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Hidan no Aria 9-10: Rosario + Vampire

Frilly, cute and sexy

Haters gonna hate. A Hidan no Aria  no podíamos exigirle que, impredeciblemente, su trama alcance la hondura que ninguna love comedy de acción persigue, porque se trata de chicos buenos versos villanos estereotípicos en un contexto de harem. Si esta serie requería con desesperación un revulsivo para librarse del ahogamiento tsunderesco y sus redundantes tópicos, solo bastaría con reclamarle fanservice de calidad. Ni pettankos insoportables con sus bulliciosos reclamos saturados de pedancia ni protuberantes oppai que brotan como repollos sin ningún asomo de picardía, solo como carne del mercado. La única capaz de proporcionar esa cuota de astuta lujuria es nuestra imbatible ladrona Riko porque, cuando ofrece su mejor selección de mañosería, exhibicionismo y provocación, es ella quien manipula, decide, se impone, tiene el control. A diferencia de otras chicas víctimas del ecchi, ella tienta a propósito, es mordaz cuando pelea y aunque lo prefiero escondido, posee un lado melodramático. No será la mejor villana de primavera, pero como antagonista, sabe convertir la concupiscencia en fuente de entretenimiento. Digna hija de su padre.

A partir del segundo episodio había perdido esperanzas acerca de esta serie en su aspecto “girls with guns”, es decir, respecto de su pertenencia a ese subgénero caracterizado por la oscura herorización de personajes femeninos al margen de la legalidad que enfrentan a sus enemigos en acrobáticos duelos de pistolas con angustiosos movimientos que van conformando una coreografía, un baile constante con la muerte donde prevalece el ingenio para darla o esquivarla. Las chicas con pistolas son refinadas, misteriosas o renegadas: viven su propia ley o están condenadas por algún designio que las empuja a sobrevivir entre el aroma de la pólvora. Sin embargo, no necesitamos siquiera una hora completa de Hidan no Aria para concluir que predomina la comedia romántica bajo el manto embaucador del relato policial: a final de cuentas, los combates son apenas una fachada para escenificar los jugueteos de la brega amorosa. Este cambio de planes tampoco me parecía desalentador, pues como espectador de anime no ando con remilgos  sobre géneros o estilos considerados inferiores, pero cuando la tsundere protagonista hegemónica se torna meramente una gritona que impone con menos gracia que incordia su molestosa voluntad porque tiene el derecho de llamar esclavo al primer idiota que lo permita, entonces la responsabilidad de evitar la zozobra absoluta recae sobre las secundarias. Sabemos que Riko o Shirayuki perderán en la contienda contra la chica del título Aria aunque la tsundere bocafloja carezca de desparpajo torero o nunca asuma la iniciativa amorosa, pero los caballeros gustamos de defender las causas perdidas y antes que soportar más aburridas discusiones al sonrojo entre la torpe descendiente de Holmes y nuestro héroe con fetiche por los pies descalzos, pediría más desafíos entre katana y paraguas con encajes protagonizados por una Shirayuki delicada pero al borde más delicioso de la psicopatología moestática y una Riko que nunca desdeña una oportunidad para calentarle la cabeza a sus rivales con aguijonazos precisos y un toque de perversión que sobra en personajes carismáticos como Kuroko Shirai o Yamada, quienes pese a ser mujeres (y conociendo las restricciones mentales de ciertos otakus en Japón) no tienen empachos en expresar sus pasiones menos platónicas o emplear el humor en doble sentido. Ver a Riko olisqueando a Kinji a sabiendas que trata de engatusarlo o verla deshacerse de Shirayuki exhibiendo un garbo de cortesana malcriada me resulta cien veces más apetecible que cualquier escena que Aria arruine con su presencia. Aunque la pistolera salga en delantal, continúa bajo la sombra de la ladrona fantasma, que apabulló a cuanto personaje osase ponérsele en frente y encima remataba sus faenas con alguna frase humillante. Esta confrontación entre dos locas pervertidas, una de falso conservadurismo, la otra de generoso libertinaje, debería ser la verdadera dicotomía de la serie: la waifu versus la amante. Suficiente: Aria está sobrando.

