Tu pasaporte en español para disfrutar de un fuwa fuwa time intelectual

Ore no Imouto ga Konna ni Kawaii Wake ga Nai 2: ¿Quién te alucinas?, ¿Suigintou?

La moeficación del eterno debate

Antihéroes vs mahou shoujo, tramas enrevesadas y complejas vs odas a la sencillez, argumento vs valores de animación, emo vs moe, Lelouch vs Nanoha, una inacabable discusión bizantina que compromete a quienes, de manera frecuente, participamos de la comunidad de espectadores conectada a internet. Aunque mal planteada, esta polémica de extremos reduccionistas revela poco sobre las tendencias del anime reciente, pero mucho sobre los perfiles de público que pretendemos asumir, sea escudándonos en la excusa del entretenimiento, sea despreciando con pedantería aquello que consideramos plotless. Solo faltaba un toque kawaii que embelleciese y otorgue identidad paródica a esta disputa.

La anormalidad de la normalidad

Si Kuroneko viera OreImo (jugando al extremo máximo de las suposiciones metatextuales), seguro la consideraría una serie banal, dirigida a alimentar el morbo de otakus grasientos, inmaduros y pervertidos que satisfacen sus ansias de estímulos visuales con relatos escapistas donde sus fantasías más lascivas son objeto de celebración por medio de historias superficiales y moe distractor. Sin embargo, este blogger defiende una opinión opuesta de las comedias románticas, en particular cuando estas se proponen abordar desde la ficción el universo de referentes estéticos del espectador, es decir, cuando practican la metatextualidad. Es cierto que no aborda la problemática de la exclusión social entre los adolescentes de manera sombría y lastimosa, sino con dulzura y optimismo, pero incluso desde esa simpleza ideológica nos permite someter a discusión los parámetros que la sociedad emplea para definir la normalidad. Estos primeros episodios de OreImo consisten en una tenaz demolición de este concepto, tanto filosófica como moralmente. Mejor dicho, mientras más utilizan los personajes términos que aluden a lo “normal”, más ambigua e incierta se vuelve esta noción. Tropezamos entonces con una paradoja. Si algo debería caracterizar al concepto de “normalidad” es su significado unívoco, preciso e inconfundible, porque, si cualquier cosa fuese normal, se desbarataría la necesidad de diferenciarlo de otras, llamadas anormales. Ambos conceptos se tornarían indiferenciables y lógicamente inútiles, como ocurre en OreImo: a Kirino le cuesta admitir su condición de otaku (o fujoshi, whatever) por temor al ostracismo social, pero cuando accede a asistir al encuentro IRL de Otaku Girls Unite, ella la resulta la discriminada por su estilo fashion. Kirino las rechazaba de antemano por considerarlas “raras” y reivindicaba su normalidad, sin embargo, cuando lo normal se “descentra”, arribamos al absurdo de poderlo calificar de anormal: entre chicas comunes y corrientes, una modelo de revistas es una anomalía. De inmediato, surge la pregunta: ¿qué legitima los parámetros que definen la normalidad? OreImo aportaría una pista.

Pareciera que la mayoría de personajes (incluidas las otaku que participan en la reunión en Akihabara) manejan una concepción de la normalidad que denominaremos esencialista. En otras palabras, creen que existe una esencia de lo normal, una idea ajena a los condicionamientos del contexto. Aunque esto suele ocurrir en la vida real (“así son las cosas”), la mayoría de personas sabemos o intuímos que la normalidad es un concepto cultural, sujeto al devenir histórico y funcional a las estructuras de la organización social, por tanto, del poder. Si, según DRAE,

normal.(Del lat. normālis).
1.
adj. Dicho de una cosa: Que se halla en su estado natural.
2.
adj. Que sirve de norma o regla.
3.
adj. Dicho de una cosa: Que, por su naturaleza, forma o magnitud, se ajusta a ciertas normas fijadas de antemano.

