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Aunque la derrota de Natsuru en Saimoe este miércoles me impulsa a escribir esta reseña, justifico la pertinencia de analizar Kämpfer en la necesidad de escrutar asuntos de problemática de género nada ajenos a la tradición del anime, en concreto, los nebulosos y heterogéneos espacios donde se configura la identidad. Muchas series han explorado las categorías del sexo mediante personajes, conductas y situaciones híbridas o alternativas (yuri, yaoi, trap, androginia, transformaciones…). En Kämpfer, observamos la conjunción entre genderswap y comedia sensual (ecchi, fanservice) al servicio de un relato ridículo y carnavalesco. No pretende criticar las definiciones tradicionales de sexualidad, sin embargo, conduce al espectador a situaciones estéticas (de goce) que cuestionan estos conceptos reduccionistas. Como Ranma a comienzos de los noventa, Natsuru es también un elemento ambiguo, que introduce al relato la sensación de extrañeza y ambivalencia. De mezcla incoherente. Ser hombre y mujer en simultáneo contradice la lógica: surge un sujeto intermedio que desafía las modalidades de consumo del público masculino. En resumen, ¿es Natsuru bella o moe cuando se encuentra bajo forma femenina… incluso sabiendo que realmente es hombre?, ¿y por qué? Una primera respuesta sería precisar que distinguimos entre cuerpo y mente, por tanto, cuando admitimos que la imagen visual de Natsuru-chica es bastante sexy, no juzgamos hermoso ni apetecible al todo, sino solamente la apariencia, y descartamos el trasfondo. Sin embargo, esta segmentación delata una ideología, una manera de percibir los estímulos sexuales. Cuando se selecciona como único objeto de deseo la “forma” de Natsuru, es decir, su corporalidad, se decide tomar en cuenta únicamente los elementos que convienen al discurso heterosexual patriarcal. Al fragmentar al personaje restándole su subjetividad (por más elemental y estúpida que parezca), solo nos queda un cascarón objetivizado, es decir, convertido en objeto (representación de aquello que debería poseerse o se ansía poseer). Pero, en realidad, el asunto es mucho más complejo que pretender hacernos los locos y creer en esa supuesta división. La serie nos reitera con insistencia la dualidad de Natsuru, tanto que resulta artificioso concebirl@ sin considerar su lado masculino, pues este aspecto permite plantear la dinámica del harem y aplicársela al subgénero de acción. Se confrontan dos harenes, como comprobamos en este episodio. Sakura-san, una lesbiana rampante, posee su propio grupo de amantes guerreras cuya lealtad está supeditada al placer que reciben en cama de Kaede. La pertenencia a una facción en combate implica la subordinación sexual y sentimental. Desempeñar el liderazgo implica ejercer una influencia de corte erótico. Natsuru defiende a “sus” chicas como todo héroe caballeresco, pero siendo su imagen femenina, ayuda a aplacar el repudio reciente contra los típicos protagonistas de comedias románticas (e inclusive el rechazo hacia la presencia de varones).
Antes de avanzar en nuestra lectura, debemos examinar algunos tópicos que caracterizan al personaje genderswap en su mayoría de apariciones en manga, anime y videojuegos (incluyendo, por motivos obvios, el hentai). En principio, la transformación ocurre en contra de la voluntad del sujeto, sea porque le aplicaron alguna maldición, embrujo, brebaje, sea porque le afecta una extraña enfermedad, sea porque fue objeto de algún experimento científico. Tenemos entonces, tres espacios bien diferenciados: magia, naturaleza y artificio (ciencia). El caso de Kämpfer se encuadraría en el primer grupo, aunque todavía ignoramos de dónde provienen los poderes, quiénes son los dichosos moderadores y cuáles son sus propósitos al forzar una guerra entre colegialas. Además, la transformación de Natsuru en mujer conlleva la obtención de habilidades sobrehumanas (pirogénesis), asumir una misión heroica, convertirse en mahou shoujo: suena grotesco porque es paródico. Las escenas de henshin lo delatan. Kämpfer se burla de este género sexualizándolo o pervirtiéndolo. Las chicas mágicas no luchan por paz ni justicia, sino por eros y thánatos: sobrevivir frente a una villana ninfómana y psicótica, y pelearse por seducir a Natsuru. No cuentan con mascotas guías que iluminen y enriquezcan su crecimiento, sino con peluches destripados que comentan las circunstancias con sarcasmo y socarronería. Todos actúan contra los deseos iniciales del protagonista, incluso cuando las chicas se abalanzan desnudas sobre él/ella, por tanto, la transformación se padece como un castigo pesado que sobrellevar. El personaje se concibe al inicio como heterosexual, sin fisuras; aunque su sensibilidad, su conciencia de la corporalidad y, por ende, su identidad de género sufran luego un cambio que ajuste su personalidad a sus nuevas circunstancias. Todos los genderswap suponen una etapa de adaptación al fenómeno. Otro rasgo es la adquisición de atributos, propiedades o conductas asociadas al otro sexo. El sujeto comprende su otra dimensión corporal y aprende a disfrutar de sus beneficios. Ello no significa que decida cambiar