Tu pasaporte en español para disfrutar de un fuwa fuwa time intelectual

Kami-sama no Memo-chou 1 (Parte II): La metodología del detective

Dominación femenina

Aunque ando retrasado con esta serie, prefiero avanzar al ritmo que merece. Si antes pasábamos revista a la estructura de personajes, ahora abordaremos sus modus operandi en relación al argumento general de la serie, en concreto, la tipología o subgénero al cual se adscribe. En concreto, al relato detectivesco. Este tipo de narrativa se caracteriza por celebrar las capacidades de raciocinio del héroe, su talento para deducir una respuesta a partir de huellas o rastros que permitan reconstruir un hecho pasado (el crimen) y actuar sobre el presente (hallar al culpable). En consecuencia, se suele asumir por adelantado varias premisas. Primero, que predomina el trabajo mental antes que el físico: se teje una épica del razonamiento científico, del intelectual, del observador agudo. Segundo, que su hazaña consiste en organizar los datos en una narrativa coherente, un relato verosímil que otorgue sentido a las pistas. Tercero, la justicia como aspiración, aún cuando los muertos no recobren la vida y aunque la heroína opere a espaldas de la policía.

Incluso si fuera imposible recuperar a esas personas queridas, resolver su enigmática desaparición debe poseer un significado, un peso sentimental para los afectados. La noción estatal de justicia es insuficiente, pues estas instituciones solo se encargan de mantener el orden público, aplicar las sanciones correspondientes y dispensar las indemnizaciones y reparaciones que cada situación amerita. Se encarga de trámites necesarios, de castigar privando de su libertad a los elementos nocivos y debido al apego estricto a sus estructuras y mecanismos legales, ataca las generalidades más superficiales del problema. Sería desproporcionado exigirle al Estado que proporcione también justicia poética, pero el inspector privado, el detective bajo las sombras suele encargarse mejor de confrontar psicológicamente a los implicados, sean víctimas o criminales. Aunque la institucionalidad sea ineficiente y continúen existiendo corruptos, asesinos y estafadores, el triunfo sobre alguna forma de caos moral es merecida recompensa para quienes dedican su vida a rastrear en el submundo. Hemos matizado esta tercera característica, pero también las anteriores dos requieren especificarse respecto del patrón que adopta Alice para efectuar su labor de investigación. En efecto, su facultad heroica es cerebral, lógica, intelectiva. Sin embargo, Alice no se restringe a recoger los indicios y llenar vacíos con hipótesis, sino que elabora estrategias para salir a buscar los fragmentos restantes de esa historia. Los métodos que emplea difieren del detective tradicional, pues hasta el momento del puntillazo final, no abandona su cubículo, desde donde controla distintos puntos del barrio gracias al sistema de cámaras que instala Shousa, su colaborador otaku militar. Para la obtención de información en los bajos fondos cuenta con Tetsuo y Hiroaki, quienes también le sirven para realizar ejercicios de rastreo y, obviamente, las labores “musculares”. La agencia es un organismo vivo gobernado por el encéfalo que representa Alice, aunque esta división del trabajo sea apenas la diferencia más superficial en comparación con otros inspectores de ficción. Nuestra lolitesca heroína basa su eficiencia en el manejo de la información y el cruce de datos, los cual obtiene apelando a herramientas informáticas, incluso al hackeo y la interceptación telefónica. Su asombrosa habilidad con las computadoras, fruto de su orgulloso encierro, le otorga la ventaja de procesar, ordenar y sistematizar los datos facilitando el diseño, la planificación de operaciones concretas, sobre la calle, buscando confrontar al delincuente o apresarlo. Como la mayoría de héroes detectivescos, sus proezas no pueden limitarse a reconstruir una interpretación del pasado, sino transformar el presente frenando la actividad delictiva.

