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Ore no Imouto ga Konna ni Kawaii Wake ga Nai 3: Papa, don’t preach

Aléjate de la tentación

Incesto for the win… O cuando menos una pizca de tsunderismo imouto incluido el adorable susurro de “aniki” como recompensa al sacrificio del heroico Kyousuke por defender la afición de su hermana. Aunque la serie emplee como condimento esas vibras de sugestividad wincest para incrementar el incesante flujo de ternura, en concreto nos ofrece un cautivador retrato de solidaridad fraternal bajo la figura clásica de la atracción entre opuestos. Kirino, usualmente orgullosa y prepotente, debió agradecer el apoyo de Kyousuke casi convirtiéndose en esa hermana dulce, sonrojada y sumisa que puebla las fantasías del eroge. Mérito para la valentía del onii-chan que clava su primera flag.

Cuando un personaje decide emprender una doble vida o enmascararse para satisfacer los estándares sociales, cabe cuestionar cuán auténtica es la identidad falsa que proyecta hacia la comunidad. El caso de OreImo sería una versión clasemediera y menos idealizada de Nogizaka Haruka no Himitsu. Mientras que Kirino conjuga las facetas de estudiante ejemplar, deportista notable y modelo de revistas, su personalidad jactanciosa y soberbia contrasta con la delicadeza aristocrática de la multimillonaria heredera de los Nogizaka, pianista de renombre, ídolo del colegio y dechado de virtudes. En ambos casos, el sujeto público se caracteriza por la excelencia, una perfección definida y sancionada por los preceptos de normalidad social: son personas extraodinarias porque encarnan los ideales de esplendor que el discurso colectivo consagra. Puede sonar paradójico, pues si alguien es considerado superior, admirado e idolatrado, dudaríamos en calificarlo de “normal”, pero no confundamos normalidad con medianía. Lo normal consiste en determinados valores que la sociedad privilegia imponiéndosela a sus hijos. Quienes cumplen con esos parámetros a plenitud se convierten en paradigma para los demás, en ejemplo de comportamiento, de cómo seguir la norma. Los únicos extra-ordinarios de verdad son aquellos que desafían el orden y viven su vida de espalda al molde que otros desean aplicarles, como Saori, Kuroneko o cualquier otaku. Sin embargo, para Kirino y Haruka, desprenderse del imperativo social se torna más complicado porque ellas encarnan, en facetas distintas, el cumplimiento de las expectativas sociales, por tanto, están obligadas por su entorno a actuar como modelos de perfección estética y buena conducta, sea tradicional (yamato nadeshiko) o moderna (fashion). Deben cargar con un peso estructural que termina por coaccionar la manifestación de sus auténticos deseos.

Una persona común puede “desviarse” con más facilidad porque solo está conminada a obedecer las reglas, no a personificarlas. Aunque Kirino parece más interesada que Haruka en preservar esa imagen pública, ambas temen al ostracismo como castigo, la Inquisión ejercida por todos los niveles de la sociedad, empezando por el núcleo familiar. Para defenderse, su modus operandi es idéntico: el ocultamiento, la relegación al plano subterráneo del elemento desviante (dentro del clóset, que adquiere aquí una dimensión simbólica y literal) mientras se exhibe en la superficie una fachada de normalidad. Sin embargo, para el sujeto, para Kirino, ¿existe negación, incompatibilidad rotunda, entre ambos espacios? Cuando Kuroneko le preguntó por qué asistía a una reunión en Akihabara vistiendo de manera tan “atractiva”, la imouto responde “These clothes are me”. Su condición de otaku no niega su otra dimensión personal, como adolescente fascinada por la moda, sensible a diferentes concepciones de belleza. El modelaje y las buenas notas no consisten en una fachada artificial para defenderse del acoso social, sino auténticas derivaciones de su personalidad. No obstante, existe otra reservada al fuero secreto, no porque ella haya escogido acallarla, sino porque la sociedad no consiente como compatible la identidad otaku con la calidad académica, moral, estética e incluso ni siquiera con la normalidad psicológica. A este prejuicio parece apelar el padre de Kyousuke y Kirino para calificar la mercancía que adquiere su hija como “inútil” y “corruptora”. El modelaje le suena menos peligroso porque supone reconocimiento social, prestigio, un salario, una ocupación remunerada con posibilidades de ascenso. Aunque le incomode reconocerlo, se siente orgulloso de encontrar fotos de su pequeña impresos en encartes y magazines, al extremo de recortarlos y conservarlos en un álbum. En cambio, la cultura otaku, en opinión del señor Kousaka, somete a riesgo la pureza espiritual y mental de Kirino, pues la conduce a internarse en terrenos de moral inapropiada para una jovencita (el aparato discursivo de la lógica conservadora), en concreto, el segundo gran tema de OreImo: el sexo. La inutilidad es perniciosa y pecaminosa para una nación que exalta religiosamente la eficiencia.

