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Ore no Imouto ga Konna ni Kawaii Wake ga Nai 10: Meruru se convierte en una bruja maligna (Befriending)

Kanakana y los oscuros secretos de la industria

“Revelar” se convirtió, sin duda, en el verbo por antonomasia de 2010. Más pronto que tarde, la sociedad de la información, donde convergen todos los mensajes y rebotan todas las voces, le atestaría la primera estocada malhiriente a la sociedad del espectáculo. Para explicarlo mejor: entre 1945 y finales de los noventa, los electrodomésticos omnipresentes y más influyentes fueron la radio y luego el televisor. Sin embargo, ambos privilegian sistemas eminentemente monológicos. El televidente se sienta y consume: no dialoga. No importa cuantos canales de cable te ofrezca tu proveedor. Internet transformó el panorama pero instauró la duda sobre esa forma de componer la imagen pública que impuso la televisión (que suele llamarse “farándula”). No solo hablamos de artistas, sino toda clase de ídolos… nadie es real en pantalla, la sospecha de farsa es generalizada. Este episodio de OreImo se burla de cuán estafadores e hipócritas son, a nuestro juicio contemporáneo, las estrellas o personajes que las encarnan. Acceder al show-biz y conquistar al público implicaría mentirle, hasta el extremo de despreciar a los fans, fingir valores que no defiende, mantener una doble vida. Los espectadores exigen del sujeto público un mínimo de coherencia entre sus palabras, actos y actitudes “televisivas” y su comportamiento privado, una autenticidad que retribuya la devoción de quienes lo apoyan incondicionalmente. En otras palabras, nadie (salvo algunos otakus enajenados incapaces de discernir la diferencia entre 2D y 3D) le exigiría a la seiyuu o cosplayer que representa a Nanoha que piense como su personaje o actúe como una loli las 24 horas del día, pero es indispensable que respete la serie, sus características, el submundo del anime, y especialmente, con mayor razón, al grueso de admiradores que disfrutan su trabajo.

Meru meru meru meru meru meru me

Con Kanako, la plena sinceridad es un asunto de matices. En resumen, este episodio continúa la línea del anterior en cuanto a escaso aporte al desarrollo del argumento, pero amplia puesta en escena y crítica del entorno que rodea al manganimé, los eroge y productos derivados. Antes se tematizaba el juego como actividad cultural icónica, cuya estructura se desplegaba sobre la vida misma, y ahora se cuestiona la ilusión acrítica que lamentablemente genera ese mercado de apariencias e idolatrías pasajeras construido en torno del anime y que aporta un sustento económico a la industria: aunque el cosplay sea, en principio, una actividad supuestamente libre, para los creadores, este tipo de concursos que retrata el capítulo son parte de una estrategia de márketing que congrega a consumidores adeptos para asegurar su fidelidad como clientes. Ser fanático del anime implica ingresar en un mercado, es decir, en un sistema de intercambio de valores y bienes (en este caso, culturales y materiales): los puntos de encuentro que definen la identidad otaku son zonas de concentración comercial, como Akihabara. Pasear y comprar son operaciones grupales básicas. Esos mismos espacios abrigan espectáculos promocionales, con premios, regalos, ofertas, conciertos, firmas de autógrafos. Sin embargo, me pregunto cuántos aficionados serán conscientes de la necesaria dependencia entre su pasatiempo y un sistema de mercancías, pues el desafío que planteaba la sociedad del espectáculo no radicaba en la existencia del mercado (un hecho inevitable), sino en cuán capaces éramos de discernir su presencia y sus efectos. Cuándo un cantante pop es apenas un empaque vistoso sin talento musical, cuándo valen los escándalos de una actriz en comparación con su calidad interpretativa, cuándo un político es mera simpatía y poco contenido programático.

Mientras la mayoría de otakus sean ingenuos y carezcan de mentalidad crítica (1), más idols wannabe como Kanakana sacarán provecho de su supina ingenuidad. No obstante, si participar del debate en internet puede vacunarnos contra la aceptación indiscriminada de cuanto pretende vendernos la sociedad del show-biz, se insinúan retos que OreImo parece haber constatado: cuando Kirino ingresa al blog de fans de Meruru se entera del toletole que armó Kanako en plena calle. La apariencia se quiebra y debajo solo hay el rostro grotesco de una chiquilla engreída peleándose con la policía. La ilusión no dura siquiera seis horas porque la superautopista de la información está constantemente derrumbando nuestras certezas. A muchos otakus extremos, esa imagen les parecería una desacralización imperdonable de la impoluta imagen de Meruru, pero le tomarían fotos atraídos por el encanto lolitesco de Kanako, del mismo modo que Kuroneko se manifiesta agredida porque arrinconaran un DVD de Maschera en el cajón de remates (sí, la pila desordenada que todos manosean) pero termina comprándolo con fascinación. Desde luego, OreImo es comedia y fallaría si intentase problematizar dramáticamente estos asuntos. Kanakana-chan tampoco es malvada, a pesar de su insoportable egocentrismo. Adora su vocación de show-woman, entiéndase, de idol, aunque el anime no fuera no rubro (quizá busca algo menos weird). Quisiera mostrarme comprensivo y perdonarla porque, teniendo esas ambiciones de fama (ha asistido a castings), observa con sana envidia cómo sus mejores amigas inician una carrera como modelos mientras ella parece quedarse rezagada.

