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Hidan no Aria 11-12 (FINAL): Cuando el ecchi salva al mundo

Maids y yuri. Úsense en casos de emergencia

Un desenlace atolondrado, estereotípico y esperpéntico, acorde con el desempeño de Hidan no Aria como producto global. La serie explota su predisposición hacia los tópicos de la entrepierna de manera jocosa, invadiendo el terreno del combate, desbaratando de pésima forma cualquier atisbo de épica con su comedia poco exigente, aunque, cuando reposa sobre personajes deliciosos como Riko, resulta entretenida y excitante, en varios sentidos. No importa si actúa como heroína o villana, la cuarta generación de Lupin aporta siempre la solución para subsanar la carencia de intensidad e inyectarle dramatismo y sensualidad a una serie cuya tsundere protagónica solo se desempeña como distractivo fetichista o, peor aún, en plan de estorbo fanservicero con escasas virtudes para la voluptuosidad. Aunque su conversión automática al lado del bien suena artificiosa después de intentar exterminar a los héroes minutos antes con gesticulaciones psicóticas, nadie mejor para encender el potencial de Kinji merced a sus lambiscazos lésbicos.

Porque mejor que cualquier personaje, Riko le impone a Hidan no Aria un ritmo travieso mientras predomina la comedia y ejerce su dominio rector sobre los rumbos de la trama cuando opera como antagonista e irrumpe con giros bruscos que exploran los bemoles de su personalidad. Aunque se sostiene sobre el tópico del villano encubierto, que oculta su oscuridad bajo una fachada de jocosidad y picardía adolescente para luego revelarse como una desequilibrada que enreda a los protagonistas en una telaraña de apariencias e insidias, trastornada por una obsesión, Riko continúa marcando la nota a pesar del tremendismo que adquiere su faceta más tenebrosa, quizá porque su malignidad, su carácter malicioso, libidinoso, pícaro, antes que restarle méritos, siempre la enalteció en comparación con Aria, más monodimensional, encajonada como heroína representante de la bondad, la inocencia y la castidad absoluta y, para colmo, defectuosa en esta función. Si Hidan no Aria se vendía como comedia romántica bajo empaque de serie de acción (pues a esta relectura debimos recurrir para tornar viable el disfrute del producto), su figura principal estaba obligada, cuando menos, a cumplir ciertos criterios de respetabilidad que mantengan el prestigio de una girl with guns. Holmes IV no consiguió sanearse, en doce episodios, de sus limitaciones arquetípicas de loli pettanko gritona, mandona e irracional, en cambio, la serie insistía en recalcar su papel de Louise Vallière modernizada y actualizada adjudicándole más atributos secundarios tendientes al fanservice hasta su conversión en eficiente maid francesa con insuficiente escote (Riko acierta en sugerirle que emplee el trasero para engatusar a los hombres, pero Aria apunta al objetivo equivocado). Aunque la sensatez y la lucidez sean virtudes poco frecuentes entre las tsundere (aunque me desmientan los ejemplos de Madoka Ayukawa o Fumino Serizawa), se espera un mínimo de perspicacia en el razonamiento si el personaje es amparado por semejante currículum como butei, pues además de pertenecer al rango S, ser descendiente de Holmes y manipular tipos distintos de armas, se supone que nunca fue derrotada hasta que Kinji la frenó. Se supone que sobrevivir al oficio de butei requiere de agudeza y olfato. El trabajo de mercenario no admite ingenuidades porque te juegas la vida. Cómo explicar, entonces, que Aria cediera con tamaña candidez al encanto grotesco de villano yaoi del profesor Sayonaki, cuando debería desconfiar de inmediato de cualquier signo de demencia, en exceso notoria si prestamos atención a su discurso casi nazi acerca de la eugenesia y las razas superiores. Que Aria saliese viva de Europa con tamaña ingenuidad para analizar los acontecimientos a su alrededor sería fruto del milagro, no del talento. Del mismo modo, los guionistas destruyen toda pretensión de verosimilitud o coherencia al restarle cualidades a su personaje y encima endilgarle debilidades ridículas. Puede comprenderse que, durante una secuencia cómica, se revele un temor infantil de Aria hacia las tormentas eléctricas, pero hacerla agacharse de miedo cuando cae un rayo mientras pelea con Vlad es inconsecuente: está librando un combate asfixiante, casi sin esperanzas contra un monstruo aterrador y cualquier segundo de distracción podría costarle el pellejo. Sucumbir a una fobia cuando estás entre la vida y la muerte es un lujo bastante estúpido y pueril.

