
Gracias... TOTALES
Acéptalo Ui, tu onee-chan es irreplazable. Este capítulo “final” dejó constancia que Yui-senpai es tan admirada que incluso su habilidosa hermana cedió a la tentación de robarle, por breves momentos, la identidad y convertirse en un ídolo viviente del rock. Pero Sawako-sensei, atenta a la suplantación, pudo revelar sus propósitos sin dificultad, porque conoce al milímetro las virtudes y flaquezas de su sucesora artística, la heredera auténtica del estilo WILDER, a quien ha confiado su sabiduría instintiva. El gesto simbólico, la entrega de posta entre maestra y discípula, ocurrió cuando Sawa-chan le confía su guitarra a Yui-senpai, y cuando luego, le cede su lugar en el escenario para domeñar a las masas con su fabuloso discurso populista (“This auditorium is OUR Budokan”). Entiendo que Mio-chan estimule los automatismos de varios fanáticos, pero admitan con honestidad que, haciendo rugir de emoción al público y conmoviéndolo con halagos, ninguna supera a Yui-senpai convirtiendo sus pequeñas disquisiciones en torno a sus alegrías y tristezas en fogonazos memorables que, cual encantador de serpientes, hipnotizan a la audiencia. Su retórica es elemental y melodramática, pero más efectiva que cualquier soflama política: no tiene miedo al monstruo, llega tarde al concierto para robarse el show con apenas unas frases e imponer su propia versión de “Fuwa fuwa time” con verdadera personalidad. Suficiente con fijarse en sus ademanes genuinos y coquetos, comiéndose el escenario con una sonrisa. No basta con cantar una canción: es necesario transmitirla y Yui-senpai, aunque tenga un registro vocal menos “armonioso” que Mio-chan, la aventaja en expresividad. Un músico sin carisma, sin discurso, sin rollo, puede escribir las mejores letras y componer melodías fantásticas, pero fallará cuando intente comunicarlas. El desparpajo de Yui frente a las implacables multitudes disculpa su proverbial torpeza, sus errores rítmicos y armónicos, su mentalidad pueril. Quizá su encanto resida en canalizar esos defectos, en apariencia, insalvables y transmutarlos en materia prima para empatizar con el público. Desde ahora, cuando veamos una Gibson Les Paul exhibiéndose en un escaparate, suspiraremos: ¡Aaah, Gitah! (más…)