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Shin Koihime Musou ~Otome Tairan~ 4: Amor a primera vista

Cuando el amor llega así, de esa manera…

Si Sonken enamoró con su gentileza a Ryomou y juraron acompañarse para siempre, ahora le tocaba el turno a Ryuubi de atraer guerreras a su bando empleando sus encantos. Gien recibió gustoza el flechazo y ahora, sin proponérselo, la bondadosa pelirrosada añadió a su harem lésbico, digo, su grupo de aliadas, una devota guardaespaldas. Todo vale en la guerra del yuri-love.

Para variar, el contenido serio se restringe a los primeros minutos del episodio. Koumei confirma nuestras sospechas acerca de Toutaku, pues un comerciante que regresaba de la capital imperial le informa del descontento y temor de los habitantes ante los abusos, conscripciones e impuestos que ordena el nuevo régimen draconiano. Esta descripción desentona con la imagen que Chouhi preserva de la angelical loli, gobernadora de la provincia de Dong, aunque fiándonos del paralelo paródico con el Romance de los Tres Reinos, tendría que encarnar la versión genderbending del déspota más sanguinario y paradigma de crueldad del periodo. Toutaku no aparece desde mediados de la segunda temporada: su carácter pudo cambiar por influencia del ambiente corrupto de la corte . El breve intercambio verbal entre Kaku, su estratega militar, y el cabecilla de los eunucos, es tenso e induce a suponer una convivencia incómoda, por tanto, para mantener el esquema del relato original, donde el enfrentamiento contra Toutaku es inminente y deberá ocupar el puesto de antagonista por excelencia, podemos proponer dos conjeturas. La primera busca conservar el arquetipo de niña bondadosa que contradice la base histórico-legendaria: Toutaku estaría acorralada dentro del damero de poder, forzada a aliarse con los cortesanos, quienes manipulan sus actos. La segunda, más verosímil y espectacular, explicaría su ausencia en pantalla. Solo escuchamos rumores que alimentan la expectativa de un próximo conflicto, pero los directores optan por ocultarnos a Toutaku, no mostrarla en acción para provocar, cuando revelen esos datos escondidos, un verdadero shock argumental: durante su estadía en la capital, la amigable pequeña preocupada por el bienestar de su pueblo aprendió las malas artes de la política y acabó convirtiéndose en una villana despiadada. Me huele que Koihime Musou está conduciéndonos a este escenario sorpresivo, que justificaría el ocultamiento del ahora enemigo principal, de quien Chouhi, Kan’u y Chouun (y muchos espectadores) guardaban un grato recuerdo.

Pero rápidamente, sin transición, pasamos al lado cómico con tintes yuri, ratificando la constante del episodio previo: en el universo ficticio de Koihime Musou, la lealtad guerrera entre señora y vasalla es representada como afecto lésbico en una escala que comprende desde la amistad sublimada hasta el deseo carnal expreso (el sometimiento, según Sousou, debe sellarse en la cama). Las tres lideresas de las facciones principales muestran tendencias sáficas o son lesbianas militantes, además de objeto de deseo apasionado entre sus subordinadas. La voracidad sexual de Sousou es indiscutible, coquetea con sus generales (fuerza a Juniku a secarle el sudor a lengüetazos), se rodea de mujeres hermosas, está obsesionada por acostarse con Kan’u (estuvo cerca de robarle la virginidad): la acción yuri está garantizada en las agitadas tiendas de Karin-sama. Aunque menos libertinos, los entretelones amorosos en la facción de Sonsaku fueron referidos en la reseña anterior (Shuuyu considera indispensable que Sonken encuentre una leal compañera emocional). En cambio, los únicos episodios de fascinación lésbica de Ryuubi ocurren cuando aparece la Mariposa Enmascarada, a quien admira con cierta candidez (y mucha ceguera). Las chicas de Shoku son, ante todo, un grupo de buenas amigas aliadas para defender las causas justas y salvo las insinuaciones de Chouun había poco traqueteo. La adición de Gien al equipo introduce a la primera lesbiana apasionada con complejo de sobreprotectora. Admitamos que acertaron diseñando al personaje: su mechón blanco le otorga una pinta de badass malhumorada, una típica subespecie de tomboy que suele disgustarme cuando existe un protagonista masculino loser entrometiéndose en la historia. Para suerte de Gien, Koihime Musou es (casi) girls only: su vulnerabilidad ante Ryuubi descubre su perfil más enternecedor y kawaii, en especial, cuando se sonroja y emociona al lavarle la espalda. Sin embargo, además de contrastes moe, Gien también expone sus méritos defendiendo a su nueva lideresa del acoso de unos maleantes. Estas características, como complemento a su tosca personalidad, la tornan simpática y respetable en su profesión de amor por Ryuubi, desbordada por sus excesivas señas de afectuosidad. Al menos una edecán extra le ahorrará el disgusto de terminar siempre como damsel in distress.

