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Yosuga no Sora 9-10: Fuego incestuoso

Con ustedes, el protagonista masculino más patético de la temporada de otoño

Suelo jactarme de acertarle al blanco cuando elijo series para bloggear y quizá hasta entonces, solo la segunda temporada de Nogizaka Haruka me había provocado disgustos: sin embargo, continué reseñando porque detesto dejar inconclusa una tarea y porque sigo encariñado con el personaje. A falta de dos o tres episodios, de nada serviría que droppeara Yosuga no Sora, e incluso considero que comentarla servirá para denunciar las fragilidades de un planteamiento narrativo insostenible: la adaptación de galges en arcos dependientes de un relato troncal, pero separados por save points, todo en apenas doce o trece capítulos, en desmedro del ritmo, mermando la interiorización del drama y banalizando del recurso al erotismo. Encabezando este disparate, tenemos al Shinji Ikari del melodrama.

Los ubicuos döner kebab fueron el único detalle que salvó el noveno episodio del bostezo. Akira siempre se encarga de introducir la nota brillante para evitar el sopor letárgico: lástima que este espíritu risueño fuera eclipsado y aplastado durante la mayor parte de su arco. Cuando salí del Perú rumbo a Suiza, ignoraba que existiesen estos célebres sandwiches turcos, endémicos por toda Europa: en Ginebra aprendí cuán demandadas y exitosas eran estas piezas de fast food. Toda ciudad cosmopolita que se precie debe poseer -mínimo, me imagino- unos quince o veinte restaurantes de kebab, cuya sola apariencia me causa retortijones con las debidas disculpas a mis amigos de Estambul. Probablemente solo Akira podría convertir ese emparedado de carne laminada y vegetales en un bocadillo moe apelando a su capacidad de transmutar el absurdo en indescifrable poesía infantil.

Se percibe una desarticulación entre el final del episodio octavo y el arranque del noveno. Pareciera que después del evento playero, la actitud de Haruka hacia Sora se enfriara hasta invertir la dirección del enojo, como si olvidara el motivo que desató el conflicto y se atribuyera suficiente autoridad moral para condenar la conducta de su hermana hacia Nao-chan. Las reacciones y ademanes de Haru-kun son improcedentes porque, como personaje, está diseñado para fracasar, causar lástima, generar antipatía por su incapacidad de asumir a plenitud su responsabilidad como héroe. En cambio, juguete del torrente dramático, prefiere dejarse arrastrar por ese tedio taciturno común a los cuatro arcos. Los partícipes del triángulo amoroso se pasan dando vueltas en círculo en torno a sus lamentos y penas, sin atreverse a manifestarlos con claridad. Esta circunstancia es característica del melodrama, pues la concentración de los puntos de tensión máximos para su revelación en el último episodio es una fórmula clásica del suspense; sin embargo, en otras series los personajes luchan con resolución contra la tentadora amenaza de refugiarse en la melancolía. En Yosuga no Sora, cualquiera fuese el trauma, resquemor o traspiés que comete el protagonista o la heroína de turno, la pesadumbre se cierne sobre su razonamiento y su voluntad tornándolos monigotes sentimentales que sufren por vocación. Haruka encarna las peores deficiencias de esta hipersensibilidad tremendista: es indeciso, nada inteligente, poco viril (pero presentado como el súmmum de la belleza masculina), incapaz de confrontar con sinceridad tanto a Sora como a Nao-chan, y cuando se somete a comparación con otros lead masculinos de series harem, pierde ante gente usualmente reconocida como “fracasados, torpes, pervertidos sin sex appeal” (aka Keitaro Urashima) porque estos son sometidos a un proceso evolutivo y -perdónese la expresión- muestran cojones cuando el contexto lo exige. Haruka continúa siendo cíclicamente patético y redomadamente pasivo mientras alrededor “sus” mujeres son ejecutantes activas del verdadero drama confrontacional. Nuestro vulnerable cherry boy parece exportado de algún dramón yaoi de cuarta categoría: sus únicos ejercicios habituales son sufrir y fornicar. No puede siquiera tomar la iniciativa cuando su enfermiza hermanita huye de casa. Debe ser su novia quien lo despabile de su complacencia depresiva.

No obstante, es justo acotarlo, el tête-à-tête entre la imouto y la senpai+oppai+girlfriend+osana-najimi fue rescatable a pesar de su ridícula resolución (emplear la Naturaleza como Deus ex machina para forzar una situación heroica que cure de rencores y miedos a Sora-chan). Aunque Nao comparte la sosa sensiblería de Haruka, al menos es capaz de cometer un temerario acto de valentía para reblandecer el corazón de su arisca cuñada. E incluso cuando parecían abusar de la relamida simpatía cósmica (la tormenta eléctrica durante una escena de intensidad emotiva), el rostro de Sora surcado por gotas de lluvia que suplían a las lágrimas justificó esa atmósfera turbadora, ideal para un instante de crudo enfrentamiento verbal. Sora-chan es pequeña y endeble, pero sabe cuándo enseñar los colmillos y desplegar las garras. Gracias a este contraste, sería el segundo personaje que rescataría del marasmo de Yosuga no Sora: sus sentimientos se manifiestan con una autenticidad, incluso cuando es malévola, resentida, despectiva o abúlica. Actúa con atrevimiento y consecuencia, sin importar qué opinemos sobre sus motivaciones (enfermizas si interpretamos esa posesividad como pánico a enfrentar el abandono), y sorprende que comparta elenco con chicas como Kazuha o Nao, benévolas, amables, incapaces de admitir sin pudor su faceta más oscura. Sora debía ceder porque Nao protagonizaba el arco, pero si feel hubiese optado -como en Da Capo- por una estructura lineal de relato unitario, el careo con la noviecita impertinente habría provocado otra clase de rayos y centellas.

