Una indecisa y apocada adolescente japonesa se convierte en diosa. No sería la primera en la historia del anime, cuyos arquetipos épicos femeninos podrían resumirse en la tríada diosas-androides-mucamas, y porque este medio ficcional suele escenificar, en casi todos sus géneros, las relaciones entre divinidad y humanidad (probablemente por influencia del sintoísmo). Como Haruhi Suzumiya o Yurie Hitotsubashi, Madoka también viene siendo elevada a los altares fuera de su universo ficticio, pero a diferencia de Kamichu! o SuzuHaru, en lugar de releer un tópico mediante la parodia, en Puella Magi Madoka Magica se replantea un género hasta subvertirlo. La pelirrosada reescribió su propio mundo transformando las leyes que rigen los ciclos de la energía emocional y el sistema de puellae magae, pero la serie deconstruyó, canceló y quizá revitalizó por última vez el modelo mahou shoujo, tanto que muchos se preguntan si acaso presenciamos el mejor anime de la Historia después de Evangelion.
Madoka culmina la fase apocalíptica de desestructuración y demolición del mundo en decadencia cuando enfrenta su última batalla contra ella misma (la bruja que gestó su Soul Gem al hacerse cargo del desconsuelo de innumerables heroínas no reconocidas), es decir, contra su instinto de supervivencia, su ego, su unicidad e individualidad, para disolverse en el todo, ser el Todo o estar presente en todo (depende de nuestra perspectiva teológica). Gracias a ese desprendimiento supremo, Madoka alcanza el epítome del heroísmo, la muerte gloriosa, que conduce al rango de divinidad. Sin embargo, nuestra joven diosa trasciende la figura, antes comentada, de la apoteosis del héroe legendario porque no será entronizada por ninguna colectividad. En realidad, ella redefine el Universo para reescribir sus leyes, disolviendo la Historia y eliminando su recuerdo para fundirse en la totalidad de seres como una chispa o impronta divina. A diferencia de Cristo triunfante en el Apocalipsis, Madoka desaparece para volverse omnipresente y omnisciente. Abandona su condición de figura histórica (condicionada por las variables de tiempo y espacio) para convertirse en algo eterno (su vida no tendrá comienzo ni término). Los instantes finales de la destrucción plantean, justamente debido a estos atributos, un problema narrativo en distintos frentes. Tanto la narración (el acto de contar) como el relato (lo contado) son nociones temporales, tienen una duración o hacen referencia a determinado lapso. No obstante, al descomponerse el mundo desde sus cimientos, en determinado punto, antes de crearse el Nuevo Cielo y la Nueva Tierra (Ap. 21: 1-4), no existirá nada, ni siquiera el tiempo. ¿Cómo poner en palabras y relatar aquello que no transcurre ni sucede en ningún sitio? ¿Cómo concebir un punto de vista y un narrador para estos sucesos si ningún sujeto podrá presenciarlos? En principio, relativizando esta última afirmación. Dios puede escoger a algún privilegiado para que atestigue la totalidad del proceso, como Madoka pudo permitir que quienes la acompañasen durante ciertas etapas fuesen Kyuubey y Homura, aislándolos de la hecatombe para convertirlos en espectadores. QB explica hasta último momento las implicancias del sacrificio (ser suprimida del recuerdo de la gente, la transición de humanidad a eternidad, su transformación en “concepto”), pero desaparece, quizá porque su misión como contraparte retórica de Madoka culmina cuando ella se impone mediante sus actos al Incubador. Sin embargo, Akemi-san permanece hasta breves momentos antes de la disolución absoluta y preserva sus memorias de dimensiones anteriores. Homura, en términos narratológicos, funciona como perspectiva privilegiada: desde su experiencia y mirada conocemos y asimilamos los eventos. Su último encuentro con Madoka es desgarrador porque se siente, desde la posición de Homura, como una tragedia, peor que la muerte, la mayor de las pérdidas. Sobre el aspecto funcional, esta elección era imprescindible e insustituible porque constituye el clímax sentimental de la serie. Se expresa, por fin, a plenitud, sin ambages y con transparencia (simbolizada por la desnudez de ambos personajes) el amor y la gratitud que Madoka y Homura se profesan. Las líneas principales del relato convergen en este diálogo: la serie no podía concluir sin este intercambio que justifique el esfuerzo de Akemi-san poniéndole final a su lucha aciaga contra el Destino y recompensándola con la declaración de amistad de Madoka (“You were my best friend”).
