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Hidan no Aria 8: Las Juanas

Sospechábamos que Shirayuki fuese peligrosa... tanto que cuesta diferenciarla de la villana

Estas primeras semanas de junio han resultado desfavorables para mi actividad bloguera. Las elecciones, problemas con mi conexión y ahora un asunto familiar me impiden ponerme al día con debida constancia. Respecto de Hidan no Aria, la acumulación desenfrenada de tópicos de acción y melodramáticos aligera el trabajo de análisis: la apelación a paradigmas trillados hasta los límites del fetichismo es la principal objeción que muchos espectadores interponen contra esta serie y quizá después de tolerar la nada meliflua vocecilla filuda de una intolerable loli tsundere mangoneando, pavoneándose o pegándosela de estratega, reconozco que algunos cuestionamientos son válidos. Tampoco justifica que cierto grupo de fansubs se dedique semanalmente a trollearla, pero permite comprender a este reseñista por qué Aria carece de carisma incluso cuando combate. ¿Será porque las heroínas secundarias de su propia serie la relegan al segundo plano tanto en escenas de acción como en términos románticos? Otra víctima del “complejo Index”.

No debería resultarnos curioso que vuelva a manifestarse este fenómeno (tan ignominioso para una protagonista) en otra serie del mismo estudio casi especializado en tsunderismo y héroes reticentes rodeados por un sabroso harén. En muchos arcos de Toaru Majutsu no Index, la monja del título o tiene una participación tangencial, muy reducida, o termina cumpliendo la función de damisela en peligro. En ambos casos, su relevancia como sujeto heroico es nula. Sin embargo, podemos perdonar esa ineficiencia porque Index no se presenta al auditorio como una guerrera. Ocurre distinto con personajes como Aria, también opacada en aquellas instancias donde debería destellar: la pettanko de coletas rosas es vendida desde el opening -y también por el discurso que ella misma proclama con vanagloria- como una heroína de acción con habilidades superiores, muy autónoma y precedida por un récord de imbatibilidad que nadie atribuiría a una adolescente con cabeza caliente, pues exige frialdad para intuir y razonar. Según las investigaciones de Riko, Aria posee esas capacidades, pero van ocho episodios y los grandes highlights en cuanto a heroísmo femenino son obra de Lupin IV, Shirayuki, Reki y Juana de Arco, es decir, casi la totalidad del elenco femenino con participación bélico-erótica. No significa que Aria no muestre aptitud para el combate u obstaculice al héroe. Por el contrario, en varias ocasiones, la pequeñaja le salva el pellejo a Kinji. No obstante, en esta clase de series, prima el entretenimiento. Nadie mira Hidan no Aria para plantearse preguntas sobre los insondables misterios de la vida y del universo. No, la audiencia pide emociones ligeras y momentáneas que distiendan la carga de trabajo neuronal, que procuren suspenso, picardía, excitación, pero fugaces, que entretengan en el sentido etimológico de hacer que corra el tiempo distrayéndose en algo sencillo. Pero para conseguirlo, una serie o película de acción debe generar sorpresa y admiración. El héroe no destaca debido a la peculiaridad u originalidad de su carácter o personalidad -pues la mayoría poseen un perfil esquemático-, sino mediante sus actos, en concreto, cuán asombrosas y estilizadas sean sus hazañas, puesto que se sobreentiende su eficacia. Al héroe de acción nadie le exige profundidad discursiva, aunque la hondura psicológica se considere un plus porque contribuye a generar simpatía; no existe paladín justiciero sin gesta heroica y el criterio para juzgarla -dentro de sus cauces mediáticos- es la espectacularidad. Un sujeto puede detentar una cualidad, por ejemplo, la puntería; sin embargo, la diferencia entre una girl with guns y la campeona olímpica de tiro skeet no sería quién atina más disparos, sino quién los lanza en situaciones más alucinantes y con mayor vistosidad. Aria es competente como butei, pero tiene dos defectos que merman su aura de heroína: su tsunderismo afecta su inteligencia y sus intervenciones como guerrera no llaman mucho la atención, al menos en comparación con sus competidoras.