Resulta enojoso confiar en una heroína que chilla como primariosa cuando le correspondería plantarse con firmeza y apartar sus miedos. Incluso si consideramos que Riko embauca a Aria y Kinji para hurtar el rosario, la protagonista titular de la serie es desplazada durante la operación principal y relegada al papel menos ilustre para una action girl, y separada del circuito de diálogo a propósito, pues su presencia hubiera estropeado el genial plan de Riko que consistía en despertar el Hysteria Mode de Kinji con insinuaciones indecentes imitando la vocecita de Aria. Llegamos al extremo hilarante, aunque patético, de que inclusive dentro de la lógica interna de la serie, su ausencia es necesaria para resolver con éxito una circunstancia límite de acción: Kinji alcanza su pico badass, la treta diseñada por Riko se ejecuta con precisión de relojería y durante breves instantes, el relato de acción transmite suspenso, inquietud, una cierta incertidumbre acorde con el género. Favorece también esa diferencial esencial entre ambas chicas: mientras la ladrona fantasma tiene múltiples facetas cuya imagen superficial de pervertida engreída no ocultan sino que potencian, la pistolera Quadra falla como personaje al quedar atrapada en su tsunderismo. Nunca deja de parecernos una figura love comedy aún cuando participa en la batalla como principal elemento épico y muestra un bajo nivel de eficiencia (la cantidad de balas perdidas durante los primeros ataques es absurda si tomamos en cuenta que Aria y Kinji conocían acerca de los tres puntos vitales del enemigo) y alto grado de dependencia de su compañero, quien, como Riko, razona antes de ejecutar. Y mejor que revólveres, espadas o habilidades sobrenaturales, será su mente un arma de lujo, además de la valentía y discernimiento que obtiene cuando entra en estado de berserk donjuanesco. Las fallas de Aria, por tanto, son compensadas por estos personajes de escolta que, de parte de Lupin IV, evitan que la trama pierda su brillantez como comedia harem, y, gracias al héroe displicente, se tornan más emocionantes y menos estúpidas algunas escenas de lucha que, entregadas a Aria, habrían naufragado por culpa de su carácter testarudo. Optar por cambios de perspectiva es demasiado pedirle a J.C. Staff, que jugó su carta segura ajustándose seguramente al original, pero hubiese mejorado el arco si, a riesgo de restarle sorpresa, Riko fuese el foco central de atención. Consigue robarle el protagonismo a su archienemiga al final del último episodio, aunque entonces la narración se había convertido en un mamarracho deforme, sin miramientos por mantener un equilibrio congruente. Riko retorna de manera precipitada al bando de los chicos buenos después de sucumbir a la paliza de Vlad. No suena creíble que una antagonista con indicios enfermizos y tendencias traicioneras regrese a comportarse como chiquilla revoltosa y arrepentida, por segunda ocasión, como si nada costara la transición.

Sin embargo, aunque decaiga con facilidad en el disparate y lo trillado, Aria también contribuye al entretenimiento y aquellos valores e ideales que representa (también estereotípicos entre los “chicos buenos” del heroísmo: la justicia, la compasión, el respeto por la vida humana, el altruismo), aunque desde la perspectiva cínica del espectador menos inocente suenen inverosímiles o relamidos, son respetables, de inmediata identificación. Ante una bestia plenamente deshumanizada, despiadada y sádica como Drácula (encarnado en un hombre lobo, para mayor entrevero) que refina sus métodos para canibalizar al género humano, al que considera inferior, cualquier público medianamente sensible se pondría del lado de Aria, una adolescente nada corpulenta, incluso enana, que desafía desde abajo a un contrincante voluminoso, masculino, desalmado, inhumano, casi un animal salvaje. Los contrastes son radicales y permiten realizar una especie de chantaje emocional que mejora la imagen de Aria como heroína al enfrentarse sola, por instantes, a la antítesis absoluta de su imagen lolitesca. No dura demasiado porque Riko sabe reinventarse con rapidez: vuelve a jugarse la carta de la villana rehabilitada que decide aliarse con los héroes, aunque el relato pretende justificarlo apelando a los antecedentes traumáticos de Riko y su imperiosa urgencia por ganar su independencia aceptando las desiguales condiciones que impone su dominador. Es decir, que sugiere perdonar el comportamiento de nuestra adorable ladrona de pelo tentacular bajo la premisa de que estaba presionada por sus propias necesidades de supervivencia como individuo (definirse frente a Vlad y contra Holmes para demostrar simbólicamente que no nació “fallada” y liberarse de ambos yugos, del captor y del apellido), pues, en realidad Riko está tóxicamente enamorada de Kinji y quizás “aprecie” aunque la considere su contendora natural. Al menos la estima como juguete erótico porque no muestra empacho alguno en toquetearla: el contacto sexualizado, homoerótico entre antagonistas es también un tópico del fanservice en cuanto heroísmo femenino refiere y seguramente aumentará el fuel de ciertos fanart y concebirá varios doujinshi, pero antes que complicarnos con los laberínticos hábitos de femme fatale pinky de Riko, observemos que estos vínculos carnales tienen un fundamento sentimental y Lupin IV siente un extraño cariño por Aria y Kinji, sentimiento que explicaría su súbito cambio. Sin duda, pesa la intervención de Vlad, erigido como el “mal mayor”, frente a quien las enemistades humanas carecen de sentido. La presencia del Mal en suma expresión redime a quienes simplemente actuaron mal. Pero admitirlo es validar una excusa, una escapatoria que cubre un error de ensamblaje en la historia, imposible de ocultarse ni siquiera cuando una chiquilla se lanza en parapente con ropa interior golden honey. Sin duda, al recuperar su confianza con ayuda de Kinji (casi de manera similar como ella le permite avivar su Hysteria Mode, es decir, con gestos de alta connotación erótica), Riko le aplica el giro definitivo al combate contra el vampiro. Su intervención, de nuevo, cambia el panorama allí donde la pareja protagónica solo había alcanzado el entrampamiento. Aunque parezca el momento de gloria del héroe seductor que decide el resultado final gracias a su capacidad analítica, las argucias de la rubia no solo influyeron y colaboraron, sino que dotaron de estilo al triunfo. Lo demás, es mero tsunderismo.