de género, que renuncie a su parte masculina. Natsuru continúa prefiriendo su forma de hombre aunque haya percibido placer cuando Shizuku juguetea con sus senos. En realidad, el sujeto empieza a reconocerse en su dualidad. Había intentado transformarse para escapar del acoso de la Presidenta, pero ni siquiera como mujer está a salvo del placer. El personaje incorpora los comportamientos, los códigos, los instintos, los disfuerzos del género opuesto, pero no sustituye con ellos los hábitos del original ni tampoco los combina. Sin embargo, el elemento más importante y perturbador de cualquier genderswap es la belleza, el atractivo. Sin importar su aspecto anterior al cambio, cuando un muchacho es transformado en jovencita, recibirá un cuerpo hermoso que enardecerá los anhelos de quienes l@ rodean, convirtiéndolo en una tentación y sometiéndolo a idéntico tratamiento que cualquier víctima del fanservice (pantyhots, paneos calenturientos, sukumizu, etc). Puede comprenderse los motivos para aplicar este recurso (muy aparte de buscar dividendos comerciales): la metamorfosis necesita ser resaltada, su imagen debe rezumar femineidad por los cuatro costados pues así subrayará con mayor dramatismo la radicalidad del cambio. Si este everyman de mente simple es convertido en chica, no podrá tratarse de una mujer cualquiera, sino de busto y cadera protuberante. El vuelco se manifestará más violento porque además acarrea el potencial componente erótico. Sin embargo, la sensualidad no impide que Natsuru exhiba ciertos gestos adorables que invoquen al enternecimiento. En anime, no existe esa contradicción. Solamente se requiere un estímulo encantador.
La apariencia del personaje genderswap (en su variante M→F) es inconfundiblemente femenina. El relato debe indicar que también lo sea orgánicamente. (Este detalle lo distingue del trap, que emplea un disfraz.) En otras palabras, un observador neutro, que nunca vio Kämpfer, podría confundirse si encontrara un poster de Natsuru. La única manera de discernir la diferencia es conociendo el trasfondo, es decir, la trama, la historia. Ningún signo visual nos indica la presencia del genderswap salvo cuando presenciamos la transformación. El relato suple esa falta de información necesaria cambiando nuestra percepción de los hechos. En consecuencia, es durante el acto de narración cuando se crea esta identidad, pero la figura del personaje -sola, fuera de contexto- es imprecisa. El genderswap es un componente argumental, no de diseño gráfico. Reparar en esta particularidad es indispensable para pasar de la descripción del objeto al análisis de su recepción. En otras palabras, ¿cómo es consumido este tipo de personaje? El público target de la serie es masculino y encuentra en la imagen de Natsuru, como indicáramos, la representación de un objeto de deseo. Ojo, subrayo esta palabra porque, por obvias razones, un personaje de ficción no califica como objeto de deseo per se, sino como figura que reúne características “deseables”. Como también apuntáramos, el espectador promedio asegura que disocia entre el cuerpo y la mente del personaje, sin embargo, para afinar nuestra definición, diferenciaremos varios otros niveles en dos grupos. El primero, lo intangible, incluye 1) la conciencia, es decir, la noción de sí; 2) el razonamiento, entiéndase, el terreno mental; y 3) el espíritu, el campo sentimental, el alma. El segundo, lo tangible, abarca 4) la sensibilidad, en otros términos, el modo de experimentar nuestras situaciones orgánicas; y 5) el cuerpo, la materia y su forma. Aunque el personaje empiece a razonar y actuar según los códigos sociales vinculados a lo femenino (ambos pertenecientes al aspecto mental), siempre tendrá conciencia de su persona en masculino. Natsuru puede chillar como chica y portarse con una extraña cursilería y delicadeza femenil (por ejemplo, cuando habla del lado oscuro de Kaede sonrojándose como una fanboy), pero no deja de reconocerse como hombre. Pese a la simpleza de Kämpfer, el protagonista es escurridizo: carece de un sexo estable, su identidad comienza a diluirse o confundirse porque empieza a disfrutar los placeres femeninos y sentirse más cómoda como mujer en ciertas eventualidades, llegando a portarse como cualquier quinceañera (sabe escoger su vestuario). Sin embargo, su orientación es fija: le gustan las mujeres, eso nunca cambia. Como Natsuru pasa buena parte del airtime en cuerpo de chica, ello reformula el escenario pues podría migrar del harén heterosexual al homoerótico sin causar reparos en un público adepto al morbo lésbico. La peculiaridad de Natsuru se encuentra en su extremada ambivalencia como sujeto dual. El espectador tiene dos opciones: o apagar el televisor o enfrentarse al relativismo cuestionando las formulaciones rígidas sobre el sexo. Ello no implica perder nuestra identidad (nadie se vuelve homosexual por culpa del genderswap), sino admitir que existen espacios que escapan a las definiciones y solo pueden comprenderse como la combinatoria de distintas variantes. Mi intención no es discutir lo normal, lo anormal o lo preferible, sino cómo la ficción puede insuflar una duda en nuestras ideas preconcebidas.