la normalidad implica comportarse de acuerdo a quien dicta las normas (fíjese además en la equivalencia que se traza entre estado natural y normas fijadas de antemano). Por tanto, la anormalidad es un acto socialmente peligroso y es condenada con estigmatización, no necesariamente oficial, sino cotidiana y asolapada, como practican las “amigas” de Kirino contra los otakus del salón. Sin embargo, las colegialas japonesas promedio no inventaron esos prejuicios: los heredaron y asimilaron de las generaciones precedentes, su entorno familiar, los medios de comunicación. Adquieren validez pragmática gracias a la autoridad del “grupo” que representa en la escuela al permanente juicio social, opresivo, vigilante y discriminador, que continúa también afuera en las calles y al cual se somete Kirino al pretender mantener en secreto su afición. La “normalidad” carece de esencia: su contenido depende de cada colectividad, pero su carácter riguroso es potencialmente autoritario e intolerante. Muchos lectores creerán que exagero, sin embargo, ¿acaso una frase como “Man, can’t those otaku shut up?” es una demostración de comprensión y respeto? Silenciar al Otro, al diferente, es una forma de restarle capacidad de acción, de anularlo. Pero también una manera torpe de preservar el pequeño ghetto, actitud que defienden las chicas que discretamente relegan a Kirino en Akihabara. Algunos lo considerarían un acto de resistencia (las fashion girls suelen despreciar a los otaku), pero resulta igual de injusto, majadero y marginador. Cuando Kyousuke intenta consolar a su imouto y dice “They were mostly normal girls, you know?”, todo criterio de normalidad ha perdido sentido y utilidad moral. A final de cuentas, nuestra heroína es un híbido que rechaza ser catalogada bajo criterios estrictos y reacciona con legítimo enojo. El gesto de Kiririn-shi apuntando a su hermano con la magic hand merece figurar en cualquier antología de la lindura.

Titanes en el ring

La segunda sección del capítulo relata la picante polémica que montan Kirino y Kuroneko oponiendo además de sus anime favoritos —Maschera ~Lament of a Fallen Beast~ y Stardust Witch Meruru—, dos posturas estéticas y actitudes críticas en extrema discrepancia. Esta dramatización del debate dentro de la ficción, dotando de rostros amigables a los idearios en disputa, constituye otra instancia metaficcional/metatextual: el comentario sobre la calidad y la excelencia compositiva, que deriva en la enunciación de determinada arte poética. No obstante, como la creación estética es un fenómeno comunicativo, definir la producción implica también teorizar acerca del significado de la belleza y cómo gozarla, incluyendo una jerarquía del deleite artístico que Kirino y Kuroneko invocan siguiendo pautas distintas (“…superior story and art”, “…you could die from the moe of the insert song along with the fluid animation!” Sin embargo, una discusión sobre cine en una novela o sobre música en K-ON! no serían metatextuales: debe existir identidad entre soporte y tópico del debate. Por ejemplo, un poema que discurra sobre poesía. Esto sucede, combinando registro serio y clave farsesca, cuando nuestras contendoras se enzarzan en su combate dialéctico. Aparte de tematizar otra circunstancia de la recepción, OreImo vuelve a incidir en el metatexto al servirse de personajes moe para hablar de anime, haciendo que vocero y objeto de discusión sean los mismos. Lo resalto porque, durante esta secuencia, Kuroneko y Kirino funcionan como antropomorfizaciones de posturas, de ideas. En realidad, las chicas y chicos que alimentan estas controversias en foros, blogs o IRL son seres humanos menos agraciados. Empero, el asunto no termina al concederle forma humana y rostro a conceptos abstractos: se trata de embellecerlos, volverlos simpáticos, diseñando una imagen idealizada del otaku que permita persuadir al espectador de la propuesta tácita de igualdad en la diversidad (lo “distinto” puede ser apetitoso).

Kyousuke participa como sujeto externo, no especializado. Ignora las implicancias del debate y, evidentemente, es incapaz de valorarlo a cabalidad. Me ocurre cuando discuto de literatura y personas ajenas al entorno letrado se sorprenden porque los eruditos arman grandes controversias por nimiedades. Kyousuke es ese forastero discursivo que no comprende el código y tampoco capta su gravedad (por el contrario, las fórmulas que adquiere ese intercambio de ideas pueden parecerle exageradas o groseras). Respecto del resto de partícipes, Kyousuke está en inferioridad comunicativa: esa tarde accede recién a un ambiente recargado de referentes que no consigue descifrar y costumbres “anómalas”. Por ejemplo, el apodo de Saori Bajeena, una alusión a Mobil Suit Gundam (y quizá a Saint Seiya), pero para Kyousuke, el apellido de marras suena a vagina. La imagen que transmite la organizadora del evento coincide con el look usual de la fanaticada de series épicas con robots gigantes: ropa informal, algo nerd y pinta desarreglada. Ella fungirá como intérprete o mejor dicho como bisagra entre el hermano preocupado fuera del espacio de la discursividad otaku y ese lenguaje extraño y chocante. Kyousuke intentará reconducir el diálogo entre Kuroneko y Kirino por cauces pacíficos, pero Saori lo interpreta como signo de creciente intimidad.

