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YuruYuri 1: Girls just wanna have fun

Odio quiero más que indiferencia

Cuatro amigas se reúnen a diario en el salón del club (según su título oficial: ” de Entretenimiento”) para charlar, bromear, holgazanear y no dedicarse a oficio más provechoso que beber té o debatir estrategias para que la protagonista sea menos imperceptible en su propia serie. La fórmula suena familiar en sus premisas iniciales (desde Azumanga Daioh! hasta K-ON!, pasando por Hidamari Sketch, si deseamos rastrear una genealogía del slice-of-life de “chicas lindas haciendo cosas divertidas”), sin embargo, pocos minutos bastan para identificar el factor que YuruYuri baraja para diferenciarse de sus predecesoras: el empleo, sin ambages ni disimulos, del subtexto homoerótico femenino como fuente de comicidad. Cuando se aplica al registro humorístico, la fórmula lésbica está despojada del carácter angustioso o sublimado del yuri dramático y tras despojársele de su conflictividad y seriedad, se vuelve un motivo carnavalesco, una actitud pícara que coquetea entre los borrosos linderos de la “joda” y la perversidad real.

YuruYuri no fundamenta su gracia únicamente en las mañoserías y sinvergüencerías de Kyouko Toshino, pero carecería de identidad distintiva si no pretendiera aproximar el slice-of-life a esta forma de ecchi femenino dirigido al disfrute del público masculino. Volvamos por un instante a nuestras definiciones teóricas: esta ocasión, prefiero calificar los acontecimientos del capítulo como manifestaciones de homoerotismo burlesco antes que designarlas bajo el rubro de homoafectividad. Este último cuadraría mejor con otras series del género donde los afectos son sugestivos, se preservan dentro de una estricta y conveniente ambigüedad y nunca son lascivos o impúdicos. Habría que distinguir también la dimensión homosocial, es decir, la constitución de un espacio de convivencia íntimo restringido a personajes de un mismo sexo, donde se forjan y reproducen círculos de interés o relaciones amicales en torno a ciertos valores, ideología, aspiraciones, etcétera. La indiscreción y desvergüenza de Kyouko no conocen rodeos ni eufemismos: recurre al glomp intempestivo, al tocamiento directo e incluso no tiene empacho en exhibir su modelo de calzones. La recién llegada Chinatsu le provoca caudalosas efusiones nasales que Kyouko deja fluir sin empacho como mandan los cánones del sátiro más truculento. A-Channel, por citar un ejemplo reciente, también giraba alrededor de un cuarteto de amigas que compartían sus alegrías y desventuras cotidianas en una atmósfera cómica y enternecedora. Sin embargo, aunque circulaban guiños homoafectivos (los celos, el apego), pertenecen por completo al campo emotivo, sentimental. No tienen origen ni intencionalidad erótica. Si cabe la posibilidad de atracción amorosa, como en Hidamari Sketch, nunca se abandona lo tácito, dejando en manos del espectador determinar la realidad a partir de la insinuación. En YuruYuri, funciona a la inversa: la pureza no tiene cabida, la emotividad es objeto de broma, los sentimientos no son sublimes ni serios y terminan siendo sustituidos por afinidades más “carnales” y sexualizadas. No puede sostenerse lo ambiguo, pues la carcajada maliciosa y picaresca exige cierto grado de crudeza y exhibición. Kyouko representa esta perspectiva, aunque también Chinatsu subvierte otra forma de yuri. La pelirrosada asume, a través de las anteojeras del discurso estereotipado del yuri de influencia shoujo que Yui Funami es una especie de heroína tachi, una mujer-caballero, impresión que coincide con su imagen de gentil tomboy.