Si percibimos este efecto desde nuestra posición de espectadores, en paralelo, los personajes que pueblan el universo ficticio de Kämpfer también son compelidos a flexibilizar sus nociones, pero ellas -me refiero a las haremettes- se encuentran más comprometidas emocionalmente debido al enamoramiento. Todas fueron atraídas por el Natsuru-chico, pero tuvieron que adaptarse por obligación a la forma femenina porque, a diferencia del espectador, ellas no pueden realizar ninguna clase de abstracción y separar al cuerpo de la conciencia. Si aman al sujeto, están forzadas a comprenderlo como una totalidad, con virtudes, defectos, siendo hombre o mujer. En consecuencia, mientras que el público que observa desde fuera los acontecimientos, como si la ficción fuese un mundo contenido en una caja, pone en entredicho sus convencionalismos, las chicas están condicionadas por urgencia a rebasar esta línea y reconsiderar los márgenes de su orientación sexual para incluir la posibilidad del placer lésbico, abriendo el camino a una bisexualidad forzosa que, dada la cercanía de Natsuru, provoca una relajación en sus categorías y vulnera las barreras conceptuales que reprimían el acceso a estas formas de disfrute socialmente reprobadas. Shizuku, la senpai del grupo, en posición de superioridad y aparentando mayor madurez (ergo, menor inocencia y una malicia más aguda), parece mejor acostumbrada, dispuesta al jugueteo homoerótico y presta a acelerar la marcha sin cohibirse ni temer por su identidad. En efecto, a diferencia de su orientación (la preferencia), las chicas nunca cuestionan su identidad de género (la imagen que construimos y proyectamos acerca de nuestra sexualidad): ninguna asume una posición masculina ni comportamientos de varón, todas continúan actuando como mujeres traviesas y enamoradizas, típicas highschoolers de anime. Incluso Natsuru, cuando es mujer, se pliega a este discurso, por tanto, cuando se juega la carta del harén homoerótico, en lugar de concentrarse sobre una figura masculinizada (una tomboy, una marimacho o un “príncipe”), se opta por sembrar un jardín de lirios. La presidenta se encuentra varios pasos por delante del resto de personajes: ello obliga a sus rivales a emprender las mismas determinaciones y plegarse al requerimiento lésbico o renunciar. Kämpfer conduce a este callejón sin salida para Mikoto y Akane, quienes aprenden gradualmente a gozar “de manera alternativa”, abandonando sus inhibiciones para subsumirse en el deleite y terminar de configurar este harem flexible, pues abarca toda clase de intimidad que suceda al interior, incluso los encontronazos circunstanciales entre haremettes. Para muestra, la escena del beso entre la meganekko y la cocinera: típico de series ecchi, la excusa de Mikoto es absurda para una heterosexual, pero Akane tampoco se rehúsa a “practicar”. Los criterios de ambas están completamente relajados y aunque después se sorprendan, Kondou-san reacciona con indignación en lugar de vergüenza cuando son descubiertas por una kämpfer blanca. La comedia ayuda a eludir el conflicto interior que provoca la conciencia de la bisexualidad en la vida real. El humor aligera este peso: adaptarse a otra orientación, recién revelada, no cuesta sino un pequeño sonrojo. Todo fluye como jugando.

Algunos me preguntarán si Kämpfer necesitaba episodios extras. En términos de desarrollo argumental, no aportan ninguna novedad y sin miedo a equivocarnos, cabría calificarlos de meros pretextos para vender ecchi picante en lugar de historia, pero entonces estaríamos invirtiendo el orden de prioridades de la serie. Kämpfer es fanservice casi en relación de equivalencia. La trama viene gratis, por añadidura. No obstante, destacan algunos elementos como el protagonismo concedido a Mikoto, cuya precipitación por sentirse desplazada y su escasez de cabeza fría para controlar sus pasiones le permiten a Kaede ejecutar otro atentado contra la facción de Natsuru. Sería cándido creer que Sakura-san cumple un papel tan fundamental en esa guerra caricaturesca solamente para atraer hasta su cama a la apetitosa Natsuru-chica. Como señalábamos, esta serie confunde a propósito lo bélico y lo erótico hasta casi enredarlos en un único concepto: vencer a alguien es sexualizarl@ y sojuzgarl@, siempre en términos de comedia. Por ejemplo, cuando Shizuku se cansa de pelear con Mikoto, para despertarla del embrujo de Kaede, le aplica una mortífera técnica de inserción que fractura una parte de su virginidad mientras suena de fondo una burlesca versión de la “Ode an die Freude”: ese espíritu paródico cubre las relaciones entre los personajes, que cuentan con entera libertad para superar todos los límites y burlarse de sus ridiculeces. A final de cuentas, nada tan trágico como el sexo, fuente universal del humor.