Algunos describen esta disputa como moe vs. mainstream, pero resulta erróneo contraponer estas nociones porque refieren a dimensiones dispares. La primera, concerniente al ámbito estético, la segunda relativa al grado de difusión comercial. Prefiero plantearlo en términos de fondo y forma:

1. Kuroneko encarna a quienes defienden que el argumento y su desarrollo deben ser militantemente pesados y profundos, con personajes atormentados y situaciones trágicas relatadas con sublimidad.
2. Kirino personifica a quienes optan por la sencillez narrativa en conjunción con la excelencia formal, apreciando ante todo los valores de producción y los estímulos sensoriales que transmite.

Ha venido planteándose una oposición en términos morales que valdría la pena refutar, según la cual existen dos tipos de fans del anime: los primeros, serios y críticos, prefieren las series de tono elegíaco y heroico; los segundos, frívolos, consumistas y vulgares, se satisfacen con productos mediocres, comedias ecchi o slice-of-life moe que los otros califican de plotless. Es probable que haya espectadores polarizados, en particular, quienes se iniciaron en anime alrededor de los años noventa y encuentran decepcionante la transición del género épico (carencia de innovación en las series mecha, incremento de la heroicidad femenina, preponderancia de la comedia romántica). Del otro lado, es innegable que muchos consumidores de anime son receptores acríticos y superficiales. Sin embargo, alrededor de esta diferenciación de extremos se tiende una contraposición con tintes morales bastante cuestionables, pues se pretende acusar a los segundos de “echar a perder el anime” acostumbrando a la industria a sobrevivir del fanservice. Esta percepción es engañosa y elitista, y peor aún, inventándose una élite falsa. La actitud de muchos fans de series como Code Geass o Death Note que únicamente se deleitan con observar una buena escena de acción o suspenso tiene poco de académica y mucho de insustancial, pues a final de cuentas, no ejercitan la mente, solo se sacian de adrenalina. En segundo lugar, aunque muchas comedias y melodramas apelan a esquemas repetitivos, entre la medianía resalta la calidad de series como CLANNAD, ef -a tale of melodies- o Toradora!, todas superiores en factura y densidad simbólica a otros títulos de perfil supuestamente serio. Finalmente, para mayor desdicha del hater disfrazado de analista, existimos los omnívoros, capaces de absorber distintos géneros sin prejuicios y disfrutarlos de acuerdo a sus propios planteamientos. No negaré que Kirino me representa mejor como público pero también es reprensible su actitud absolutista de decir “The shows I watch are what’s on. Anything else is ‘at the same time'”.

Como último detalle, no olvidaré comentar las alusiones veladas al subtexto incestuoso de la serie: Kirino reaccionando con mala cara cuando escucha que la mesera llama a Kyousuke “onii-chan” (¿acaso creyó que su hermano había sugerido que la maid usara el imouto-mode?), además del argumento de la ruta de Shiori en el eroge sugieren un hilo dramático alrededor del acercamiento romántico entre ambos.

2 comentarios

  1. Acercamiento romantico? Uuuh, prefiero la negación y creer que se trata de apenas afecto fraternal resurgiendo, ahora, de discusiones de los animes serios e comicos, en verdad pienso que esta onda de plotless no es nueva, que ya existia, la diferencia es que ahora tenemos la internet, ahora los fansub traen series a poco tiempo salido, incluso la mayoria que admira series de los 90, buena parte solo los conocio recientemente gracias a la internet.

    18 octubre 2010 en 23:47

  2. Esukariborugu

    Ehb? la normalidad SUCKS!
    viva lo extraño! 😄

    Complejidad vs Simplicidad….,

    en varios foros he visto discutir sobre esto
    ” un grupo de gente X fanáticos de ciertos shonen
    mientras otros individuos con aires de grandeza querían imponer la superioridad de determinados seinens”
    Es cosa de todos los días,
    Concuerdo contigo, este loco mundo tiene de todo,
    Hay que respetar opiniones, posiciones, y gustos!,
    pero SIEMPRE habrán haters disfrazados de críticos,

    En fin, otro omnívoro aquí! :3

    Saludos

    23 octubre 2010 en 00:19

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s