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Hidan no Aria 6: Tsundere vs yandere

Esto puede terminar mal

A mitad de temporada, se encendió la chispa de la confrontación sentimental entre Aria, nuestra heroína pettanko y tsunderesca, y Shirayuki Hotogi, quizá la mezcla más explosiva de arquetipos en esta temporada: es osana najimi (amiga de la infancia), miko (sacerdotisa) guerrera, yamato nadeshiko (la mujer japonesa ideal, hacendosa, delicada y devota), posee el factor oppai y además ciertas tendencias yandere (amorosa hasta un grado psicópata) que, en lugar, de infundir miedo, incrementa su atractivo. Cuando dos personalidades fuertes se enfrentan involucrando en su pugna al interés romántico en disputa, la pelea puede derivar en catfight, salvo que ambas sean expertas en combate y entonces la lucha “a muerte” deje de parecer una simple frase hiperbólica, una metáfora, y se convierta en realidad, con cruces de armas, amenazas de asesinato, intentos de sabotaje, acoso, trampas y cubetazos de agua sucia. Aquí nadie se jala las mechas: un duelo de damas se resuelve afilando las katanas.

Remito a mi anterior reseña sobre Denpa Onna episodio 6 a quienes estén interesados en una definición más detallada del esquema tradicional de triángulo amoroso. Sin embargo, a diferencia de muchas series donde este modelo deriva en una lucha sin cuartel por acaparar al lead masculino, en Hidan no Aria las rivales cuentan con un plus mortífero: Shirayuki, como cabe sospecharse de una sacerdotisa que estudia en una escuela de mercenarios, posee habilidades sobrenaturales. A estas cualidades debe sumarse su propensión neurótica por defender y servir a Kinji con celo pernicioso, superior a la obsesión y la histeria. Por parte de Aria, como toda tsundere que se jacta de valiente y enérgica, es fácil de impacientar y suele mostrarse enojada, incómoda o puesta a la defensiva por default. No tarda en sacar las pistolas y utilizar su catchphrase para liberar su rabia. Ambas tienen la cabeza caliente, no escuchan razones y prefieren soluciones violentas. Por tanto, la guerra femenina entre la amiga de infancia y la heroína tosca se ahorrará las sutilezas y pasará directamente a la acción. Me refiero, al combate corporal, sin ambages, con clara intención de hacerse daño. En Denpa Onna, no había declaratoria, aquí ocurre todo lo contrario: Shirayuki se expresa abiertamente, incluso cuando admite sus fantasías calenturientas (como soñar que Kinji la “esclavizaba”), por tanto, manifiesta sin contenerse su intención de exterminar a Aria hasta recurrir a métodos asesinos. La pettanko twin-tail tampoco se queda atrás (“I’ll blow holes through you”), aunque le falte el apasionamiento de Hotogi, y asume este combate como tema personal cuando Shirayuki aprovecha que ambos se convierten en sus guardaespaldas para interferir con el “entrenamiento” de Kinji. Para observar mejor las diferencias con Denpa Onna, mientras que Erio y Ryuushi pelean tácitamente por llamar la atención de Makoto y “quitársela” a su contraria, en Hidan no Aria, la guerra es real, las chicas están armadas y destruyen casi todos los muebles y electrodomésticos de un apartamento enceguecidas por la pasión, la rabia o el orgullo. Sin duda, al vórtice se encuentra un desafortunado muchacho que soporta la presión de decidirse entre dos personajes que comprometieron sus sentimientos con bastante hondura: cualquiera sea la rechazada o la menos favorecida, terminará con el corazón destrozado y hacerle eso a alguien entraña una responsabilidad emocional, significa tener que cargar con el remordimiento. No suelo prejuzgar a los adolescentes protagonistas de series harem por no atreverse a tomar una decisión que implica herir a personas que aprecias. Ningún chico de dieciséis está preparado para ello, menos aún cuando conoces el doloroso background de Shirayuki (un ave enjaulada) y tratas de sopesarlo con el sufrimiento de Aria.