En este universo, los referentes occidentales andan “algo” entreverados, como si algún desquiciado hubiese metido a la licuadora sus mitos, novelas o cuentos favoritos. Por momentos, asumo que el autor se proponía trazar un paralelo intertextual de manera paródica, moeficando y burlándose de Holmes y Lupin (los originales) con cierta ironía porque sus descendientes fuesen tan poco sesudas e incompetentes. Me recuerda a cierto capítulo de Tantei Opera Milky Holmes (vamos, ustedes también la disfrutaron) donde los grandes íconos de la investigación detectivesca regresan de la tumba y sus espíritus “poseen” los cuerpos de sus nietas para ayudarlas a resolver un caso. De manera indirecta, las chiquillas de Milky Holmes eran moeficaciones de un género narrativo y sus figuras más relevantes, festejando sus tópicos de forma chonguera y light. Aquí funciona con cierta normalidad mientras nos restringimos a Aria y Riko en constante competición por agredirse o sojuzgarse (y gana Lupin solamente porque le sobra ingenio para responder), pues la estructura connotativa continuaría vinculada a la ficción detectivesca y su lógica rivalidad permanente entre el orden y la delincuencia, entre la inteligencia deductiva y la sagacidad estratégica, aunque bajo el manto de la ridiculización Aria incumple las expectativas por completo y Riko carece del elemento más preciado para un ladrón dandy: su libertad. Pero entonces cuando ampliamos el círculo, entramos un revoltijo anómalo (aunque, me causa algunas risas, quizá inadecuadas): Lupin solicita los servicios de Holmes (!) y -elemental- del querido Watson, para robar (!) un artículo nada lujoso, sin valor mercantil (!) y gracias a los consejos de Juana de Arco (!) podrán arrebatárselo a Vlad el Empalador (!), quien sería un vampiro, un inmortal. Por suerte, no entrometimos en esta ecuación a la princesa Himiko, pero tenemos a Reki adiestrando a la guardia canina. Sin duda, ocurre algo turbio si dos grandes enemigos genéticos se asocian para atacar a una especie de Drácula empecinado en conservar un rosario (!). Absurdo, pero divertido, siempre y cuando Vlad no resulte también moeficado y acabe siendo una versión tremebunda de Moka Akashiya. La presencia de Riko invita a postergar el dramatismo y entregarnos al sinsentido fetichista de tener que infiltrarse en una mansión disfrazados de mayordomo y mucama, quizá el último fetiche en boga que quedaba por explorar a Kinji después de regodearse en su bretonnismo lolitesco. Abandonar el sentimentalismo y suplantarlo por sensualidad y dinámico descaro implica también mandar al segundo plano a Aria, cuya lucha para liberar a su madre debía dotar a la trama de cierta profundidad emocional (bastante ligera), pero que fracasa porque la tsundere suele enunciar este deseo como un capricho de niña consentida restándole toda verosimilitud a una reivindicación natural y justa. Gracias a Riko, el highlight del episodio noveno, la lucha de yandere vs pervertida bajo la lluvia consigue alargarse a favor de Shirayuki con una escena de acoso sexual donde la bella sacerdotisa emplea sus poderes shutei para fines lascivos. El elenco entra en alerta, en una dinámica explosiva (dos combates de chicas por la posesión del héroe en menos de veinte minutos) recuperando la esencia primaria de cualquier love comedy: los enredos. Hidan no Aria pretende que estos nudos románticos se resuelvan o compliquen más en circunstancias de acción. Riko es perfecta para ello porque se aboca activamente a provocar esos embrollos.

Sin embargo, estos episodios no se libran de ciertos detalles ínfimos que le restan credibilidad al supuesto tema “serio” del arco: el robo justiciero del rosario de Fujiko Mine (porque, según se desprende de las alusiones, ella y Lupin III murieron durante los primeros años de infancia de Riko… rayos, este universo ficcional si anda transtornado si el ladrón de saco verde ha muerto). Un primer rasgo inquietante es la reaparición de Juana de Arco en su faceta meganekko y pésima dibujante. Es como mezclar a Keima Katsuragi con una Nagato wannabe en plan de kuudere, cuando la única chica de pocas palabras, baja frecuencia, alta intensidad y emociones mortecinas en esta serie es Rike. Es regla del moeness: un arquetipo solo puede encarnarse en un personaje. Para no desviarnos en normativas, el principal problema del encuentro con Juana es el contenido del diálogo. Se entiende con claridad que Aria y Kinji no son los únicos enterados del propósito de la rubia, sino que probablemente en IU (o EU), la contrainteligencia podría haberse percatado de las pretensiones de Riko y previsto cualquier intento de infiltación, en particular, cuando Juana conoce los antecedentes de reclusión y abuso que sufriera la fanáticas de los bishoujo games. Es absurdo entonces contratar los servicios de la pistolera más famosa entre los Butei, acompañada por su ahora célebre socio de aventuras para ejecutar un trabajo que requiere entrar de incógnito, pues serían reconocidos de inmediato. Se exige al espectador que, haciendo malabares con su supension of desbelief, admita la realización de planes que incluso el enemigo ha detectado -Juana recibió la información por algún conducto- y encima lo realicen los personajes menos aptos para semejante misión. Aquí se revela con dureza las limitaciones de esta serie por plantear un relato que trascienda el mero batiburrillo ero-ero, fanservicero y romanticón. Estas últimas vertientes son sus fortalezas cuando logra manipularlas con granujería y guiño sexy, es decir, cuando Aria no arruina la atmósfera con su vocinglería y escaso seso. La única manera de disfrutar Hidan no Aria es ateniéndonos a su auténtico subgénero (la comedia romántica con tinte sabrosón), que condiciona sus características elementales. El resto es relleno y pretexto: si continúan esperando una resolución con dramatismo y profundidad, no percibieron todavía que todo gira alrededor de la voluptuosa bellaquería de Riko o las balas solitarias de Reki en sostén formador. ¿Héroes y villanos? Son opcionales.

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