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Yosuga no Sora 2: Aguadulce

Las chicas de pueblo también saben divertirse

Cuando un galge es adaptado al anime es usual que adopte la ruta principal del juego (aquella perteneciente a la “protagonista”) como línea narrativa privilegiada, descartando los finales alternativos secundarios y desarrollando las historias del resto de chicas del harén como arcos, microrelatos acumulativos dependientes del hilo troncal, pero con cierto grado de autonomía. Planteado el setting, entramos de golpe al arco de Akira y Kazuha, donde además de reaparecer la orfandad como denominador dramático, se entrecruzan secretos familiares y disimulado lesbianismo con una simpática sacerdotisa dojikko e hiperactiva que goza agitando la manguera.

Contra mis expectativas, el pico de sugestividad incestuosa se desinfló antes del opening. Sin embargo, me quedan dudas por la composición altisonante de la escena: si Sora necesitaba que Haruka la midiera para mandarse a confeccionar el uniforme, antes que desnudarse delante de su hermano en la oscuridad a altas horas de la madrugada y bajo una atmósfera de relámpagos, hubiese llevado la cinta métrica. Me imagino que retrocedió de vergüenza o miedo a traspasar la cómoda la barrera entre lo tácito y lo concreto. Pese a la enorme tensión erótica que circula entre ambos (sin obviar el deseo carnal), Sora se permite el lujo, digamos, el engreimiento, de hacerse la tsundere aunque esa impronta aburrida, taciturna y malgeniada parece constituir su personalidad por default. Por proporcionalidad inversa, esas características solo tornan más deliciosos sus súbitos arranques deredere. La escena donde intenta fumigar a un mosquito con laca en spray tiene una gracia tierna y tonta agradable a la sensibilidad love-comedy, en especial porque segundos antes había despedido a Haruka con sus acostumbrados mohínes. Orientado este episodio a tratar las primeras interacciones de Haruka con Akira y Kazuha, la participación de Sora se restringió a reaccionar con celos ante la aparición de estas bellas amenazas. Mientras las variantes de tsuntsun más conocidas son aquellas que apelan a la agresión verbal (“Urusai, urusai”) o física, Sora tiende hace una vertiente antisocial, recluyéndose en el tedio, tipeando sms que suelen comunicar mejor sus sentimientos y cargando su conejo de peluche (remanente de su infancia que sugiere una renuencia a madurar, un desasosiego por abandonar el espacio seguro y cerrado que psicológicamente ha construido). Igual de huraña se comporta con Kazuha cuando le cose los botones de la blusa, pero recibe el castigo poético de derretírsele el helado (un escarmiento kawaii, en correspondencia al personaje). Estas anécdotas ayudaron también a bajarle el tono a la sombra doliente que transmitía, y facilitaron la exposición de su lado más vulnerable, a donde aspira la fantasía del espectador. Respecto del moe-ness, Sora y Akira llevan la delantera por varias cabezas, en particular porque Kazuha y Nao han demostrado una proverbial habilidad para ser insípidas.

Los sinuosos caminos del erotismo inspeccionan ahora otro tipo de sexualidad marginal. Aunque el capítulo anterior permitía barajar la posibilidad de un vínculo homoerótico entre Akira y Kazuha (en términos de afecto y sentimentalidad, no necesariamente una relación amorosa, sino una amistad romántica), el tono humorístico de sus intervenciones en pareja reconducía nuestras sospechas hacia el lesbianismo como dispositivo de humor y fanservice antes que romance en serio, con gravitas melodramática y sujeción incluida. El segundo episodio abrió la puerta a insinuaciones, secretos o gestos que amplían el ámbito especulativo descartando el mero componente cómico. Durante la escena final, cuando se parece revelarse el grado de intimidad entre Kazuha y Akira, todavía flotante en el terreno confuso de la afectuosidad, se sugiere un próximo desarrollo en onda trágica y sobrecogedora (fíjense en el rostro sorprendido de Haruka), que contrasta con la imagen festiva que proyectan tanto Amatsume como su interacción en plan de boke/tsukkomi sentimental con Kazuha. Aunque nuestra hipótesis lésbica resultara incorrecta, llama la atención el impactante giro que impone la inversión de roles en la pareja, pues el papel de hermana mayor sobreprotectora y devota le correspondería, por arquetipo, a nuestra severa oujo-sama, mientras que el papel de imouto ingenua, inquieta y aniñada encaja mejor con Akira, la risueña miko. Como la mayoría de espectadores de anime con relativa experiencia, el trato de “onee-chan” entre adolescentes de preparatoria solo conoce dos acepciones. La primera, la literal: una expresión informal de respeto en un entorno familiar, estableciendo una subordinación de índole tradicional (los menores por debajo de sus mayores). Si siguiéramos esta interpretación, Kazuha y Akira serían hermanas, sin embargo, tendrían que cubrir varios vacíos expositivos: sus motivos para ocultarlo y reservar ese trato en secreto, la razón de sus diferencias sociales (¿por qué Migiwa es millonaria, toca la viola y viaja en Rolls-Royce mientras que Amatsume es una miserable sacedotisa solitaria cuya única compañía es un gato gordo y una veinteañera amargada?) y qué intereses compromete mantener en silencio la orfandad de Akira. Por otra parte, que ambas sean hermanas (o simplemente amigas de infancia) tampoco descarta un filón homoerótico. Yosuga no Sora no parece constreñirse en cuanto a desafiar los “estándares” puritanos de conducta sexual.