En efecto, se somete a parodia un tópico harto relamido, pero también se caricaturiza cómo tanto Kyouko como Chinatsu, a pesar de cuán distintas parezcan, adoptan sus modelos para interpretar su mundo de ciertas formas de ficción y cómo estas condicionan sus deseos. Mientras una busca colmar su fantasía moe procedente del mahou shoujo lolitesco, la otra encuentra un equivalente de aquellas masculinas oujo-samas u onee-samas que encienden la pasión de las delicadas neko. Se comprueba, entonces, que YuruYuri no pretende valerse del yuri romántico, sino del payasesco, ocurrente, picante, donde incluso las propensiones lésbicas exigen ser tomadas en chiste. El tema no es determinar si Kyouko tiene comportamientos homoeróticos veraces, sino reírse de su ejecución, pues la serie propone como espectáculo el holgazaneo, el tonteo, la pérdida de tiempo sin productividad. Pero, como indicáramos líneas arriba, la situación es privada de conflictividad emotividad. La sexualidad de Kyouko no causaría repulsión entre sus compañeras: el motivo de molestia es su mañosería. Por tanto, el asunto del homoerotismo se adapta a las fórmulas de la comedia slapstick, del boke y tsukkomi, donde alguien dice o comete una soberana idiotez y otro se encarga de castigarla a golpes. Y aunque la rubia resulte chinchosa hasta los niveles del stalker, cada secuencia del episodio implica un reseteo moral porque nunca recibe otra sanción que la física, pues apartarla del grupo sería otorgarle a su comportamiento una gravedad que no posee. Muchos de nosotros nos habremos preguntado infinitud de veces por qué ciertos personajes, desde íconos clásicos como el maestro Happosai (el típico viejo verde) hasta Kuroko Shirai, cuya conducta se juzga reprobable, tanto por nosotros en la vida real, como por los personajes de sus propias series, suelen ser perdonados y (re)integrados casi de inmediato al grupo de amigos como si nada hubiera ocurrido. El anime ha fundado un tópico alrededor del tema. La explicación inmediata sería que refuerza la noción de amistad inquebrantable: los mejores amigos pueden tener cientos de defectos, pero nunca te traicionarán y siempre estarán de tu parte. Pero una interpretación más interesante es considerar que operan parámetros distintos en la ficción, pues la comedia impone sus leyes. La perversidad, en series como YuruYuri, no connota maldad, aunque tampoco sea inocente. Se trata de travesuras frívolas y efímeras, cuyas repercusiones duran apenas unos minutos. Dentro de esta lógica que denomino carnavalesca, ser pervertido es asunto de “joda” e incluso una celebración de vitalidad. Kyouko es el personaje más lleno de hiperactividad y joie de vivre del cuarteto. Salta, habla barbaridades, su imaginación es torrencial y funge de lideresa por defecto.

Que estas series sean protagonizadas por jovencitas, estudiantes de secundaria o preparatoria, también influye sobre nuestra percepción, pues desde una perspectiva patriarcal, el trasfondo lésbico o homoerótico femenino suele juzgarse inofensivo. Mientras sean chicas lindas, no importa su grado de transgresión, pues aunque chicas como Kyouko sean poco ingenuas -y suene contradictorio-, esa perversión erótica es compensada por su ternura, o quizá parte de su encanto radique justamente en su carácter caricaturesco, desproporcionado, hiperbólico, como si esa fuerza y esa curiosidad que deriva en las mañosadas fuera interpretada como una forma de pureza instintiva, como pulsiones incontrolables e irracionales, y por tanto, no podría sancionárselas en sentido moral, sino que, asociada a otro tipo de pureza, sugerida por la estética de los arquetipos moe, es decir, la frescura inherente a la adolescencia. En otras palabras, las chicas solo quieren divertirse: si existiera una trama progresiva que organizase los acontecimientos teleológicamente (dirigiéndolos hacia un fin), entonces sus actos tendrían secuelas duraderas y serias. Pero cuando se carece de plot y el relato enhebra viñetas que describen ciertos avatares excepcionales dentro de un marco cotidiano, el nivel micro predomina sobre el macro. Los motivos porque una chica lujuriosa pueda parecernos también enternecedora son todavía un misterio, pero antes que descifrarlos, bastante hemos extraído describiendo el fenómeno pues ello implica que evitemos mezclar nuestros criterios iRL con las reglas inherente a ciertos tópicos de la ficción. La tríada Chinatsu-Yui-Kyouko es una nueva actualización del clásico tridente humorístico entre la perseguidora, la víctima y la tercera arista que interviene como protectora y que reestablece una forma de equilibrio. Salvando las distancias, sería similar a la dinámica del gato, el ratón y el perro de algunos cartoons occidentales. La gran diferencia sería respecto de la justicia poética: aunque muchos fans suelen identificarse con las perseguidas, la acosadora goza de mayor popularidad gracias a su desparpajo y desbordante simpatía. Será porque están casi locas de remate y acostumbran salirse de la norma o porque toman la iniciativa, quebrando la imagen de pasividad asociada al ideal de mujer tradicional. Tratándose de chiquillas cuya principal actividad es reunirse a cultivar la ociosidad, se requiere de figuras caudillescas que incentiven a la acción aunque sea intempestiva, que irrumpan con intervenciones randomísticas, que despabilen al resto con veleidades absurdas pero explosivas. Sin Kyouko, Chinatsu y Yui no tendrían otra rutina distinta a sentarse para reproducir por enésima vez la ceremonia del té. Los mejores momentos de YuruYuri le pertenecen a la rubia que gana cancha desde el primer instante, aunque incluso a ella le parece sórdido la catedral al deseo incestuoso que construyó la hermana de Akari en su habitación.