Como contracara, debemos recordar la proximidad entre eros y thanatos, entre deseo (vitalidad) y muerte. El amor puede representar un peligro o manifestarse de manera violenta, tanto que llega a resultar nocivo… para la salud. El tsunderismo lleva estas nociones a puntos más paródicos: una forma de expresar interés o comunicar los sentimientos es golpeando gratuitamente al lead masculino sin rendir otra explicación que su supuesta “perversidad”: aunque muchas veces, el castigo sea acertado, la tsundere lo hace por celos o vergüenza, no necesariamente por afán de justicia (apenas una excusa). Aria, típica tsuntsun, mandonea a gritos y pega cuando tiene ocasión, pero carece de muchos argumentos válidos (“las cosas son así porque lo digo yo”). Si muchos latinoamericanos estuviéramos confrontados ante la disyuntiva de Kinji, probablemente eligiríamos a Shirayuki: la conoce desde la niñez (lo suficiente para intuir sus virtudes y defectos, y para compartir vivencias), es guapa y bien desarrollada, muy cortés y doméstica, sabe cocinar, su amor es fervoroso. La chica perfecta para cualquiera que no fuese un sadomasoquista lolicon… hasta que emerge su lado oscuro de inclinaciones acaparadoras y destructivas que, valgan verdades, me cuesta calificar de yandere, porque su dulzura ayuda a morigerar sus impulsos homicidas, y porque el carácter de la serie (y del personaje, pues Shirayuki es aliada, no villana) conduce a tomar esas secuencias como segmentos de humor romántico. Estremecedor si lo trasladamos a la vida real, pero chistoso si nos ubicamos en el universo de arquetipos del anime, donde existe la violencia risueña incluso cuando puede peligrar la vida de alguien. En cualquier caso, se encuentra lejos del estándar de Kotonoha Katsura (School Days) y más cerca al modelo de doble personalidad tipo Miyako Miyazaki (BAMBOO BLADE). Sin embargo, Shirayuki no utiliza su lado blando como una máscara para reinsertarse en la sociedad ni como contrapeso a su pasado delincuencial. Tanto la lindura como la oscuridad son intrínsecas a su carácter. Esto la asemeja también a Maika Yoshikawa (Magikano), la imouto que utiliza técnicas subliminales para mantenerse unida a su hermano y se convierte (ojalá que metafóricamente) en Godzilla cuando alguien se atreve a seducirlo. Shirayuki concentra los tópicos ideales del deseo, pero esa perfección se interrumpe cuando advertimos sus chispazos de desequilibrio psicológico. Me divierten estos personajes que contradicen una estructura modélica con algún detalle exageradamente fuera de lugar. Luce indefensa y se presenta ante Kinji como subordinada, en posición de inferioridad. Sin embargo, podría matarlo si le antojara. Probablemente Shirayuki nos parezca simpática gracias a estos matices, incongruencias y contrastes, es decir, la mezcla.

Como sus antecedentes en series con binomios tsundere-héroe renuente (Saito en Zero no Tsukaima, el ejemplo más preciso), es probable que Kinji termine aglomerando un harem de competidoras para la heroína titular. Aunque la atracción de Riko por el protagonista sea engañosa, la tensión sexual que transmitía era indudable. Tengo semejantes expectativas por Ren, pues una dandere es infaltable en estos tiempos, con mayor razón si hablamos de una francotiradora badass. Otro asunto menor que prefiero discutir en la próxima reseña porque seguro disfrutaremos del espectáculo de porristas en el festival sería los motivos de chicas como Shirayuki para tenerle miedo a lolis menos atractivas como Aria. Suena tonto para quienes están inmiscuidos en la iconografía del anime y sus paradigmas de erotismo, pero nunca nos preguntamos qué hay detrás. Volviendo sobre los conflictos románticos, como buen punto de disputa de cualquier harem, para Kinji la bendición de rodearse de mujeres hermosas se convierte en pesadilla cuando estas muchachas beligerantes destruyen la tranquilidad de su vida solitaria e intentan imponer sobre sus interpretaciones sobre la Realidad (Shirayuki se ofrece a mostrarle sus senos para “compensarle” y Aria asume por equivocación que nuestro héroe es un libidinoso). En cuanto al vínculo entre las contendoras, recordando nuestras precisiones sobre el deseo triangular en Denpa Onna 6, Hidan no Aria exhibe una dinámica bastante particular, porque para Hotogi, Aria no representa un modelo de imitación que designe el objeto de deseo, pues ella la precede como osana najimi (en términos de catfight, “ella lo vio primero”). En cambio, encuentra en la enana una interferencia a cierta fantasía que alucinaba real (una vida en común con Kinji, que Shirayuki diseñó como preámbulo a una suerte de vida marital). Por tanto, la sacerdotisa de combate está liberada de los efectos del deseo mimético. Quien sucumbe es Aria, pues su inseguridad y terquedad elementales son caldo de cultivo dispuesto para la influencia simbólica. Shirayuki se encarga de provocarla, pero juzgo significativo que nuestra protagonista tomase la iniciativa de espiar a su rival para descubrir su punto débil y vengarse, además de sentirse desplazada cuando Kinji consuela a Shirayuki (porque, habiendo aparecido “tarde” en comparación con Hotogi, el desbalance en cuanto a complicidad genera esa sensación de exclusión) y enojarse porque pilla al héroe en una situación comprometedora. Sin embargo, ambas incurren en el error adolescente de convertir la competencia por conquistar a Kinji (o preservarlo como socio, si acaso creemos que Aria solamente lo quiere como partner) en una batalla sin cuartel por eliminar al contrario. Existe una enorme diferencia entre una competición (buscar la consecución de determinada meta respetando al oponente) y una guerra (concentrada en la destrucción del Otro).

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