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Denpa Onna to Seishun Otoko 11: Todos somos espers

No vale rendirse

Comprendo que, debido a mis demoras, la mayoría de lectores ya revisó, hace varios días, estos últimos dos episodios de Denpa Onna que fueron emitidos en paquete para cerrar la temporada. No tiene sentido que especule ni evite revelar spoilers, pues la circunstancia obliga a trabajar las reseñas en perspectiva global, es decir, teniendo en consideración el desenlace del arco.

Porque, en efecto, estos capítulos finales no tuvieron un carácter conclusivo, pues no todas las líneas narrativas de la serie convergían en su momento culminante. Aunque existe una progresión que inicia cuando Makoto conoce a Erio, Denpa Onna to Seishun Otoko guarda similitudes estructurales con Bakemonogatari, ¿por coincidencia?, otra serie de SHAFT importada al anime desde las canteras literarias de la light novel: focos narrativos relacionados pero independientes que cuando son adaptados a la pantalla forman arcos dedicados a cierto personaje. Por tanto, aunque la habilidad del autor permite trazar una ruta de evolución en la identidad de los personajes (en especial, Makoto), cada microrelato se evalúa primero por separado y luego se juzga su aporte sobre la historia en sentido amplio (en este caso, todavía en suspenso).

Antes de proyectarnos al análisis serio, interrumpo con una trivialidad. Pertenezco a la generación del Super Nintendo, para precisarlo mejor, los niños de entre 7-12 años que jugaron también al NES y quizá al Atari, pero cuya gran consola de infancia sería justamente aquella del Mario World, Street Fighter, Super Soccer, Mortal Kombat, solo por nombrar algunos clásicos imprescindibles de inmediata recordación. Incluso quienes no fuimos muy jugones y todavía somos torpes con los videojuegos, sentimos una nostalgia tremenda cuando presenciamos esa secuencia que imitaba al Super Mario Kart, tan simple y elemental que bastaba un poquitín de práctica para dominarlo (y quizá gracias a esa flexibilidad seguimos rememorándolo con tamaña gratitud). Por entonces, la tecnología arribaba con excesivo retraso a Latinoamérica: en Japón, el SNES sería, con algunos años de diferencia, un artículo más vintage, más classic, restringido a los connaiseurs exquisitos que gozan rumiando su añoranza. Sin embargo, aunque no sorprende en Maekawa, igual causa asombro porque sean dos adolescentes quienes protagonicen esta escena propia de treintañeros melancólicos. En parte subraya el carácter extraño, pero entrañable de la chica cosplayer, una verdadera caja de sorpresas que revela sus extravagancias con soltura, calma y madurez. Fuera del detalle retro, el diálogo y los gestos construyen una escena memorable que además de trazar con exactitud y retratar a los personajes en la amplitud de sus virtudes y defectos, le sirve a Maekawa para tentar una metáfora que terminará volcándosele encima, pues ella tampoco está exenta de su riguroso comentario. Sobre la superficie, pareciera que discuten sobre un inocente juego de video, pero la larguirucha en realidad pretende instigar a Makoto criticándole su propensión a rendirse por adelantado en aspectos menos triviales de la vida, el tema recurrente de la serie. Ahora recordamos la conversación de Meme advirtiéndole a Mako-kun sobre su peligrosa proximidad con Erio: su arribo a esta ciudad le cambia la vida, pero de manera distinta a como planeaba, pues por distintos flancos se encuentra con personajes que actúan en función a sus sueños, ideales y voluntad. A Maekawa le sobra perspicacia para darse cuenta del discurso complaciente del estudiante transferido, pero también le alcanza ternura para cuestionarlo con tino, casi como una hermana mayor. Una lástima que siendo tan competente, desenfadada, aguda y divertida se considerase derrotada en comparación con Erio y Ryuushi y optase por mirar el desenvolvimiento de este ajedrez romántico desde afuera, comentando cuando en realidad se muere de ganas por jugar. Ella misma torna evidente esa desilusión manifiesta en el paralelo del videojuego donde cae del primero al séptimo puesto. Sin embargo, en lugar de rebajarla, la enaltece como personaje: quizá luzca estrafalaria, pero siempre mantiene una independencia de pensamiento increíble para su edad, pues ha asimilado mejor que nadie la máxima clásica de “conocerse uno mismo” y autocriticarse, reconociéndose en sus errores.