Hasta aquí, todo luce congruente: Alice trabaja bajo estos lineamientos. Sin embargo, el primer caso que conocemos (a través de Narumi, que funge de bisagra entre nosotros, los aburridos y rutinarios clasemedieros, y ese entorno extravagante, peligroso, marginal) posee ciertas particularidades. En principio, la vinculación entre relato de detectives y épica suele derivar en la adopción de cierto dualismo moral o legal que opone a héroes y villanos de manera que el primero represente el principio de justicia y el segundo, las fuerzas del caos. La clásica historia de detectives se sostiene sobre la noción de culpa: alguien es responsable, autor mediato o inmediato de determinado crimen y para hacerlo pagar sus cuentas, se necesita identificarlo. La obsesión del investigador es el perfil y nombre del criminal. No obstante, este patrón épico funciona únicamente mientras se proclame, con ingenuidad, una división absoluta entre Bien y Mal, entre benefactores y malhechores, y mientras se insista en individualizar la culpa. Respecto del maniqueísmo, queda descartado desde que la heroína afirma su excepcionalidad y trabaja a espaldas de la autoridad y en colaboración con la yakuza. En lugar de recurrir al policía de turno, muchos clientes prefieren acudir donde los detectives privados -incluida nuestra “NEET detective”-  porque sus intereses son incompatibles con la legalidad. Vale recalcar el carácter de tópico literario detrás de este argumento, pero permite deducir que detrás de la existencia de sujetos como Alice y su banda, debe existir por necesidad una insatisfacción en el sistema legal, pero también nociones alternativas de justicia contrarias al ordenamiento judicial del Estado que necesitan de referentes que garanticen seguridad y satisfacción. No puede aplicarse juicios morales, entonces, sin antes conocer los parámetros de justicia que emplean los implicados. En cuanto a personalizar la culpa, esta suposición sería válida siempre que hubiese seguridad que alguien incurrió con alevosía y motivado por su propia voluntad de dañar a otro. No obstante, esta percepción del crimen implica contemplar al criminal desde afuera, deshumanizándolo y negando toda responsabilidad del sistema y la sociedad que incuban las condiciones para convertir a un sujeto en delincuente. Devolverle su sensibilidad al infractor no significa dignificar ni disculpar sus actos, sino admitir que, en cuanto seres humanos, sus pasiones también nos atañen.

Comentando la reseña pasada, nuestro colaborador Benjammmmin apuntaba que la personalidad de Narumi (al menos durante el primer episodio) lo había dejado inconforme y argumentaba que “se está llevando al extremo el mismo cliché de siempre en cuanto al protagónico masculino. Todos son un calco de Kyon, o digamos que Kyon fue el primero de tantos, al grado que este Narumi para mí es un remedo de personaje. Su actuar es tan inverosímil, que si dejara de aparecer en escena, no lo echaría de menos” y acierta al criticarlo, pues aunque nos caiga simpático, Narumi reitera un arquetipo: el adolescente común y corriente en quien recae, de pronto, una función heroica; el urbícola sin cualidades ni atributos notables que pretende, mediante un discurso irónico, ensalzar su propia simplicidad. Sin embargo, aunque intente presentarse como un desencantado, un pesimista posero; en realidad, defiende con firmeza unos valores idealistas. No significa que el resto carezca de buena voluntad, o sean crueles o egoístas interesados, sino que actúan guiados por otros principios, con mayor pragmatismo. Estos muchachos son NEETs, gente que abandonó o postergó sus estudios, sin trabajo, sin rentas, sin otra ocupación pendiente que su propia supervivencia. En lugar del típico mantenido, se parecen al desempleado, al parado, al miloficios que debe buscárselas a diario, ganarse los frejoles en un ambiente hostil. Conocen la calle y esta experiencia los torna desconfiados, llevándolos a incurrir en prejuicio crítico, por ejemplo, suponer que todas las personas obran de manera maliciosa. La insistencia de Narumi los persuade de reconsiderar las fragilidades humanas, los sentimientos, la posibilidad del diálogo. Resulta ingenuo mencionarle esta retahíla de buenas intenciones a truhanes que juegan al poker con mafiosos, a playboys insensibles o fanáticos del armamento bélico, pero una chica enclaustrada por libre decisión, que eligió renunciar al mundo por miedo u asco, puede comprender mejor los motivos de quien emprende un acto ilícito: en ambos casos, se reacciona contra una Realidad insatisfactoria. Desde luego, el delincuente atenta contra su comunidad, genera conflicto y desecra la paz de sus vecinos, pero el delito es fruto de un sistema de valores desbocado, desrumbado, que aliena a las personas sofocando su individualidad. Si hubiera que hallar un culpable en el caso de Mika Kimura, la atractiva upperclassman del colegio de Narumi, el Estado la encontraría responsable junto a Satoshi Teraoka,  por incitar y practicar la prostitución de menores. Pero esa justicia imperfecta jamás determinará quienes fueron los verdaderos culpables del fatídico suicidio de Shouko, la adorada senpai de Kimura: fueron sus padres, maestros, compañeros, el propio sistema educativo, la sociedad al transmitir ideales hueros y reproducirlos a través de sus medios, quienes la condenaron de antemano a perder su identidad y adoptar las máscaras que imponía el mundo. Fueron ellos quienes la empujaron en su desequilibrio a autodestruirse para sentirse viva fuera del infierno despersonalizador.

