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Yosuga no Sora 1: Myself; Incest

Cuánto tiempo he estado lejos, buscando chicas bonitas...

Harem e incesto: Yosuga no Sora reúne dos componentes temáticos de notoria recurrencia en el anime reciente que cautivan el interés (y también el morbo) del espectador. Ambas son situaciones eróticas atípicas, arrinconadas al margen del consenso social, y sobre esta irregularidad se constituye su atractivo dramático: transitar por linderos donde el deleite estético se torna cuestionable o conflictivo. Mejor dicho, cuando la belleza, la intensidad o el dramatismo socavan nuestro sentido de las normas. Sin embargo, sería imposible desvincular estos temas de las expectativas -más terrenas- del público masculino y sus fantasías de transgresión.

La fruta prohibida

Los roces incestuosos vienen proliferando como fetiche narrativo. Esta tendencia se manifiesta sobre una amplísima gama de géneros y enfoques, de forma explícita, insinuada o parodiada, desde la comedia hasta el melodrama. Compone el eje protagónico en series con propuestas genéricas tan diferentes como Koi Kaze, Akaneiro ni Somaru Saka, true tears, Da Capo, Candy Boy, Marmalade Boy, Code Geass, KissXSis, o como trama secundaria o relieve cómico en Myself; Yourself, Tsukihime, Hatsukoi Limited, Magikano, Love Hina y paramos de contar porque tendríamos que reescribir la historia del anime a partir de sus incestos. Sea como recurso humorístico menor o como germen de angustias sentimentales, se apela al mismo núcleo connotativo en la semántica del deseo: la atracción que ejerce lo prohibido sobre una platea ávida de situaciones límite. Cuando es invocado en serio, apela a la conmoción y tiende a devenir en tragedia o resignación. Aunque no constituya propiamente un delito, el incesto se encuentra fuera de la legalidad moral y puede convertir a quienes lo practican en parias, en apestados. El espectador es consciente de presenciar una situación de riesgo, pero la ficción embellece, estetiza, o mejor aún, para el caso de Yosuga no Sora, torna poética esta circunstancia. Por tanto, entramos como consumidores en una dialéctica conflictiva que, dependiendo de la amplitud ética de cada quien, puede devenir en simpatía con los infortunios o zozobras de los personajes implicados. El incesto suele coincidir con otra estructura argumental de extensa difusión: el harem, en particular, cuando el relato original proviene de la cantera gal galge, eroge o visual novel, derivando en la adaptación a un polígono amoroso con puntos de intensidad definidos por el sufrimiento. Yosuga no Sora se encarga de trazar estas líneas empleando el primer episodio en presentarnos con suficiente agilidad a las cinco componentes del entramado amoroso en torno al protagonista Haruka Kusagano: su hermana Sora, la madura vecina Nao, la miko Akira, la oujosama Kazuha y la iinchou Kozue. Tomando en cuenta que la primera conjuga a la imouto y la tsundere, mientras la segunda reúne a la senpai y la osananajimi, el quinteto resume la variedad básica de caracteres arquetípicos y fantasías personificadas.

Yosuga no Sora replica algunas fórmulas genéricas afinadas desde Da Capo. Primeramente, la orfandad de los protagonistas como punta de partida fundamental. Los hermanos están solos o eligen vivir sin apoyo de otros familiares, la única protección que disponen es su mutua compañía, generándose una situación de dependencia emocional. Esta dolorosa desconexión del mundo adulto les permite evitar el desencuentro con la familia nuclear (en caso los padres estuviesen vivos, tendrían que confrontarlos y necesariamente desmembrar la unidad familiar, pero estando muertos este enfrentamiento no ocurre). Ante la ausencia de agentes responsables de reprimir el deseo (entiéndase, quienes imponen la norma social, sea dando el ejemplo o censurando la conducta “incorrecta”: padres, apoderados, etc.), no existe impedimento emotivo para que los hermanos se constituyan en una pareja fundacional, una especie de Adán y Eva, un comienzo desde cero. Esto equivale además a refundar su estirpe (y también su mundo), por tanto, concretar el incesto supone efectuar una ruptura obligatoria. No resulta casualidad que Yosuga no Sora inicie con un retorno, una vuelta al pasado, una huida del presente inmediato para, de manera simbólica, emular a los padres, recuperar una pureza e inocencia infantiles vinculada al origen del romance entre hermanos, y proyectarse al futuro desde un punto espacio-temporal donde reformularían su función familiar dejando de ser onii-chan e imouto, convirtiéndose en convivientes. Al refugiarse en un entorno que identifican con cierto pasado idílico, en un pueblo apartado, semirrural, los Kusagano optan por replegarse ante la sociedad, un escape que también es encierro, pero les reporta seguridad psicológica. En segundo lugar, esta relación se somete al embellecimiento estético, no diseñando personajes agradables a la vista (incluso feminizando a Haruka), sino también maquillando espiritualmente la tensión erótica, tamizándola en un lenguaje visual con sugestiones líricas, como la escena donde Sora recuerda, sentada en el antiguo consultorio de sus padres, su primer beso con Haruka y rato después empieza a girar sobre la silla con languidez romántica que alude a la delicadeza del deseo sublimado.

