Se denomina captatio benevolentiae al recurso retórico que consiste en apelar a la misericordia o amable comprensión del auditorio mediante fórmulas de falsa modestia o declarando nuestra ineptitud o falta de experiencia. Sin embargo, en sentido más amplio, podemos englobar bajo este rótulo a cualquier discurso destinado a percibir la simpatía del público solicitando su compasión. El sexto episodio de Symphogear aplica este tópico desde distintas perspectivas y asumiendo formas diferentes, no obstante, su propósito es idéntico: generar identificación. Este proceso es fundamental para cualquier relato de ficción en medios masivos, porque de su éxito depende el involucramiento del receptor, esa especie de catarsis inspirada por los dilemas o contrariedades del personaje. Los villanos constituyen una categoría aparte, pues se corre el riesgo de deshumanizarlos al aplicar un planteamiento simplista o maniqueo. Existe, entonces, un límite para justificar las acciones del antagonista, porque reivindicarlo significaría dotarlo de demasiado carisma, en detrimento del héroe, que encarna el discurso moral privilegiado (idealismo, código de honor, respeto a la vida humana, etcétera). En cambio, el villano no necesita representar el principio del Mal. Desde la interpretación que propongo, su perversidad es consecuencia de la hybris, la desmesura, la desproporción, el orgullo ciego. Está condenado a la tragedia mientras no deponga su terquedad, pero ese impulso violento lo mantiene vivo. Los factores que inducen al enceguecimiento son diversos: ambición, hambre desmedida de gloria, resentimiento, afán de venganza. Algunas series nos explican el origen de su degeneración. El caso de Kurisu (o Chris) es ilustrativo porque, mientras se desaprueba su conducta destructiva, también se expone –mediante flashbacks- los traumáticos eventos de su infancia (guerra, pobreza, esclavitud, tráfico de niños), que ponen al descubierto las raíces psicológicas de sus odios e inseguridades, revelando su fragilidad emocional, su debilidad, sus angustias, sentimientos que contrastan con sus desorbitantes poderes, configurando una situación ambigua: aunque la obstinación, el rencor y los ímpetus brutales de Chris son juzgados peligrosos y nocivos, también se desliza información, por ahora fragmentaria, que incita a compadecernos de su tumultuoso pasado o comprender esa amargura incendiaria que profesa. Además, dada su condición de desamparo, carece de figuras de autoridad a quienes admirar, convirtiéndose en presa fácil para una manipuladora sin escrúpulos como Feenie. La verticalidad que impone mediante sus torturas se transforma en dependencia emotiva: Kurisu la respeta porque es poderosa, hasta el extremo de subordinar su existencia al designio de su jefa y buscar con impaciencia su aprobación. Dejarse subyugar, permitir esas humillaciones, solo ahonda la sensación de lástima. Existe una gradación, una jerarquía entre los villanos y algunos, como Chris, tienen la chance de redimirse.
Ateniéndonos al desarrollo de la trama, era urgente que Tsubasa ejerciera también la captatio benevolentiae. Como heroína, necesitaba sanearse de las ondas negativas acumuladas durante la etapa inicial. Había incurrido en hybris al encerrarse y refugiarse en su única y antojadiza verdad. Según su lógica culposa y pesimista, desde la muerte de Kanade, ella cargaba con una trágica responsabilidad: asumir la condición de herramienta, de arma. Esta degradación de persona a cosa se enunciaba en sentido metafórico, pues Tsubasa conservaba su voluntad (al desafiar y rechazar a Hibiki, por ejemplo); sin embargo, insistía en realizar un sacrificio a manera de penitencia, consistente en reprimir lo positivo (alegrías, ilusiones, confianza) y sustituirlo por una fatalidad mecánica. Al atribuirse una naturaleza instrumental, se niega el derecho a soñar, a amar, a proyectarse al futuro. Aunque parece aceptar estoicamente su destino, en realidad, ese determinismo resulta sirviendo de escapatoria para evitar confrontarse con sus temores, admitir su debilidad, reconocer que aquella imagen de guerrera vigorosa y eficiente que pretende transmitir es apenas una deleznable máscara para protegerse del remordimiento. Tsubasa es una violeta agachadiza usando el disfraz de dama de hierro (al revés de Hibiki, el diamante en bruto bajo la apariencia de dojikko); sin embargo, ese simulacro tarde o temprano se quiebra, la terquedad alcanza un punto de intransigencia e incongruencia que acaban por estrellar al sujeto contra su triste realidad, entonces, su interpretación del mundo se revela inviable e improductiva. La primera captatio benevolentiae aplicada a Tsubasa tenía un propósito explicativo: informarnos acerca de sus motivos, hacernos partícipes de sus padecimientos. No obstante, a diferencia del villano, una heroína solemne tiene la capacidad de enmendar sus errores y rectificar su trayecto. Desde su fracaso con el canto del cisne, la idol venía atravesando un proceso de flexibilización, dirigida a ganarse la simpatía plena del público tratando de romper el hielo, de humanizar su conducta hacia el exterior, de poner en evidencia sus flaquezas e imperfecciones. La escena del cuarto de hospital es sintomática: descubrimos que la señora pulcritud, la alumna modelo que destacaba por su madurez y elegancia, es realmente una chiquilla inepta para las tareas cotidianas, un cero con rojo en asuntos prácticos, incapaz de arreglar su recámara, tan desordenada que encomienda limpiarla a Ogawa-san, su agente. El secreto más embarazoso y trivial de su fuero íntimo fue descubierto por –vaya vuelcos- una kouhai atolondrada a quien solía despreciar por incompetente. La