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Hidan no Aria 7: Baka Kinji

Una porrista te dará tu merecido

El caso de Aria H. Kanzaki permite discutir cuán nocivo puede tornarse la fijación de tópicos sobre un arquetipo de personaje romántico como la tsundere. No pretendo abundar en argumentos críticos sobre los defectos compositivos (falta de profundidad dramática, predictibilidad, una empatía mal cimentada) que otros comentaristas le atribuyen a nuestra díscola protagonista. Las reseñas destructivas son numerosas y quizá justificadas por el exceso de confianza en un modelo exitoso que vuelve a demostrar su rentabilidad (Aria es popular, según algunos surveys o encuestas por internet), pero que alcanzó el punto de tolerancia permisible cuando la repetición amenaza con volverse una ofensa. Personalmente, coincido con estas opiniones, pero prefiero utilizar mi reseña para preguntarme por qué Aria, a diferencia de Shana o Louise (porque Taiga es demasiado pedir), no termina de cuajar como heroína tsunderesca, y por qué aquellos tópicos dignos de deleite fetichista lucen tan anquilosados que ni siquiera inspiran la indulgencia hacia sus insultos y golpes en compensación por su faceta deredere. Desaparece del episodio y durante esa ausencia, nadie parece extrañarla.

Antes de saltar a conclusiones equívocas, aclararé los conceptos: el arquetipo tsundere no está atrofiado, por el contrario, goza de gran vitalidad. El tsunderismo bien encaminado por hábiles guionistas de romance es garantía de desarrollo dramático y un emocionante tren de angustias, heridas y sinceramientos. Sin embargo, la estructura que parece desgastarse sería el esquema Kugimiya. La seiyuu no tiene la culpa de haber institucionalizado una fórmula interpretativa y haber ayudado a establecer un modelo de heroína, pero cuando se identifica en Aria al producto de un proceso de clonación tipológica, estos patrones otrora exitosos comienzan a dar señas de agotamiento, de haber extenuado todas sus variantes. En efecto, podemos sustituir el tema mercenario por, digamos, samuráis, magos, jugadores de rpg, chefs, etcétera, pero estas son variables de fondo, no alteraciones de forma que entrañen un giro semántico. En otras palabras, no importa el setting, el modelo es calco y copia, y habiendo alcanzado su máxima expresión, no admite innovaciones. Cuando esto ocurre, el personaje deja de valer por su peculiaridad, por sus características particulares, sino por su encarnación del objeto de deseo estandarizado de muchos espectadores que alimentan su subjetividad con estímulos repetitivos. Aria es una loli atractiva y sádica quien pese a su dureza de carácter, posee un flanco débil y sentimental que emerge con frecuencia. Muchos televidentes con propensión lolitesca o hipermelodramáticos desean regodearse en sus estructuras de siempre y J.C. STAFF les suministra el menú: una tsundere impaciente, cabezadura, infantil, inepta para los asuntos más cotidianos. Sabemos que maltratará al héroe, que provocará peleas, que tardará en expresar sus sentimientos. Un síntoma de anquilosamiento de cualquier recurso es su parodización. El primer OVA de Kämpfer fur die Liebe se burla del molde KugiRie empleando a la propia seiyuu para burlarse del estereotipo mediante una versión grotesca de tsundere (un engreído pingüino de peluche). Sin embargo, no hemos explicado qué causa la ineficacia de los tópicos sobre la composición del personaje. Para ello, debemos contrastarlo con el fondo dramático que pretenden adscribirle. Aria vuelve a entrar en conflicto con Kinji, su único aliado. Después del arco del Butei Killer, creímos que habría aprendido a confiar en su socio, al menos a esmerarse en ofrecerle un trato más horizontal: esto no significa ceder en detalles humorísticos como el supuesto papel de “esclavo” asignado a Kinji, sino a circunstancias más serias, como ofrecerle argumentos válidos para creer en su testimonio. Este sería un gesto valioso porque exigirle confianza plena sin mostrar la mínima intención de presentarle indicios decentes o sospechas verosímiles es tratar de imponerle una verdad por capricho, una evidente verticalización, una relación donde alguien pretende subordinar al otro y negarle toda clase de explicación. Kinji se rebela y, aunque soslaya el correlato emotivo (las frustraciones) de Aria como heredera de Holmes, la razón le asiste: los tópicos de niña cabezadura y terca están afectando a la credibilidad de la historia.