Podría argüirse que Makoto se comporta de manera similar, pero insultaríamos a Maekawa-san. La primera escena del episodio aclara las diferencias: “Kiwa-kun” admite que comenzó a perder la capacidad de luchar por sus anhelos desde la primaria, cuando abandonó el fútbol porque descubrió que era ineficiente y poco talentoso para ese deporte. El argumento de Mako-kun parece inapelable y convincente desde nuestra lógica contemporánea donde priman los valores mercantiles incluso a pequeña escala en la vida diaria: si alguien se encuentra incapaz de alcanzar determinadas metas, debe ahorrarse la pérdida de tiempo, pues la insistencia solo implicaría un irracional, inservible y ridículo derroche de energía productiva. Obsérvese como el planteamiento económico deriva en un juicio moral: perseverar en sueños irrealizables o empresas que superan nuestras capacidades puede parecer muy noble, pero también desquiciado y por tanto, socialmente discutible hasta el extremo de motivar una sanción tácita (el aislamiento). Todos quieren huir de la vergüenza, pero nadie se detiene a cuestionar qué significa “ser incapaz” o “no poseer las habilidades” o demás excusas similares, cuya validez admitimos con demasiada facilidad. Makoto simplemente se rinde, encuentra más sencillo declararse un perdedor de manera “comprensible”, es decir, fingiendo honestidad y creyendo ser realista, asumiendo que comprendió su condición y tomó la decisión más conveniente pues suponía menor gasto. Maekawa había atacado esa mentira con anterioridad: la racionalidad y pragmatismo de Mako-kun le impiden actuar, ergo, frustran su vida. Makoto no critica para enmendar sus errores y reinventarse, sino para demoler por adelantado cualquier modo de acción distinto al “normal” (o “normalizado”), es decir, para frenar mentalmente toda alternativa al estilo predeterminado de vida. En otras palabras, aunque actúa como cínico, simplemente intenta defender su seguridad para dejarse arrastrar por la corriente. En contraste sintomático, sus palabras coinciden con una lírica toma de Erio extendiendo sus brazos al cielo como pretendiendo alcanzar las estrellas: la antítesis es colosal y antes que divinizar estéticamente a la denpa onna, hace patente cuán peligrosa puede tornarse la actitud de Makoto, pues además de volverlo un sujeto gris y mediocre frente a cualquier chica de su harén, también podría condenarlo a un futuro patético. Tómese como referencia la escena inicial cuando nota que todos -¡Erio, para comenzar!- hacen cosas valiosas durante sus vacaciones de verano mientras él, chico saludable, se revuelca sobre su cama sin ningún proyecto ni ambición en la cabeza. Solo sale de casa porque tiene hambre, es apenas un estómago que llenar, sin planes, sin vocación. Para alargar la paradoja, es probable que su sociedad encuentre a Makoto “normal”, mínimo común y corriente (lo cual tampoco es un cumplido), mientras que descalifique con desprecio a gente como Maekawa o Erio, quienes trabajan de lunes a viernes. Al lado del elenco femenino, Niwa-kun es simplemente un haragán demasiado temeroso de tener aspiraciones.

Si acaso Makoto se salva del marasmo voluntario es porque está rodeado de mujeres que logran extraer esas virtudes que él intenta reprimir y eliminar, y porque tuvo la suerte de toparse con chicas extraordinarias, en ambos sentidos: insólitas y magníficas. Es obvio que Erio lo trae de las narices y Niwa-kun cede sin chistar a sus caprichos o está pendiente de proponerle cosas nuevas o vigilar su desarrollo. Además, su prima es la única capaz de interrumpir una llamada telefónica de Ryuuko. Yashiro logra inspirar la benevolencia de Makoto y siempre instiga su curiosidad, provocando una contradicción que deja en evidencia la debilidad de sus principios: en efecto, la rareza le fascina, lo incomprensible lo compromete, pero cuando se trata de creer en cosas inaprensibles como las ilusiones, la esperanza o los deseos, le falta atrevimiento, prefiere silenciarlo y recluirse en su bunker de normalidad, de perfil bajo, sin destacar. Ni siquiera cuando se trata de elaborar expresamente sus sentimientos, Makoto concede un espacio a la emoción: Erio le fascina y Ryuuko le atrae, una inspira su espíritu, la otra estimula su cuerpo, pero nunca manifiesta estar enamorado de ninguna. Su decisión de defender a su prima ante quien se atreva a ofenderla, sin importarle los riesgos, podía interpretarse como un leve cambio, un paso adelante. No obstante, transmite la imagen repulsiva de un indeciso lead masculino de comedia romántica. Es injusto y equivocado porque el problema de Makoto no consiste en la incapacidad de definirse entre peras y manzanas, entre chicas electromagnéticas y genki girls, entre astronomía y baloncesto, sino en su ineptitud para pensar en términos de amor. La mente de Makoto opera bajo otros criterios: los malhadados puberty points, que pueden resultarnos graciosos cuando resumen la jornada, pero hirientes si consideramos cuán enamoradas están sus tres opciones de pareja mientras él solamente valora su relación mediante cuantificadores. Ocurre esta ocasión cuando Maekawa lo invita a comer a su casa: el elemento cómico también describe la naturaleza del personaje y cómo se vincula con el prójimo. Esta pretensión de tasar mediante números los acontecimientos del desarrollo emocional (aka “la educación sentimental”) se condice con la filosofía elemental de Makoto: someterse a la racionalidad matemática de manera reductora, negar la magia, lo indescriptible, lo inefable, aunque pueda experimentarlo. Y aunque muchas veces destaca porque su capacidad de observación es superior (está muy atento a detalles mínimos), Maekawa siempre se adelanta, lo vence. No percibe sus insinuaciones porque durante su conversación videogamer apenas capta el sentido metafórico y parece limitado a cierto grado de superficialidad, por tanto, tampoco plantea sus respuestas en tono polémico a pesar del duro reproche que la cosplayer le endilga. El objeto de discusión se vuelve más elusivo a medida que Maekawa revela que ella se arrepiente de estar rindiéndose acerca de cierto tema, pero aunque dejan de centrar la plática en Makoto, su compañera de clase continúa planteándole desafíos a su inteligencia al desnudar sus vacíos. El paralelo con Mario Kart refuerza los caracteres asociados a ambos personajes: Maekawa escoge a Yoshi, usualmente el piloto más rápido pero menos resistente; mientras que Makoto emplea a Toad Toadstool, un hongo.