Un consejo para Kyousuke: cómprate un seguro de vida antes de meterte con chiquillas de secundaria, en particular si trabajan en modelaje. En ambos casos, se celebra el retorno de Ayase haciendo el esfuerzo por comprender el hobby de Kirino y negándose a disfrazarse de cierto personaje sexy, pero también se festeja la épica cachetada de Kiririn-shi cuando su inconsciente hermano tocó -quizá- una fibra sensible. Asumiendo, claro, la negación del ferviente brother complex que intenta maquillar la imouto: esta ocasión los golpes fueron merecidos, graciosos, una delicia tsunderesca.

Ayase continúa siendo, pese a su redención en este episodio, el personaje más enrevesado de la serie. Suele achacarse la frivolidad de muchas catorceañeras que no admiten nada distinto a sus parámetros de normalidad y pretenden aislarse de la “suciedad” del mundo creyéndose superiores porque siguen las reglas que difunden sus interlocutores estéticos (las revistas de moda, los reality-shows de MTV, los artistas del momento) que aunque jueguen a liberar el espacio de la sensualidad, son conservadores frente a aquello que escapa a sus lineamientos. Kirino, a diferencia de Ayase, ha aprendido a convivir con su faceta otaku gracias a su contacto con Kuroneko y Saori, y parece importarle poco ponerse la camisa rosada y mezclarse con una horda de fans enfervorizados. Peor aún, considerando el sustrato lolicon de Stardust Witch Meruru, en lugar de preocuparse por su integridad física, a Kiririn-shi le molesta no poder participar en el concurso porque no se parece a ningún personaje y la convencedora actuación de Kanako le produce una nada femenina hemorragia nasal (la última pervertida con gracia que recuerdo era Takako-senpai de Kannagi, una potencial fujoshi que sufría de nosebleeds). En cambio, Ayase es incapaz de aceptar por completo ese submundo festivo del manganime y continúa condenándolo desde sus prejuicios, sin embargo, sería mezquino negarle su esfuerzo por acercarse mejor al pasatiempo de Kirino y quizá aprecie secretamente a Kyousuke. Incluso -o diría, con mayor razón- en Japón, ser otaku es signo de degradación debido a las publicitadas excentricidades de algunos extremistas, pero tampoco puede generalizarse el descrédito y menos aún, aceptar los motivos que fundamentan ese desprestigio. Lo mejor de OreImo, en contraste con series de propósitos afines, como Nogizaka Haruka no Himitsu o Genshiken, es confrontar un problema social con cierto grado de ironía y amabilidad, bastante inocente, pero crítico con el mismo sistema que provoca esos choques ideológicos. Mejor dicho, aunque se venda como una comedia condimentada de siscon y metatextualidad, se permite introducir conflictos tan absurdos como reales en personajes como Ayase o Kanako que representan a infinidad de estudiantes de secundaria que desprecian el anime y en general, se apartan de cualquier temática geek (o nerd, vamos, aunque ahora esta palabra suene ochentera y oxidada) porque no es fashion ni cool. Es falso e idiota, pero sus consecuencias son reales.

Y en nuestro próximo episodio de OreImo: Kate starry/night UNLICENSED BLADE WORKS

(1) Tampoco confundamos la saludable actitud crítica (interpretar cada producto de acuerdo a su contexto e intencionalidad) con ese vicio hipercrítico que cunde entre ciertos reseñistas y comentaristas que desprecian radicalmente aquellos productos o géneros que no concuerdan con sus gustos.

4 comentarios

  1. Sertorio

    Hace unos años, la novia (la que tenia en ese momento) me comento impactada, como a una de sus mejores amigas le había indignado la idílica boda: iglesia pequeña de madera en lo alto de una loma, cubierta de hierba y cuajada de florecillas silvestres, vestido blanco de seda con encajes; de su cantante pop preferida (esta que trajo de vuelta la periódica moda de la corbata en las mujeres… en las jóvenes).
    Le pareció, a la amiga, una traición a todo lo que ella representaba.
    Mi ex, no podía creer lo ingenua que era su amiga. A mi tampoco me sorprendió.

    Cierto que todos deberíamos de saber que la imagen publica, y la real, no tienen porque coincidir, y cuando hablamos de estallas del pop, ni te digo… a los 15 años te pesca un cazatalentos, y desde entonces cumples las ordenes de tus superiores a ciegas. El juramento de vasallaje “seré fiel y sincero para con mi señor, amere todo lo que usted ame, abominare todo lo que uste abomine” se queda corto. Ni ama ni odia, es prácticamente un robot.
    El mundo de las Idol niponas, es peor aun… si se descubre que te echas novio, termina tu carrera etc.