En nuestra reseña anterior, explicaba por qué una chica tan adorable como Shirayuki tendría serias dificultades como protagonista de una serie genérica mientras que Aria, una tsundere que bordea y por momentos sobrepasa los límites de lo insoportable, se ajustaba “mejor” (por desgracia) al patrón estereotípico. En Hidan no Aria, como su predecesora (homenajeada con pasmosa insistencia), Zero no Tsukaima, la trama de acción es apenas una excusa, y corre el riesgo de ejecutarse con poca inteligencia y pobreza de argumentos, jugándose por hilos demasiado trillados y soluciones aburridas. Si cruzar espadas, sabotear al enemigo o esquivar sus balas sabiéndose partícipe de una mega-conflagración de organizaciones internacionales (como sucede en Index entre ciencia y magia) que operan en nivel subterráneo, como espías, si salvar una ciudad de millones de habitantes o al mundo no asegura al héroe un lugarcito entre los titulares del periódico de mañana, ¿entonces, cuál es el propósito verdadero de estos relatos? Insisto: la comedia romántica. Pero no la love-comedy con inicio-nudo-desenlace que culmina con la institución de la pareja (el beso final, el happy ever after, la boda, etc.), sino una “historia de relación” de final abierto que juega al acercamiento ambiguo o nunca bien definido de dos personajes que realmente se aman. La mayoría de comentaristas en Occidente, en especial los provenientes de países anglosajones, están acostumbrados a la primera forma (la clásica en Hollywood) y encuentran desesperante la indefinición. En anime, se prefiere los desenlaces menos conclusivos (incluso desde una perspectiva comercial, permite revivir siempre la franquicia). Esta dinámica es campo fértil para la proliferación de las tsundere porque nadie como ellas para trazar una relación con altibajos radicales (puntos extremos de deseo y repulsión). El problema con Aria es justamente esa aptitud, pues a diferencia de Taiga, Shana e incluso Louise, esta pecho plano pistolera no cuaja como imán de carisma porque no demuestra tener otro talento valor superior que la celebridad (sobredimensionada) de Rie Kugimiya, que termina convirtiéndose (a costa de ganarme el odio de sus fanáticos) en estorbo. Aria es un personaje inconsistente, que exige que empaticemos con sus ineptitudes. Es descendiente de Holmes, pero pocas veces emplea el método deductivo para enfrentar las amenazas de rivales cuya existencia solo puede sostener mediante la fe, como si sus corazonadas fueran dogmas. Cuando por fin actúa con mediana sagacidad, al engañar a Durandarte (o Juana), su petulancia resulta insoportable, en especial cuando sabemos que utiliza a Kinji como carnada. Este episodio se salva raspando (“con once”, como decimos en Perú) gracias a Shirayuki que despliega todo su awesomeness, tanto en su versión chica buena jamás besada como cuando es poseída por los poderes ancestrales Hotogi y reencarna el espíritu de Himiko, la legendaria reina shamán del Japón. Con esos gestos, actos, sablazos y sangre caliente, combinados con finura de yamato nadeshiko y falso pudor de quinceañera, Shirayuki sustituye a Aria contundentemente, como una avalancha épica de talentos.

Como antagonista, Durandal inspira cientos de veces menos emociones que Riko Lupin the 4th. Además, es arrestada y derrotada en la primera batalla, debut y despedida: su espada, la Durandarte (alusión a la leyenda de Roland), es quebrada, y no consigue atraer a ninguna rival al lado oscuro, la hasta ahora enigmática organización EU que parece existir solamente para propiciar la maldad porque no representan ningún interés económico ni ambiciones de dominio mundial y tampoco nadie los denomina organización terrorista. Para colmo, el villano es equivalente a su accesorio, identidad del personaje y caracerísticas del arma son nociones análogas en el universo butei, y Durandal no sobrevive al quiebre: sus recursos terminan cuando su llamativa y voluminosa espada es inutilizable, como si aludiera a la personalidad de la villana, de aspecto imponente y provocativo gracias a ese diseño de armadura sexy, pero débil ante el poder de Shirayuki. En realidad, la fortaleza de Durandal es proporcional a su invisibilidad: mientras menos se conocía su verdadero rostro, más lesivos eran sus ataques, pues impedía al héroe que concentrara su ofensiva sobre un punto fijo y conocido. Shirayuki se enfrentaba a una interrogante, un cero, una sombra, una voz andrógina sin rostro. Cuando Durandal comete el error de mostrarse, empieza su debacle, pues se torna un objeto específico, que inspira cierto respeto por sus fachas, pero incluso su aspecto físico complota contra su halo de misterio porque se manifiesta como una adolescente frágil y bella, quizá la imagen menos monstruosa y temible. Para rematar sus errores, le otorga al rival su nombre: este desliz implica develar por completo la esencia de la identidad, en particular para una serie donde todas las chicas parecen reclamar su pertenencia a cierto linaje para justificar con determinismo su función como policías o ladrones, buenos o malos, espías o contraespías. Sobre Juana de Arco y Himiko no opera la feminización, pero sí la moeficación: el personaje famoso es reelaborado dentro de los arquetipos de la ficción massmedia, donde sus características son puestas en paralelo con las reglas de la comedia, la acción o el melodrama. Pero esta Juana no parece tender ningún parentezco con su antecesora salvo su pertenencia a una suerte de casta detentora de grandes privilegios e influencia en las altas esferas, como una especie de logia o colectivo conspirador. No pretende, como Shirayuki, su inclusión en una genealogía que defiende valores antes que intereses. Al menos, Hotogi-san prefiere anteponer el sentimiento y los ideales antes que enlodarse en los tejes y manejes del poder. A pesar del fracaso, Juana es entretenida, digna oponente para la yandere pues consigue forzarla a mostrar sus mejores argumentos, muy a diferencia de Aria, quien no duda en aprovechar la diferencia numérica para intervenir en la interesante pelea de espadachinas. Aparte, respecto del diseño, disfrutaría más una serie donde Shirayuki se enfrentase a chicas como Juana o Riko mientras sus enormes senos “inspiran” de manera permanente el “modo mega-playboy” de Kinji. El clímax heroico dejó fuera durante buen rato a nuestra protagonista y mientras sus deficiencias se mantengan, el airtime de otras integrantes del harén ayudará a salvar esta serie del tedio.

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