
Me sorprende que no se desnudara de la emoción


Un final espectacular, que recompensa a quienes continuamos creyendo en la serie a pesar de los divertidos episodios de relleno que algunos censuraban. En resumen, podríamos considerar a Kiyama-sensei como la segunda protagonista de Toaru Kagaku no Railgun, pues su camino de redención atraviesa ambos arcos principales (su intento de salvar a los Child Errors contra el mandato de la ley mediante el Level Upper y su enfrentamiento a Telestina), y porque el espectador consigue simpatizar con sus propósitos a pesar de sus métodos. Si Mikoto es una heroina clásica (la chica buena que defiende el bien defendiendo la ley), Kiyama es una antiheroína (una mujer de personalidad compleja que busca enmendar sus traumáticos errores oponiéndose a una sociedad corrompida): el desenlace las reúne peleando a favor del mismo bando contra una villana clásica, malévola, egoísta, que enuncia sin ambages la cruda degeneración del discurso científico. Telestina es producto de la alienación a donde conduce una ciencia descaminada, que niega la espiritualidad y humanidad del sujeto. Paradójicamente, quien precipita su derrota es una level 0, la discriminada por antonomasia en Ciudad Académica. Saten antepone la amistad, los sentimientos como valores ideales frente al descarado materialismo tecnológico de Telestina. Entre tanto, disfrutamos de un episodio antológico, con explosiones, robots, despliegue de habilidades y orquestadas colaboraciones de todo el elenco estelar (ok, faltó Touma, pero estaba amnésico). Cada quien aportó su granito, pero el batazo de Saten merece el epíteto de épico.

Y nunca suelta el abanico


Quienes reclamábamos más airtime para Kongou-san obtuvimos una grata recompensa a nuestra paciencia, aunque fueran escasos segundos de acción: su habilidad, llamada Air Handle, contrasta con su refinada personalidad, pero en términos de poder sería capaz de medirse con cualquier rival que le aventaje en peso, tamaño e incluso contra máquinas, automóviles y helicópteros. Solo tendría dificultad con usuarias como Kuroko, cuya habilidad consiste en evadir objetos. La mano de Kongou-san es capaz de empujar cualquier cuerpo en la dirección que oujo-sama decida sin importar su volumen, por tanto, su principio básico es la fuerza bruta. En cambio, el Teleporter de Kuroko se fundamenta en la velocidad de movimientos. Los conceptos de ataque y defensa en ambos casos difieren, pero lamentablemente, creo que tras un hipotético enfrentamiento, la ganadora sería Shirai-san pues Mitsuko necesita mantener un blanco visible. Sin embargo, esta ocasión los guionistas la reivindicaron con una entrada espectacular y una cortísima escena de combate donde demostró que una mano le basta para barrer el piso de robot suits mientras utiliza la otra para abanicarse. ¡Más Mitsuko y menos Mikoto! Lo siento, me entusiasmé.


Una nota gráfica antes de comentar los combates. Es increíble cómo durante dos episodios, Telestina pasó de mostrarse como una velada y sigilosa antagonista que maliciaba con disimulo y preparaba silenciosamente su revelación como mente maestra detrás del fenómeno Poltergeist, a convertirse en una psicópata egocéntrica, malhablada y espasmódica con deformaciones de rostro que acentúan la misma locura de sus actos y palabras. Hubiese preferido una villana menos desequilibrada, de aquellas que mantienen la solemnidad hasta las últimas instancias. Incluso cuando J.C.Staff hizo su mejor esfuerzo por proveernos de una representación absoluta de la maldad con expresiones groseras y exageradas, que juzgadas como despliegue visual merecen cierto reconocimiento, le restaron matices a su personalidad, antes misteriosa e impredecible. En lugar de ofrecer una explicación consecuente a sus ansias locas de poder, optaron por un descarrilamiento psicológico que desfiguró con brusquedad al personaje tornándolo neurótico y odioso, no funcionalmente (todo relato heroico requiere que el villano genere antipatía), sino visualmente, en términos de comodidad: por instantes, los gestos retorcidos, su risa de bruja histérica, sus ojos desorbitados causaban molestia por la simplicidad maniquea del carácter que describían, con excesivas variantes gráficas y pobre desarrollo argumental.
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