Desde luego, el episodio culmina con fanservice erótico nada sugestivo, sino crudamente sexual. Quienes no soportan los comentarios fuertes o nunca han visto hentai o incluso pornografía 3D pueden abstenerse de continuar leyendo, pero me pregunto si acaso existe un fetiche particular, inducido por la industria del erotismo, respecto a la posición técnicamente conocida como more ferarum. Me comentan los “hentaiólogos” que probablemente genere una identificación instintiva (en otras palabras, que despierte nuestro lado animal) o porque el hombre posee mayor control sobre el cuerpo femenino. Cualquiera fuese la respuesta, Haruka siempre termina recibiendo una recompensa carnal que no merece (partiendo desde la lógica fallidamente falocéntrica del relato, que objetiviza a las mujeres como si fueran preseas, aunque muchos bishoujo games se erigen sobre esta base ideológica).

El décimo episodio, primero exclusivo del arco de Sora, deriva del segundo episodio común entre Sora y Nao, es decir, del episodio 7, después del beso de piscina entre nuestro lamentable protagonista y la acuática meganekko. Es probable que Sora-chan reciba un episodio extra siendo la principal atracción de la serie o se planteen dos ends diferentes (11 y 12), del tipo bad-end y good-end. Estos últimos dos arcos poseen además una característica que los hermana: el voyeurismo. Los encuadres están planeados para acompañar la mirada de Haru-kun cuando contempla con poca inocencia a su hermana tumbada semidesnuda en el suelo o rascándose una pierna (el movimiento de la mano concentra la atención), reproduciendo la tensión hormonal que desestabiliza a Haruka, desorientado por la actitud agresiva y sugerente de Sora-chan y empleando su relación con Nao como paliativo contra sus impulsos incestuosos. Este falso disimulo es expuesto mediante una perspectiva que pretende simular la distracción del personaje por sus debilidades adolescentes, convirtiendo al espectador en un voyeur del deseo ajeno. Sin embargo, la actividad del mirón también es puesta explícitamente en escena cuando Haruka se acerca de noche a contemplar la intimidad de Sora-chan, asumiendo a plenitud la función de intermediario visual entre el estímulo erótico y un público que hurga a través de esa misma rendija, asimilándose a esa especie de cámara subjetiva. Cuesta interpretar qué motiva las lágrimas del muchacho, pero considerando cuán pusilánime suele portarse, quizá Haru-kun no soporta la pugna interior provocada por su conciencia del tabú mientras fisgonea los retuerzos onanistas de su hermana porque lo excitan y desea saciar esa pulsión prohibida. Acorralado sin respuesta, paralizado de miedo y placer, no atinó siquiera a avergonzarse y alejarse de la puerta: esta lentitud para reaccionar y escasa claridad para actuar sin hundirse en un fárrago de dudas serían ideales para un personaje con rollos existenciales en una serie que proponga cierto grado de densidad filosófica, sin embargo, 1. Yosuga no Sora intenta venderse como melodrama banal y 2. Haruka no parece siquiera muy inteligente ni posee un discurso trágico sobre la vida: es apenas un llorón indeciso.

La ahora (tristemente) célebre secuencia de masturbación de Sora, para mi sorpresa, estuvo mejor ejecutada que el resto de incontables escenas calenturientas (léase, las cabalgadas de Haru-kun y su pareja ocasional) y solamente censuraron dos tomas. Descentrar el rostro para privilegiar el cabello desparramado sobre la cama le valió un toque de finura insospechada, pero no salvó al episodio 10 de la imbecilidad crónica del protagonista quien se encarga de arruinarle una tarde de cita a Nao-chan, pues además de quedarse dormido sobre su hombro a mitad de la película, su obstinación irreprimible por Sora le impidió concentrarse en su propia novia. Movido por la culpa de haberle mentido a su hermana para encontrarse con Nao, se dedica a comprarle cosas a Sora, y resulta perdonado porque la indulgencia y credulidad de su enamorada se confunde con su talento para la bobería sentimentaloide. La mera idea de sincerarse con Sora asusta a Haru-kun hasta aminorarlo moralmente, pero tampoco se atreve a contarle la verdad a Nao-chan, a quien considera su tabla de salvación ante el deseo. Este arco desplaza la atención romántica del protagonista reduciéndolo a hipócrita entrampado por una relación engañosa, no sostenida con honestidad, sino como recurso contra otros anhelos. La entusiasta y redimida Nao tendrá que someterse a la desilusión y será víctima de un injusto infortunio en caso Haruka decida romper su noviazgo y aclararle las causas. Esta circunstancia es inevitable pues el arco de Sora depende del mismo troncal del arco precedente, sin embargo, la dependencia emocional es ahora transformada en deseo incestuoso y la grácil imouto no renunciará fácilmente a la posesión del onii-chan aunque Nao pretenda un acercamiento amistoso. La declaración de guerra permite -si cabe algún aliciente para continuar viendo Yosuga no Sora- disfrutar de la suculenta malicia y los agresivos celos de Sora-chan.

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