El harem es indesligable de la perspectiva masculina, aunque aspire a una comprensión “unisex” (a diferencia del romance shoujo), con mayor razón cuando se adapta de alguna visual novel, donde el jugador es representado en la ficción por el protagonista: esta identidad se proyecta estructuralmente sobre el anime. Esta narrativa machista (en sentido descriptivo, no empleo este término para una calificación ética) se caracteriza por presentar, camuflado en la figura del amor, una lógica de posesión y control del objeto de deseo, incluso cuando el macho alfa es ingenuo y bondadoso como Haruka. Los personajes femeninos gravitan en torno al lead masculino y existen como coordenadas en el mapa del deseo. Esto compete, hasta el momento, a casi todo el elenco de heroínas (salvo Kazuha), que caen rendidas ante la aparición del carismático Kusagano-san, seducidas apenas por su presencia, cada cual con reacciones distintas, desde la vergüenza y el nerviosismo (Kozue), la algarabía (Akira) y la ilusión sensual (Nao). Se tienden entonces nexos de sometimiento emotivo que podríamos calificar de enamoramiento, flechazo o calentura, dependiendo de nuestras suspicacias, pero en cualquier caso, la serie se encarga de mostrar cómo las chicas supeditan de inmediato su voluntad y sus actos a Haruka. No pienso cuestionar la sentimentalidad y autenticidad que pretendan transmitir los autores del producto original, solo intento explicar los lazos que subyacen a esta dinámica y cómo se pliega a demandas de un espectador implícito que aspira a ocupar la posición de Kusagano-san. Desde luego, una condición indispensable del harem que Yosuga no Sora también cumple es la inexistencia de antagonistas masculinos (y cuando otro varón surge pretendiendo destronar al protagónico, es ridiculizado o apartado de inmediato). La competencia feroz por monopolizar afectos ocurrirá siempre en el terreno de la confrontación femenina alrededor de la chica elegida (pues, en anime, la adaptación usualmente privilegia una ruta del juego). Todo indica que Sora ocupará esta posición hasta el final, a menos que ocurra un twist inesperado. Para reforzar esta certeza y sembrar la semilla de un conflicto latente, se subraya, mediante diversos aspectos, la dependencia de la hermana menor: fragilidad física, retraimiento social e inestabilidad psicológica, sugerida in crescendo por varias escenas, desde la secuencia del consultorio, los mensajes de texto y finalmente su único acercamiento a la calle cuando contempla sorprendida a Haruka llevando a Nao en bicicleta hasta su casa. Consideremos también como indicio de desequilibrio su confeso temor a ser abandonada. La inseguridad engendra la acción del melodrama.

Esta subordinación al hermano es equiparable a la disimulada debilidad de Haruka en sus fantasías con Sora. Ignoramos si la escena final será otra ilusión del muchacho, pero incluso siendo parte de sus anhelos reprimidos, sus deseos incestuosos serían irrefutables. Si fuera cierto, entraríamos sin transición a una etapa de compromiso carnal que tornaría más angustiosa la relación de dependiente posesividad que pretende imponerle Sora a su hermano. En apariencia esto contradice los argumentos arriba expuestos, pero solo si analizáramos los vínculos entre personajes de manera superficial, no estructural: el tsunderismo de la imouto disimula un grado mayor de sometimiento al hermano mayor que deviene en adicción emocional. Para Sora, Haruka es una necesidad, un referente de supervivencia sentimental, por tanto, su carácter posesivo es otra señal de sumisión al protagonista. Quién será su oponente amorosa permanece en duda: la primera en proyectarse es Nao, diseñada a desemejanza radical de Sora, aunque Akira también aparece con sospechosa frecuencia en el material promocional. Yosuga no Sora es una serie sobria y algo convencional hasta el minuto 15, cuando en seguidilla tenemos un conato ilusorio de beso francés, un desnudo de ducha y una hermana desnudándose ante su onii-chan, sin contar la escena explícita de masturbación femenina en el omake. Este quiebre abusivo entre romanticismo de pasiones adormecidas y repentina exposición sicalíptica me pareció disonante y autodestructivo para el propio relato. Mantengo mis reservas sobre continuar reseñándolo y dependerá del desarrollo dramático en las próximas semanas.

Una respuesta

  1. Si vemos el harem, en verdad su surgimiento fue la forma mas gratuita del 2010, literalmente amor a primera vista y eso sabe injusto, veanse que Amagami SS donde el prota hacer digamos un esfuerzo honesto para conquistar a la chica de turno. El incesto causa mucho morbo y eso consequentemente lleva tambien a causar colera a las personas que lo vean por que posible piensen que solo se trata de perveccion para sacarse ganas. Tambien pocas obras lo toman en serio esa idea, como fue Boku wa imouto e Candy boy.

    10 octubre 2010 en 21:45

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