Balance final

La única gran decepción que Hidan no Aria me endilgara como espectador sería desperdiciar y agraviar con su ineptitud ese sub-género de acción tan estilizado, elegante y plástico conocido como “girls with guns”. Apenas bastaron unos episodios iniciales para descubrir que bajo esta capa, J.C. Staff volvía a mercadear una comedia romántica de corte harem liderada (incluso si este término es demasiado elogio) por la enésima encarnación del prototipo KugiRie de tsundere cabezadura. Dos fórmulas indiscutibles para asegurarse las ventas del DVD/BD, pues se requiere de fidelidad por los repetitivos tópicos del fetichismo que despliega con abundancia la serie para disfrutarla, en concreto, ser hincha a rabiar de la love comedy más descocada y mononeuronal, lo cual tampoco es negativo: esta clase de relatos tienen la única obligación de proveernos entretenimiento inmediato y ligero. Siendo menos severos, admitiré que varios capítulos me arrancaron alguna carcajada o me mantuvieron pegado al monitor, sin embargo, su protagonista no amerita los créditos por estos chispazos de diversión. En concreto, el problema de Hidan no Aria es que depende, para generar entretención, del lucimiento de personajes secundarios que terminan por opacar de forma avasalladora a la filiforme y vocinglera heroína, que jamás llega a convencer como luchadora, al menos bajo el perfil formidable que la precedía. Si Aria es decepcionante por su tozudez tsunderesca, su compañero de dupla heroica tiene la virtud de reorientar la balanza con algunos toques de inteligencia y hot-blood dignos de un casanova con ciertos visos de charm guerrero. Para agravar el fracaso de Holmes, sus rivales amorosas, Riko y Shirayuki evidenciaron, además de mayor calentura, impostergable en este tipo de series, la suficiente espectacularidad durante sus escenas de acción para complementar sus seductoras personalidades. Una confrontación constante entre Lupin IV y Himiko hubiese marcado otro ritmo, más travieso y con mayores probabilidades de buenos combates entre una malcriada procaz y una yandere con talentos de waifu. Gracias a ellas y las pocas intervenciones de Reki, Hidan no Aria es medianamente visible por quienes todavía están dispuestos a suspender su mentalidad hipercrítica, aunque el juicio global no escapa del calificativo de mediocre.

3 comentarios

  1. Krated-R

    buen explicación del capitulo siempre me da alguna nostalgia cuando acaba un anime mas como este que me gusto… también me hizo reír el nombre del capitulo “Cuando el ecchi salva al mundo” jajaja todavia me sigo riendo.

    5 julio 2011 en 18:28

  2. YuriCrap

    “Lambiscazos lésbicos” … Hasta ahí dejé de leer; pensaba en darle una oportunidad a la serie, pero la mezcla:
    Ecchi + Lolis+ Tsunderes + Maids + Yuri es un bodrio que no puedo digerir.

    5 julio 2011 en 19:21

  3. Solo quiero ver Aria porque Kinji se ve interesante cuando entra en modo histeria y que es la misma seiyu que Taiga, creo. Además, JC Staff es mi productora favorita: Railgun, Toradora, Merry, Hatsuloi Ilimited. Hasta ellos se pueden equivocar de vez en cuando.

    Las Tsunderes solo son comicas cuando se les mexcla con el coprotagonista adecuado, por si solas no son la gran cuestion. POr eso Taiga y Riuyi son tan geniales.

    17 julio 2011 en 13:55

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