Las escenas deportivas en anime suelen prestarse para el lucimiento individual de cierto personaje. En teoría, los reflectores estarían concentrados en Ryuushi, como ocurre sobre la práctica a nivel de imágenes: la cámara realiza un seguimiento de la chica risueña y sus fallidas intervenciones en el partido (algunas bastante ridículas, como caerse de volantín y cometerle foul a una contrincante). La simpatía de Ryuuko comienza a tornarse catastrófica mientras los otros personajes solo pueden permanecer en posición de observadores. Entonces, entra en cuestionamiento que fuese nuestra enérgica Ryuushi el verdadero foco de atención del segmento, pues ella solamente es un tema de discusión, o mejor dicho, el objeto de observación que provoca la fricción retórica entre Yashiro y Makoto, los verdaderos personajes sobresalientes y quienes realmente alcanzan un pico descollante hacia el final, cuando la astronauta consigue aquello que ni siquiera Maekawa había logrado con sus continuas interpelaciones: sacudir a Niwa-kun, instigarlo, conmocionarlo hasta que despertase del letargo de abulia crónica que tan orgullosamente defendía e impulsarlo a la acción, a desembarazarse de aquellos estúpidos remilgos que limitaban su capacidad de intervenir sobre el mundo, de darle un giro de timón a la triste realidad. Los deportes permiten estas irrupciones épicas que sazonan la cotidianeidad añadiéndole una pizca de sabor, tornando heroico, glorioso, un evento escolar, un partido de práctica, una pichanga entre amigos, un match que nadie se detendría a contemplar. Son instantes de fugaz heroicidad que no marcan la historia, no valen un trofeo, no otorgan prestigio, pero cambian la vida de algún personaje, afectan su psicología, le devuelven la confianza, rehabilitan su espíritu, etc. Insisto: no hablo de Ryuuko, quien encuentra recompensada su constancia, sino de Makoto, el descreído que asume valerosamente su función y cumple su compromiso de alentarla, recobrando o -valiéndonos de la interpretación de Yashiro- dándose por enterado recién de sus “poderes” para influir sobre la Realidad circundante. Un precedente presto a la comparación sería el célebre partido de básquet 3×3 de CLANNAD, donde Tomoya, Sunohara y Kyou retan a la selección del colegio para demostrarle a Rie la fortaleza del club de teatro. El contexto del protagonista era trágico, pero, como Mako-kun, había arribado a la conclusión más derrotista de resignarse a rumiar sus debilidades y conformarse con mirar transcurrir el tiempo como un renegado. Reencontrarse con su deporte preferido reactiva su capacidad para reaccionar contra las adversidades y oponerse a aceptar con mansedumbre de borrego esa Realidad que suponíamos imposible de combatir: lo inspira para actuar por amor quebrando su inacción pues abandona el reducto de su egoísmo para sacrificarse por alguien. Makoto encuentra una inspiración en Ryuushi, aunque todavía lejano al nivel romántico. En realidad, la chica del cabello esponjoso es el ejemplo fáctico, la prueba palpable de la sólida argumentación de Yashiro, que abofetea discursivamente a Niwa-kun echándole en cara que todos, incluso quienes parecen ineptos para sus respectivas disciplinas, cometen errores y calientan banca, continúan esforzándose y dedicándose. Cualquier escéptico le recomendaría a Ryuuko que dejara de gastar su juventud, pero Yashiro destruye la ilusión de certeza de este pretendido sentido común.