Para Kuroneko, la belleza de boutique es irreconciliable con la marginalidad que muchos fanáticos del manganimé asumen como seña identitaria. Kirino quisiera poder conjugar su afición al eroge y Stardust Witch Meruru, su trabajo como modelo y sus cualidades de estudiante, sin desmedro de ninguno. Disfruta posando ante las cámaras con una sonrisa luminosa y fresca (puntos extra por el descarado pantsu service), ha obtenido premios en la escuela y aseguran que batió su propio récord en atletismo. Debo felicitar al equipo de AIC Build por el minucioso diseño de personaje. Adornaron la figura de Kirino con detalles visuales que tornan verosímiles sus rasgos de personalidad: un vestuario surtido, juvenil (minifaldas, shorts, botas, camisetas de colores radiantes, accesorios), nada de frills ni gothic lolita (percibidos como cosplay), ni tampoco vestidos anticuados hasta el tobillo. Me encantan sus esmaltes de uñas en verde o esmeralda y cómo consigue equilibrar las tonalidades de rosado con los matices de aguamarina o celeste. Kirino representa ese universo de refinamiento urbano, pero también quiere integrar a su vida, en libertad, su fascinación por el moe-ness, esa estética considerada monopolio de consumidores masculinos pervertidos o neets sin oficio ni beneficio. Los consejos de Kuroneko y Saori siembran el anhelo de reconducir su vida con mayor honestidad, o mejor dicho, con menos miedo. Entre “It’s stupid to care about other people think” y “As long as I do everything else properly, it doesn’t really matter what hobbies I have” media una distancia ideológica: Kuroneko asume una actitud más descreída, en franca ruptura con la sociedad, mientras que Saori defiende la separación entre espacios públicos y privados. En ambos casos, el individuo sería el único facultado para definir su conducta, limitando o dejando aparte las falsas sanciones de la colectividad.

Kyousuke recurre al argumento de Saori para defender a Kirino ante su padre, pero primero debía constatar si su hermana estaba dispuesta a levantar ese velo y luchar por su derecho a disfrutar libremente de sus aficiones. La conversación en la fuente de soda requiere interpretarse con astucia. Kyousuke se ubica como abogado del diablo, o como vocero del discurso a refutar, aguardando que Kirino tenga el valor de contradecirlo con voluntad férrea. Su estrategia es sencilla: tratar de debilitarla mencionándole las falsas comodidades que conlleva renunciar a su devoción otaku. Primero, la armonía familiar: su padre se tranquilizaría y -suponemos- se reimplanta el orden “natural”. Segundo, su propio sosiego: abandonando por completo ese submundo, se ahorra la urgencia de ocultar un aspecto consustancial de su identidad que podría acarrearle la postergación social. Finalmente, la perfección: anime y eroge solo estropean la imagen de esplendor prototípico que millones de chicas envidian. Cuando Kirino declara su amor por los videojuegos, Kyousuke contraataca tratando de provocar una reacción más enérgica. Su propósito original es incentivar a su imouto, no aconsejarle ni servirle en bandeja la fórmula mágica. Tampoco hablarle de libertad ni inspirarle valor, sino conducirla mediante una discusión a convencerse ella misma de cuánto adora su hobby y afirmar con coraje que enfrentará a su padre. Entonces, como buen onii-chan y porque ha demostrado un manejo persuasivo de recursos retóricos más eficaces, Kyousuke se ofrece a encargarse del negocio sucio. De nuevo, el muchacho se enfrasca en una batalla dialéctica, aportando pruebas que dinamiten las inflexibles objeciones del señor Kousaka. Aunque, como argumentador, apueste por maniobras emotivas antes que racionales, si tomamos en cuenta la terquedad de su oponente, es elogiable su decisión de abordar directamente la ofensiva e incluso rompiera la barrera del respeto con actitudes agresivas, planteando una atmósfera masculina, “de hombre a hombre”, para la discusión. De otra manera, su padre hubiese ignorado su petición: había que calentarse las venas y hervir las arterias con harto GAR para defender el ero-moe de su hermanita menor.