Aunque sorprenda, recién hemos mencionado el nombre de la protagonista casi al terminar la reseña. Akari Akaza cumple las características básicas adjuntas al rol que debería desempeñar: es dojikko, infantil, sin talentos excepcionales, escasa de sesos y poco notable. Sin embargo, YuruYuri toma nota explícita de este último tópico y lo tematiza: desde que aparece Chinatsu, la atención se desplaza, adquiere otro centro de gravedad, y como Akari no participa del triángulo conflictivo de desencuentro homoerótico, es rezagada al segundo plano desde el primer episodio. Cuando creíamos que los guionistas habían cometido un desliz gravísimo, le aplican una vuelta de tuerca metatextual que merece un aplauso: en principio, porque los personajes toman conciencia de su naturaleza de seres ficticios que aparecen en un programa de televisión e incluso identifican una jerarquía (aunque las cuatro compongan el elenco principal, siempre existe una figura preponderante). El problema se vincula justamente con el funcionamiento de esa estructura porque la supuesta número uno del cuarteto no destaca mucho ni bien. En segundo lugar, habiendo ponderado su condición ficticia, los personajes intentan revertir la situación de Akari asumiendo una función que le correspondería al autor, es decir, rebelándose contra sus designios u orientaciones. Cuando el grupo entra en sesión para discutir soluciones y quizá relanzar a Akari, las chicas intentan reescribir su historia tratando de romper la separación, el efecto de cuarta pared que debería aislar al mundo del relato, ficcional, del mundo donde vive el público, real. Sin dudas, ello deviene en una parodia acerca de cómo componer un anime, porque Akari no es evaluada por sus compañeras como persona, sino como heroína frente a las expectativas de la audiencia. Entonces, Kyouko enhebra un argumento disparatado que mezcla ideas trilladas procedentes de distintos géneros de acción, es decir, inserta una serie dentro de otra, burlándose en cierta manera de la pretensión de originalidad de cualquier historia “con plot”. No obstante, toda humorada metatextual acarrea una crítica hacia el oficio de crear ficciones concibiéndolas como universos autónomos. El fracaso de Akari como chica de portada es reformulado como recurso humorístico al traerlo al frente y comentarlo, salvándose del posible cargamontón y convirtiéndolo en una excusa metatextual que justifica el empleo de arquetipos. Pero también es una broma de directores y guionistas hacia ellos mismos. La aspiración por rediseñar la personalidad de Akari implica revisar el planteamiento inicial de los autores y desconocer su autoridad, pero -paradójicamente- los personajes solo actuarían así porque un autor se los ordena.

No mentiría al afirmar que este episodio debut de YuruYuri, además de entretenerme, enganchó con algunas temáticas que me interesa discutir a nivel de análisis, por tanto, será un placer culposo o una culpa placentera continuar reseñándola.

5 comentarios

  1. Batou

    Puede esta muy buena y no lo dijo por su lado YURI jijijijijijijijijijijjijijijiji

    Bueno enserio vemos que pasa en los siguientes capitulos

    17 julio 2011 en 12:34

  2. Un detalle es que en el manga Akari tenia un hermano lolicon, pero posteriormente se cambio por una hermana mayor, lo que implicaria un error feo de escritura, tambien, Yuruyuri es una obra de una de las pocas revistas dedicadas totalmente al yuri, Yuri Hime, por lo que mencionar un hermano incestuoso es practicamente inaceptable por que el publico consumir quiere yuri directo a diestra y siniestra, sin sombra de dudas. Por otro lado, en /u/ se queja que la serie no tiene afecto real lo que se considera entonces un producto mas ordinario comparado a otras obras donde hay ambiguedad pero permiten ver sentimientos afectivos, mientras aqui no, solo gags comicos pero al fin resulta mejor que nada aunque se desearia que dedicaron tiempo a love comedy.

    17 julio 2011 en 14:31

  3. davidvfx

    Agradeble propuesta de YuruYuri, y la estoy recomendo a los conocidos temerosos de estos temas ya que si no les entra por el drama tal veslo entiendan mejor por la comedia… Divertida y Agradable, interesante ver a Yui-sempai en un papel parecido al de mugi pero a extremos ridciulos 😀

    18 julio 2011 en 14:53

  4. rolo2k

    Estoy de acuerdo, me parece una propuesta muy interesante, en especial por el manejo que se le dará a Akari, la protagonsta que paradójicamente se plantea como secundaria.
    Un muy buen punto de partida, estaré a la espera de más de esta serie.

    22 julio 2011 en 19:42

  5. sofia

    es buena, pero no es como tu dices, no esta dirigida solo al publico masculino, sino tambien al femenino

    7 mayo 2012 en 18:30

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