Probablemente esta mala fortuna de Ryuubi es consecuencia de su bondad, vista desde una perspectiva sádica, donde la virtud es origen del infortunio. El Ryuubi novelesco original (Liu Bei) también estableció un pacto de hermandad con Kan’u y Chouhi, y representaba el arquetipo supremo de buen gobernante, practicante de los valores confucianos, lo contrario del desmesurado Toutaku. Aunque Koihime Musou parodie a través de la ridiculización la estructura narrativa del Romance de los Tres Reinos, persisten sus criterios valorativos esenciales transplantados a la estética bishoujo/moe, donde el rollo confuciano es sustituido por una ética light: la bondad es inocencia, la benevolencia es ternura, su carisma emana de su candidez (detenerse a mirar pollitos en el mercado). En lugar de reducción, prefiero hablar de trasposición, pues sería incómodo establecer jerarquías entre formas del discurso y porque la parodización requiere ser corrosiva y ridiculizante: Ryuubi no destaca por su inteligencia, defiende una ética de lugares comunes, terriblemente idealista, pero que practica con coherencia y valentía. A pesar de reconocerse débil en batalla, corre a socorrer a Gien con un coraje instintivo, obedeciendo a un imperativo moral antes que motivaciones prácticas. Resulta ilustrativo evaluar estos rasgos frente al panorama de relaciones lésbicas que describíamos más arriba, pues el componente yuri parecería directamente proporcional al anhelo de poder estableciendo un paralelo entre ambición y sexualidad: Shoku es una pequeña facción que dirige un ejército amateur de voluntarios, mientras que la hambrienta Sousou, la caudilla más eficiente y temible que pretende reunir a las guerreras más fuertes bajo su mando, es reconocida por albergar sueños imperiales. Al centro tenemos a Sonsaku, más moderada y discreta, cuyas aspiraciones expansionistas tienen como único propósito legarle un reino estable a su hermana. Existe una suerte de tácita identificación entre moral pública y privada: la bondad política debe tener como correlato la castidad íntima. Aunque estos comentarios induzcan a pensar que Koihime Musou afronta la reescritura de la clásica novela china en términos serios, en realidad, prevalece la ligereza, la sensualidad y la conversión de grandes hechos históricos en situaciones risibles. La pertinencia del término “feminización” es debatible, aunque primero habría que catalogarlo como “sexualización” de la Historia de acuerdo al patrón del fanservice. En líneas generales, un episodio poco entretenido que Gien salva del aburrimiento, además de ciertas situaciones risueñas como la adaptación de costumbres o eventos actuales (armas, hipódromo) a la China ancestral, anacronismo frecuente que constituye el núcleo del estilo de Koihime Musou (fijémonos en el vestuario de nuestras heroinas y comparémoslo con la ropa del populacho), un capítulo distanciado de la trama principal y simple en argumento, pero útil para trazar los atributos atractivos de sus personajes.

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