El secreto se reveló a medias porque Kyousuke decide adjudicarse la propiedad del eroge, por tanto, la afición de Kirino continúa sobreviviendo en base a mentiras. Cuando los argumentos del protagonista comienzan a sonar disparatados, tendrá que jugar su última carta e imputarse una culpa mayor acusándose de pervertido y fetichista incestuoso. Otra interpretación válida sería que Kyousuke percibió la necesidad que sentía su padre de descargar su cólera contra un chivo expiatorio. Sin embargo, al inculparse falsamente de actos “perniciosos”, el muchacho afirmaría mediante su sacrificio la fuerte vibra de amor fraternal que parece cultivar hacia Kirino (sueña con una hermana kawaii que lo despierte cada mañana y prepare su desayuno). Curiosa situación, pues guiado por la posible atracción hacia su imouto, Kyousuke tendría que denunciarse como un erogamer con tendencias tabú para salvarle el pellejo a Kirino. Al parecer, nuestro héroe (porque acaba de ganarse ese título) ha comenzado a percibir el mundo bajo la anteojera estructural del videojuego como sucede en otra serie de esta temporada (The World God Only Knows), aunque debemos perdonarlo si sucumbe a la tentación, pues la escena final nos provee de una imouto en la plenitud de su lindura. Sobre este asunto, cabe la discusión sobre el término “kawaii”: según entiendo, para Kyousuke no haría referencia a la apariencia -sería un miope si negara que nunca se percató de la belleza de Kirino-, sino al comportamiento y sus manifestaciones: los gestos.

Kirino quisiera poder conjugar su afición al eroge y Stardust Witch Meruru, su trabajo como modelo y sus cualidades de estudiante, sin desmedro de ninguno. Disfruta posando ante las cámaras con una sonrisa luminosa y fresca (puntos extra por el descarado pantsu service), ha obtenido premios en la escuela y aseguran que batió su propio récord en atletismo. Debo felicitar al equipo de AIC Build por el minucioso diseño de personaje. Adornaron la figura de Kirino con detalles visuales que tornan verosímiles sus rasgos de personalidad: un vestuario surtido, juvenil (minifaldas, shorts, botas, camisetas de colores radiantes, accesorios), nada de frills ni gothic lolita (percibidos como cosplay), ni tampoco vestidos anticuados hasta el tobillo. Me encantan sus esmaltes de uñas en verde o esmeralda y cómo consigue equilibrar las tonalidades de rosado con los matices de aguamarina o celeste. Kirino representa ese universo de refinamiento urbano, pero también quiere integrar a su vida, en libertad, su fascinación por el moe-ness, esa estética considerada monopolio de consumidores masculinos pervertidos o neets sin oficio ni beneficio. Los consejos de Kuroneko y Saori siembran el anhelo de reconducir su vida con mayor honestidad, o mejor dicho, con menos miedo. Entre “It’s stupid to care about other people think” y “As long as I do everything else properly, it doesn’t really matter what hobbies I have” media una distancia ideológica: Kuroneko asume una actitud más descreída, en franca ruptura con la sociedad, mientras que Saori defiende la separación entre espacios públicos y privados. En ambos casos, el individuo sería el único facultado para definir su conducta.

Una respuesta

  1. Esukariborugu

    Ehb! curiosa comparación con Nogizaka Haruka xD!
    aunque claro existen sus diferencias,
    como que el padre de haruka era un yakuza (yeah!)
    y al final la madre de esta, practicamente le obligó a aceptar el hobby de su hija
    cosa que no pasa en oreimo
    un padre totalmente tradicional,
    y una madre sumisa y apegada al rol de esposa obediente,

    pero bueno,
    tengo curiosidad por ver como sigue desarrollándose oreimo,
    no he leído el manga así que la espera semanal es más intensa! xD!

    25 octubre 2010 en 07:04

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