La segunda acepción nos traslada al léxico del yuri. Tanto en relatos de claro matiz romántico o erótico, como en otros que fluctúan con sutileza entre la admiración sublimada y el platonismo, cuando se establece una relación íntima entre jovencitas, la menor (que suele ser kouhai) se refiere a su mayor (o senpai) como “onee-sama” transando una implícita sumisión en diversos niveles (desde lo emotivo hasta lo sexual), pues los sentimientos asumen una estructura jerarquizada en sentido vertical que, aunque suene bastante poética, encubre una forma de pensamiento despótico. Aunque los indicios que exhibe Yosuga no Sora parecieran inclinarse hacia esta lectura, de inmediato brotan las incongruencias en ciertos aspectos. En primer lugar, porque la actitud de Kazuha en el vestuario de damas sugiere que sigue ese patrón de subordinación hacia Akira, pero su comportamiento en público es inverso. Tendiendo un paralelo con Marimite, Amatsume juega el papel de Yumi (algo reloaded, pero lo esencial: chica arrebatada, cómica y campechana) mientras que a Migiwa le calza perfecto el tipo de dall tark bishoujo de Sachiko (incluso corrigiéndola cuando comete imprudencias y guiándola como si fuese todavía una niña). Pero cuando están solas, sin curiosos cerca, sin abandonar sus personalidades distintivas, Akira asume la posición dominante y Kazuha disfruta dejarse subyugar. No importa si existe contacto sexual como alucina Haruka y simplemente se trata de “meterle los dedos en las orejas”. A nivel estructural hay subordinación y placer. La pregunta es: ¿qué sentido tiene ocultar no la relación lésbica -si hubiese-, sino su verdadero trazo jerárquico? ¿Acaso Akira teme comportarse como la dominadora o Kazuha tiene vergüenza de mostrarse sumisa? Además, la misma propuesta contraviene la fórmula del yuri tradicional. Sin embargo, mi objeción se dirige a la verosimilitud: los personajes que asumen una posición de inferioridad suelen tener determinado tipo de carácter congruente con esa función y Kazuha, temperamental, disciplinada y estricta, tiene un perfil disonante con esta clase de rol. Yosuga no Sora plantearía una relación de subordinación algo incoherente. O cuando menos intriga saber por qué quieren preservar oculta la verdadera forma de su vínculo homoerótico. Finalmente, valdría considerar que Migiwa utiliza el sufijo “-chan” en lugar de “-sama”, de manera que reduce el grado de formalidad, una característica indesligable del homoerotismo yuri, donde la adoración debe conducirse por cauces armoniosos y sublimes.

Akira solo requirió de dos episodios para convertirse en mi airhead favorita de la temporada y, lógico, mi personaje preferido en Yosuga no Sora. No negaré mi debilidad por las chiquillas ruidosas, juguetonas y cargadas de energía que transforman cualquier situación rutinaria en una fiesta, un carnaval, y Amatsume califica con holgura en esos adjetivos. Su nula malicia y espíritu solidario le ganan la simpatía del espectador: no importa cuánto le exija su vejiga, Akira entretendrá a su auditorio y coserá botones aguantándose las ganas de orinar y, curiosamente (créanlo, me asombro), encontré la escena bastante tierna, pues describe a la perfección su amabilidad, su incapacidad para decir no cuando alguien necesita ayuda. Los movimientos temblorosos y ajustados de sus piernas le añadieron un sabor cómico-perverso pero potenciaron su moe-ness. La apoteosis de Akira, su momento de mayor lucimiento gráfico, ocurre durante la escena de los manguerazos en la piscina. Sin dudas, el agua es su elemento. Nunca había visto que alguien ametrallase a chorros a sus compañeros de clase hasta dejarlos inconscientes o torturase a la delegada con surprise butt-sex acuático. Mientras duró el remojón disfrutamos de una graciosa secuencia pueblerina con camisetas mojadas y harto despelote, pero en melodrama, los interludios cómicos de gran intesidad suelen anunciar que derivarán pronto en alguna revelación dramática. No pienso venderles gato por liebre: estos primeros episodios evidencian que Yosuga no Sora maneja una narrativa demasiado convencional para su género a pesar del incesto y los desnudos, sin embargo, su mayor virtud reside en la habilidad de los guionistas para colgar los cliffhanger en el momento adecuado dejando en suspenso al espectador y creando una expectativa hacia el siguiente capítulo, aunque luego opten por salidas inesperadas en la resolución. En el interín, indujeron al público a especular. Obviamente, este blogger responde a la alerta de speculah como oso ante la miel.

2 comentarios

  1. Como de esperado, la insinuacion yuri que resulto falsa a dejado gente molesta, los guionistas saben que poniendo esas insinuaciones atraeran este tipo de fans y simplesmente mostrar que era una ilusion es jugar bajo, ya que yurifans tienden a ignorar mucho los haremnes Ahora pienso que todo es muy favoritista, vea a Ryouhei el otro obligatorio personaje masculino secundario, en la vida real seria una persona mas divertida que Haruka, aunque a los ojos de las chicas es un personaje ordinario, incluso me dejo molesto es que cuando Haruka le dice a Kazuha que es una chica estricta pero amable esta se sonroje, caray, era una conclusion muy simple que supongo que todos debian tenerla, por lo que Kazuha no debia haber reaccionado asi pero lo hizo y es como querer ser favoritista,bah, es toda una obligacion en un harem

    20 octubre 2010 en 16:11

  2. El fuhrer

    muy buena sipnosis te dejaria puntos pero soy nuevo

    9 noviembre 2010 en 22:17

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