    En este capitulo vienen a parodiar todo lo “idol” que se mueve en rededor del mundo otaku:
    ¡Olle! ¿Te ha gustado tal anime, su diseño, sus narrativa, sus doblajes…? Pues se feliz, pero no te creas que nada de eso es real, y al llegar al nivel del cosplay, o de la idol que amen de cantar el op en el anime lo canta en sus conciertos. Lo mismo, disfrútalo, pero no te creas que la cosplayera es Misato Katsuragi.
    Pero vamos, conozco personalmente a una zagala que ha ganado varios concursos de karaoke en japones, en eventos en Madrid, pero no he podido ver en directo una representación como la de este capitulo.

    Las personas nos dejamos engañar fácilmente por ser un poco más felices, pero esa felicidad es falsa y puede ser nuestra perdición.

    Desgraciadamente este tema tan elemental para los que aquí comentamos, no debe serlo tanto, ¿recordamos una serie que se paralizo por la furia de unos fans cuando descubrieron que su amado personaje principal había tenido novio?

    14 diciembre 2010 en 13:02

  2. Spidey_87

    Es lo que suele pasar cuando se analiza un fenómeno desde la óptica de un ente externo al ambiente en el que éste se presenta. Si bien, no podemos dejar de tomar en cuenta que como aficionados, estamos predispuestos a un sesgo en nuestras observaciones cuando no estamos acostumbrados o entrenados para dar una opinión crítica y fuera de las preferencias y gustos personales.

    @Sertorio, concuerdo contigo en varios aspectos, el anime (o en un plano más amplio, los hobbies en general), puede ofrecer a los espectadores una puerta abierta a una realidad virtual. Un momento en el que se dejan de lado tensiones, problemas, prejuicios, tabús, etcétera; con tal de divertirse por un rato. La diferencia radica en el hecho de que el aficionado es consciente de la función de su hobby como “distractor” o “actividad lúdica”, y el fanático lo mira como una “vía de escape” que sirve para evadir su confrontación con aquellos agentes de la realidad que le provocan tensión o estrés.

    Ni que decir de los ejemplos citados (Caso Hirano Aya sólo por decir uno), no creo conocer lo suficiente la estructura de la sociedad japonesa ni la dinámica de su imaginario social como para aventurarme a criticarla de netamente consumista, aunque ciertamente cabe mencionar que el show-bussinnes se encarga de alimentar esos prejuicios y estereotipo de los que más tarde se queja. ¿La solución? sería necesario algo más que un cambio en la forma en que las familias crían y educan sus futuros ciudadanos. Para bien o para mal, esos cambios -si llegan a darse- llevan tiempo, y no se manifiestan de una generación a otra.

    Excelente review y análisis. Saludos

    15 diciembre 2010 en 02:07

  3. Sertorio

    Al final llegamos a la conclusión de que este tipo de problemas suelen tener su raíz más profunda de lo que se creen muchos.
    En la educación dada en la familia, y en la educación recibida de la sociedad (entendiendo que cada familia es única, y que “la sociedad” no es continua a lo largo del tiempo ni del espacio, incluso dentro ya no de una región, sino de una ciudad, existen diferencias sociales de unos barrios a otros etc.) pero claro arreglar eso es mucho mas difícil.

    En el manga se ven, faldas demasiado cortas, situaciones de terrible tensión sexual… que rara vez terminan para no pasar a ser un hentai, donde todo vale. Repito TODO vale.

    Esto, antes que nada, es el reflejo de una sociedad con una fuerte represión sexual, pero no es la causa, tan solo es un síntoma más. Y dicho sea de paso, un síntoma que no es especialmente malo. Puede ser un síntoma que en determinado individuos derive en algo que si es malo, pero lo dicho el problema viene de antes.

    En un segmento social con un alto grado de satisfacción de su sexualidad (tal y como la entienda cada individuo, y eso incluye la ausencia de sexo, si el individuo en cuestión lo prefiere así libremente), puede que exista o no una cultura visual como la arriba descrita. Pero no habrá ese tipo de problemas de depravadillos, de los que tanto se habla en este anime.

    Por otro lado, el cambio en la educación familiar, y en la sociedad, tiene que ser coherente uno con el otro. La existencia de demasiadas diferencias entre ambos, no produce nada bueno. Rebeldía sin causa en uno de los casos extremos; aislamiento social, y creación de pequeños getos, en el otro.

    El ejemplo del sexo es muy claro, unos mozos y mozas, pueden haber recibido una gran educación, y tenerlo muy claro, pero si la no se lo ofrece, los estigmatiza y rechaza, el problema es casi igual de grabe, que cuando tanto la educación personal como social estaban mal.

    15 diciembre 2010 en 12:22

  4. oroki

    Que tal? He estado siguiendo algunas de tus reseñas en esta temporada, especialmente las de OreImo. Me pregunto si vas a hacer las de los últimos dos capítulos.

    Saludos

    6 enero 2011 en 18:39

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