En concreto, la enana de pelo plateado emplea otra metáfora para burlarse de las certidumbres de Makoto y tras demostrarle la invalidez de sus reticencias, empujarlo a tomar responsabilidad frente a un entorno que depende de sus decisiones. Sería injusto afirmar que nuestro protagonista necesitó de Yashiro para recién rebelarse contra su propio razonamiento: al inmiscuirse en los problemas de Erio durante el primer arco, por voluntad propia abandonó su conformismo, su placentera dejadez, hasta el límite de arriesgar su integridad física. Sin embargo, después del discurso de Yashiro, es probable que Mako-kun requiera reexaminar su filosofía desde la base. La ladrona de tomates utiliza un discurso en apariencia incoherente que luego deviene poético: todos somos espers, todos nacimos con habilidades para intervenir la Realidad y transformarla. Si nuestra definición de poderes especiales se termina equiparando con el poder humano de modificar su destino empleando como materia prima el mundo que le tocó vivir, entonces Yashiro tiene razón (como suele tenerla la mejor poesía del mundo comparada con el mejor libro de física): todos poseemos esa gracia, ese toque divino de influenciar y modificar nuestro universo, sin importar cuán pequeños parezcamos al medirnos con la inmensidad del cosmos. La pretensión de Erio, su gesto de querer elevarse hacia las estrellas, aunque suene chocante, se asemejará después al salto de Ryuushi que, rescatada de sus miedos, encesta varios puntos. Pero también adquiere sentido la discusión entre Makoto y la astronauta veraniega acerca del efecto mariposa. A diferencia del arco inicial, dedicado a Erio, este tercero, centrado en su desmotivado primo, no relata el intento de convencer a un soñador sobre la artificialidad de su discurso formado con remiendos de la cultura popular, sino el movimiento contrario: restituir la validez de la fantasía, lo ilógico, lo milagroso, lo irracional no solo como fuentes de conocimiento, sino también de vida; de manera que Makoto, afectado por su parálisis racionalista, sea persuadido de cuán frágil es su discurso y, por contraste, volver a nacer en un gesto de rebeldía, un grito que, nuevamente, aunque se dirija a Ryuuko, en realidad, clama con insistencia al Makoto adormecido en su interior.

4 comentarios

  1. Hey! yo siempre uso a Toad Toadstool hasta la fecha, incluso en Mario Party!

    No he visto aun los capitulos y es que prefiero verlos ahora al reves, para mi gozan de mas significado las imagenes despues de leer tu reseña. Ya veia venir que no iba a terminar, quien sabe si lo terminen, honestamente no es lo mas popular de la temporada y eso es algo que pesa a la hora de hacer una segunda parte.

    Voy a esperar tu reseña completa y despues a opinar.

    7 julio 2011 en 13:24

  2. Casi como que cada episodio se olbiga a ser interpretado por separado del conjunto, ya que todo junto deja una tremenda insatisfacción. Este episodio me gustó por la motivación de Yashiro sobre Makoto, mostrándole el poder que todos tenemos dentro, pero que tan difícil de sacar es. Me fijé en lo del Mario Kart, pero cuando mencionas los detalles, se hace más esclarecedor. Fue muy lindo el detalle de Makoto hacia Ryuuko al darle ánimo a pesar de pasar verguenza, y también se hizo ya obvia la atracción de Maekawa hacia el chico. La pregunta es: qué tiene de especial este muchacho, para que tantas chicas de extraordinarias cualidades lo asedien?
    La narración ya se ha vuelto tediosamente lenta, solo se acelera por momentos, pero si quisieran darle un trato decente, no debieron quedarse en 12 epis… aquí faltó más, y la verdad, obligarnos a esperar otra temporada se siente muy desconsiderado hacia el público

    8 julio 2011 en 01:32

  3. Paola

    Excelente reseña, este episodio me motivó demasiado.

    9 julio 2011 en 21:09

  4. Me

    Las coicidencias son hermosamente elaboradas?
    Como innumerables series que he visto anteriormente, ésta es una de las con las cuales me identifico inevitablemente (precisamente con el protagonista).
    He recibido mil bofetadas como Makoto al ver estos 12 capitulos (o incluso mas). Nunca he sido lo bastante bueno para exprimir todo lo que transmiten las series , por lo que encontrar reseñas y analisis de este tipo me consuelan y provocan un gran gusto de leer para percatarme de todo podria haber no percibido en alguna que otra metafora.
    Insisto, mi filosofia de vida se asemeja indudablemente a la del Makoto.
    Solo espero poder avanzar mas rapido que él en mi vida. En serio, me alegra de sobremanera el de encontrarme con series como ésta y con sitios como éste.
    =)

    21 julio 2011 en 00:42

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