Las tsunderes suelen volverse simpáticas apenas se devela su trasfondo y superan en densidad a sus contrincantes románticas. El mejor tsunderismo no consiste únicamente en encolerizarse con el lead masculino, castigarlo por pervertido o exhibir con tosquedad su lado más tierno. Si alguien se comportara con semejante brusquedad y malhumor sin motivo aparente, merecería descalificársele por engreída y egoísta. Sin embargo, las grandes tsunderes actúan en función a un entorno, una misión o un evento traumático que las obliga a adoptar una actitud defensiva, en realidad, a proyectar una imagen de femineidad independiente y ahuyentar todo contacto humano que implique un compromiso sentimental demasiado hondo. El background nos permite solidarizarnos no necesariamente con la postura frente al mundo, sino con el sufrimiento y las necesidades emotivas que pretende ocultar el personaje. A nuestra heroína le sobran justificaciones: la injusta prisión de su madre, el reto descomunal de corresponder al legado de Holmes, haberse criado en un contexto violento. Sin embargo, su renuencia a comportarse con mediana dignidad heroica desluce, o diríamos sabotea, sus buenas intenciones. Su comportamiento es errático, pero no al nivel sentimental, sino en su función de guerrera. Biribiri puede tener una conducta catastrófica y caprichosa (ergo, muy divertida) cuando se encuentra con Touma, escenificando una guerra de los sexos cómica. Pero cuando debe asumir la función de justiciera, su veta tsuntsun no interfiere. No resulta inadecuado para un relato que ateniéndonos a determinados momentos de tensión dramática, un personaje actúe de manera incorrecta, pues su equivocación abre cauces hacia el desarrollo argumental (un proceso de cambios), pero Aria no enmienda su predisposición odiosa a imponerle al resto sus designios. Esta simpleza de mente favorece al lucimiento de Shirayuki, quien le arrebata el foco de simpatía. Kinji había definido su trasfondo doloroso usando la metáfora del “ave enjaulada” y bastó para generar una captatio benevolentiae sin fisuras: una chica bondadosa, hogareña, amorosa, con múltiples talentos y para colmo bonita y delicada, no merecería por justicia poética recibir tamaño maltrato para prolongar una tradición, como tampoco tendría que sufrir el acoso de Durandal. No requerimos tampoco demasiada explicación para disfrutar la dulzura que cunde durante la escena romántica en la playa, en especial, cuando unos niños sueltan fuegos artificiales que Kinji confunde con balazos. La circunstancia replica el instante fundacional del enamoramiento de Shirayuki, el primer festival, la primera salida al mundo exterior. Este segmento contrasta por completo con la discusión entre los protagonistas que deriva en el alejamiento de Aria. Por desgracia, plantea otra relación de verticalidad, porque Hotogi se subordina a Kinji, supeditando también sus prioridades a esta jerarquía: ella decide sacrificarse antes que continuar exponiendo al amado. Según su lectura de la baraja, el muchacho se alejará pronto, por tanto, prefiere despedirse declarándole su amor y su agradecimiento, permitiéndole sobrevivir junto con Aria.

Me pregunto con frecuencia, ¿por qué las chicas como Shirayuki no protagonizan las series? Valentía y habilidades le sobra: pudo detener los ataques de Aria, la mejor Butei clase S e incluso la obligó a desistir por el cansancio. Sin duda, los estudios conocen sus mercados y las tsunderes además de ganarse un espacio entre los fanáticos, responden a ciertos requerimientos del público masculino, en concreto, apelan a un fetichismo (inconsciente para algunos) por los juegos de dominación y domesticación. Aunque en principio, las tsundere parecen atraer al sector más masoquista de la audiencia, también cabe una lectura opuesta: la fascinación que ejercen radica en la posibilidad latente de domar lo femenino, de sojuzgar lo inasible y misterioso. El desafío se agiganta si consideramos la bravura del personaje, pero mientras más complicado, más épico. El lead masculino que consigue subyugar románticamente a la tsundere, en términos de erótica patriarcal (en efecto, machista), reinstala el orden natural, donde una mujer no puede aspirar a poseer atributos masculinos ni cumplir sus funciones, a menos que actúe bajo la jurisdicción de un hombre. Sin embargo, existe una razón más funcional: las yamato nadeshiko suelen ser heroínas de segunda línea (amigas, competidoras, aliadas ocasionales) porque dentro del harén, no puede desarrollarse tensión suficiente que convoque el interés por seguir la evolución de la pareja. Si ambos se aman con honestidad, de forma manifiesta, no existe conflicto melodramático. La aceptación expresa y definitiva del vínculo debe retrasarse hasta el último episodio. Pero tampoco estas constantes negativas pueden entrar en contradicción con los acuerdos sentimentales anteriores. Por ello, entre todas las tsunderes de KugiRie, Louise y Aria comparten ese perfil a largo plazo insoportable e incongruente. Cuando menos, los actos de Shirayuki son consistentes, pero la pelirrosada no parece percatarse que pone en riesgo la vida de Kinji al utilizarlo como carnada para atraer a Durandal (porque, según ella, el jovenzuelo le sirvió para rastrear al villano). Sin duda, aparece en el momento providencial, como corresponde a una digna girl power, pero su actitud parece carecer de autocrítica, incluso pareciera enorgullecerse de exponer a su único amigo, otra prueba palpable que certifica su fracaso como heredera de Holmes. Ojalá el próximo episodio me contradiga u ofrezca un balance, en caso contrario, preferiría un duelo maniático entre Riko y Shirayuki que continuar tolerando esos pistoletazos tsunderescos.

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