justicia popular ajena a las leyes impuestas por un Estado considerado corrupto o impopular. Pensemos en el bandido mejicano o en Robin Hood como otras tantas representaciones de un criminal que maneja, bajo sus propias iniciativas, el conjunto de las relaciones sociales consideradas decadentes y en el que el se inserta como un rebelde. Siempre me han gustado los detectives que tienen un aspecto humano muy marcado, hasta el momento, Alice, cayendo por el agujero que la conduce al país de las maravillas, siento que sufre por el hecho de encontrarse en un mundo lleno de defectos y sólo encuentra consuelo en la búsqueda metafísica de las palabras divinas…

    4 agosto 2011 en 11:41

  2. Donde descargo este cap hasta donde ya busqué todo esta mal como k suprimieron este capítulo o recortaron escenas en todos lados xs

    20 julio 2014 en 09:36

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