soberbia y arrogancia de Tsubasa desciende hasta su cota más baja y brota con sinceridad su rostro más honesto y adorable, abriéndose paso entre el pudor: una adolescente delicada y tímida, que improvisa respuestas desesperadas, pero tiernas, disculpándose por sus hábitos poco femeninos. Estos detalles cómicos son vacunas contra la idealización absoluta, pues es incómodo sintonizar con héroes lejanos, inalcanzables, que habitan el topos uranos de la virtud: preferimos los seres erróneos, pero perfectibles, que buscan superar sus limitaciones con esfuerzo y pundonor, como Hibiki. Sin sucumbir al ridículo, la chica inflexible muestra su lado de malvavisco, pero después, retomando el curso serio de la conversación, agradece que Tachibana la reemplazase con eficiencia en su trabajo, gesto que sella su reconciliación y pulveriza su antiguo orgullo, manifestando la nueva faceta de Tsubasa, que aconseja y alienta a su compañera, dialogando y concediéndole varios metros de cordialidad. Aunque los argumentos de Hibiki son retóricamente endebles y están plagados de ingenuo idealismo colegial, los consiente como válidos porque percibe la fortaleza que emana de sus afirmaciones. El inglés tiene el verbo idóneo para referirnos al devenir de los sentimientos: develop (feelings), “desarrollar”, una palabra cargada de connotaciones, pues es antónimo (y familia) de envelop, “envolver”. Ambos vocablos hacen referencia al acto de guardar algo o sacarlo de su envoltura. Igual ocurre con Tsubasa: sus emociones y afectos, su capacidad de apenarse o sonreír no nacieron de golpe y porrazo, siempre estuvieron allí, latentes, pero faltaba des-cubrirlos, des-velarlos. Volviendo a los arquetipos, en muchas series (en especial, mahou shoujo), la protagonista vivaracha, de corazón ameno, logra descongelar a la testaruda reina del hielo ganándose su cariño. En Symphogear, en cambio, el mérito de “rescatar” a Tsubasa no corresponde a Hibiki: es producto del shock existencial que experimenta la cantante al percatarse de sus equivocaciones.
¡Ese no es mi nombre!… ¡Yo soy Hibiki Tachibana, 15 años! ¡Mi cumpleaños es el 13 de setiembre y mi tipo de sangre es O! ¡De acuerdo al último chequeo, mido 1.57 m.! ¡Te diré mi peso si llegamos a conocernos mejor! ¡Mi hobby es ayudar a otros y adoro la comida y más comida! ¡Además, nunca he tenido un novio en mi vida!
La última captatio benevolentiae que abordaremos es enunciada por nuestra impetuosa protagonista, aunque su objetivo y aplicación difieren de los casos anteriores. El empleo estricto de este recurso oratorio reside en “rebajarse” ante el auditorio, pidiendo disculpas porque nuestras habilidades no sean grandiosas o porque “no merecemos” una distinción. La mayoría de veces, esta humildad es meramente discursiva, una formalidad. Salvo este último aspecto, la intervención de Hibiki guarda similitudes con este modelo, pues se enmarca dentro de un esquema retórico tradicional del anime y consagrado a suscitar cierta forma de persuasión: el discurso de combate. La mayoría de series de acción terminan por reducir el conflicto a un enfrentamiento de individualidades, una lucha donde se dirime también una disputa ideológica o moral. En consecuencia, manifestar las ideas, sustentándola con argumentos (o falacias), es parte importante del espectáculo, pues además de puños y bombazos, las palabras son objeto de pugna. Las batallas épicas del anime son bastante dialógicas, los personajes hablan constantemente y aparte de insultarse, libran polémicas de corte retórico. Sin embargo, Hibiki no pretende sojuzgar a Kurisu en términos intelectuales, porque –siendo sinceros- le falta malicia. Tampoco aspira a debilitarla enfilando sus baterías al ataque psicológico. En realidad, ni siquiera inicia una discusión, solo busca convencerla de la posibilidad de dialogar, crear las condiciones que permitan un entendimiento armónico. Su discurso es honesto, no obedece a estrategias utilitarias, pero recurre a una técnica de manera deliberada. Confía en dos premisas primordiales, que supone universales: 1. que la Humanidad se encuentra en guerra contra un único enemigo común: el Noise; y 2. las personas, los seres racionales, se entienden conversando. Cuando encara a Chris se presenta como individuo, como chica, como estudiante de secundaria, con actitud amistosa, no como heroína ni combatiente: intenta ganarse el aprecio de Kurisu –y quizá conmoverla- ensayando un gesto de desprendimiento, mostrándose como una muchacha simple, en pleno crecimiento, que gusta de celebrar su cumpleaños y tiene vergüenza de revelar su peso. La captatio benevolentiae radica en esa simplificación, esa minimización que opera también como exaltación de la cotidianeidad: Hibiki reivindica las maravillas de una “vida diaria sin eventos”, las cosas triviales y sencillas, los copiosos almuerzos en un restaurante de barrio, y habla en nombre del sujeto cotidiano, no del hombre extraordinario ni del superhéroe ni del intelectual, sino del tonto, del torpe, del distraído, del despreocupado, del inocente. Hibiki tiene la cortesía de desnudar parte de su intimidad, de describirse con elementos cotidianos, en apariencia insignificantes, pero que resumen su identidad. Otorgarle ese beneficio a una completa desconocida supone quebrar las barreras de la desconfianza, realizando un petitorio de común intercambio, a esperas de recibir como recompensa una apertura similar. Como indica Tsubasa, los argumentos de Hibiki rebozan optimismo, bajo riesgo de suicidarse. Pero está dispuesta a entregarse en su simplicidad, descendiendo del pedestal heroico para recordarnos que detrás del symphogear, habita un ser humano.