Alice, como muchos detectives de anime, intenta también brindar un servicio menos criminalístico. Cuando la situación lo reclama, asume una función psicoterapéutica que me recordaba los métodos de Keima Katsuragi (guardando las distancias entre comedia romántica y drama de acción y misterio): confrontar al malhechor, aunque, este ocasión, debido a la complejidad del caso, quien es interpelada develando la verdad es tanto víctima como culpable y necesita encarar esa doble condición, ponerle término y coto a su búsqueda ilusa, su evasiva venganza. Kimura-senpai estaba enceguecida por sus deseos frustrados, era incapaz de contemplar a Shouko por debajo del falso oropel, la falaz perfección. También Maki intentó encajonarla en sus esquemas de sublimidad, tanto como fuente admiración y como objeto de aspiración lésbica. Shouko representaba para su kouhai un dechado de pureza, finura, excelencia. Pero jamás se enamoró de la persona (pues ignoraba sus circunstancias), sino del ideal de femineidad que había construido alrededor de ella. Shouko era consciente del estima de Maki, pues eran grandes amigas a pesar del distanciamiento implícito que deriva de idolatrar a alguien: ser ejemplo o referente para otros es una tarea pesada, indeseable e ingrata. Aunque no resta lo espeluznante del suicidio, se comprende que, apremiada por los condicionamientos sociales, Shouko optara por explorar el camino de la disolución. El amor egoísta de Maki nunca ayudaría a salvarla: ese amor embustero no sale al encuentro del otro, solamente lo disfraza con estereotipos, lo idealiza hasta desnaturalizarlo. Bienvenidos a la selva de cemento, señores, donde querer mata y donde la muerte es un asunto de estadística. La ambición de Alice por acceder al bloc de notas de Dios y devolverle el habla a los muertos no transformará su país, ni siquiera su ciudad, pues no aplica a escala global, sino en porcentajes microscópicos, sobre los individuos: esa pequeñísima fracción será prueba de haberle restado sufrimiento al mundo, aunque fuera en un granito de arena.

Una respuesta

  1. Benjammmin

    Qué curioso que nadie comentara antes tu reseña. La serie se lo merece. También en mi caso por razones de tiempo hasta ahora no he podido ponerme al día con KamiMemo (creo que ya va por el 4…), pero la estoy guardando para cuando las reseñes.
    La vez anterior me guardé algunos comentarios adicionales (y criticones tambien) sobre la meitantei de esta serie. Toda la serie en conjunto tiene solidez en cuanto a su propuesta, y definitivamente la voy a ver de principio a fin. Pero, al igual que con Narumi, la personalidad de Alice tampoco me cuadra mucho. En los momentos en los que defiende su postura NEET y da sus discursos con razonamientos de peso, simplemente causa admiración; pero si en la siguiente escena la van a reducir a una mocosa más que voluble y explotando los consabidos clichés, pierde todo su encanto. La escena del oso fue cómica, y propició conocer a la mafia, pero la escena final fue el colmo de la estupidez. Era como menospreciar al espectador y decirle: “bueno, ya sabemos qué es lo que quieres ver cuando ves anime, así que te regalamos fanservice sin sentido”.
    La verdad, no espero que la cosa con Narumi y Alice vaya a cambiar, si ya se plantearon las reglas desde el primer episodio, pero a mi parecer prescidir de esas cosas habría elevado el nivel de esta producción.

    29 julio 2011 en 17:37

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s