Respecto de la coherencia interna, la escena con Homura en ese espacio de indeterminación cósmica era necesario porque Madoka había sanado a todas las puellae magae cuyas Soul Gem estuviesen a punto de corromperse, sin embargo, le sobraba una última persona por atender debido a su carácter particular: las personas comunes y corrientes como sus padres y amigos fueron “recreados”, reescritos. Las mahou shoujo en peligro y las brujas fueron redimidas y curadas. Homura no calificaba como gente normal (desde que encapsularon su alma en una gema), pero tampoco había sido consumida por la frustración al extremo de perder la esperanza. Nunca tuvo Grief Seed, por tanto, le correspondía un trato particular, no solo porque fuera amiga de Madoka, sino porque gestó mediante sus continuos saltos temporales la salvación de todas las chicas mágicas: su situación emocional no podía quedar pendiente sin un mensaje de aliento, consolación y conforte de parte de Madoka. El pico dramático se alcanza cuando la pelirrosada le entrega a Homura sus listones como garantía de recuerdo y prácticamente nombrándola su representante en el mundo presente. O contraviniendo a Kyuubey, la única prueba palpable de la existencia de Madoka, que desgraciadamente nadie puede comprobar. La estrategia para dotar de lugar y temporalidad a este momento que debería carecerlos se encuentra en la presencia de Homura que humaniza esa circunstancia, pero para describir lo inefable, la narración audiovisual echará mano de otros recursos, como la abstracción del contexto. El entorno está formado por nebulosas de destellos coloridos. Los cuerpos de ambos personajes son siluetas atravesadas por el reflejo del cosmos. Pero también se construye un transcurrir sobre la base de esta escenografía aparentemente conceptual. Podemos captar una evolución de la nada absoluta hasta los inicios de la re-Creación del mundo. Homura llora sola sobre un fondo oscuro y acuoso (¿el Océano Primodial?), un único resplandor la ilumina hasta que Madoka la abraza e introduce el primer color. Cuando se separen, una franja que cruza en diagonal el encuadre revela un espacio poblado de estrellas y anuncia la recomposición del universo. Madoka ha cumplido sus primeras labores como diosa, en consecuencia, su despedida coincide con este viraje. De acuerdo al esquema apocalíptico que adoptamos como referencia, la Nueva Tierra debía equivaler al Paraíso Terrenal, libre de maldad, perfidia y pecado, donde prime no solamente la bondad sino la perfección, pero aunque ahora las mahou shoujo no se convertirán en brujas, la Realidad que diseña nuestra protagonista dista de ser paradisíaca. El desconsuelo y la rabia tienen cabida. ¿Por qué? ¿Existen leyes inviolables? ¿Qué criterios habría priorizado Madoka?
Cuando Madoka recolecta la energía negativa y concentra en ella la esperanza (la energía positiva) de las mahou shoujo, por tanto, reúne en sus manos las fuerzas que producen equilibrio en el Universo. En otras palabras, aunque Madoka sea eterna, la energía la precede. Es cierto, la pelirrosada es una diosa, pero no todopoderosa. Incluso durante la Edad Media, se discutía si acaso el poder divino tenía límites lógicos. Interrogándose en Summa Theologica si Dios podía “hacer que lo pasado no fuera”, santo Tomás de Aquino responde:
bajo la omnipotencia de Dios no cae lo que implica contradicción. Que lo pasado no haya sido implica contradicción. Como contradicción implica decir que Sócrates está sentado y no está sentado, como que estuvo sentado y no estuvo sentado. Decir que estuvo sentado indica algo pasado. Decir que no estuvo sentado indica algo que no fue. Por eso, que el pasado no fuera no cae bajo el poder divino. Y esto es lo que señala Agustín en Contra Faustum: El que diga: Si Dios es omnipotente, que haga que lo hecho no haya sido, no se da cuenta que está diciendo también: Si Dios es omnipotente, que haga que lo verdadero, por lo mismo por lo que es verdadero, sea falso. Y el Filósofo en VI Ethic. dice: Sólo esto no puede hacer Dios: convertir lo hecho en no hecho.
Esto último es importante porque existe una diferencia sustancial entre lo “sido” y lo “hecho”. Madoka puede rehacer el mundo, recomponer la materia y reordenar las energías, pero no puede negar que los sucesos de pasado hayan ocurrido. Como dice Tomás, Dios puede devolverle la gracia al pecador, pero no puede quitar el hecho que haya pecado. El límite de Dios sería la lógica que Él representa. Aplicando esta interpretación a la “teología” de Madoka, otras leyes entran en consideración. Para la pelirrosada es imposible eliminar la energía, transformar su naturaleza (“sanear lo negativo”) o negar la existencia de su ciclo (las puellae magae se extinguen cuando agotan todo su poder); en consecuencia, su función como diosa no consiste en crear ex nihilo (desde la nada absoluta), sino en re-organizar lo anteriormente desmontado. Esta actividad demiúrgica no conduce hacia un Final de la Historia: no habrá Cielo ni Infierno definitivos. Se propone, en cambio, un reinicio, un reseteo con mecanismos nuevos que dignifiquen el oficio de puella magi. Para esta re-composición del mundo, se emplearán como elementos aquellos que conformaron el anterior. Madoka es consciente del problema que aqueja al Universo, pero no puede frenar eternamente la entropía. Solo queda diseñar un modelo de extracción de energía que permita a los incubadores encargarse del dilema cósmico sin amenazar ni engañar a los humanos, sino trabajar en colaboración, imponiéndoles a los extraterrestres -de manera asolapada- una humanización de criterios. Como se desprende del diálogo de Kyuubey y Homura, el sistema desmontado por Madoka resultaba más eficiente y rentable para los intereses alienígenas. El cambio está inspirado en principios morales (impedir el sufrimiento) pero sigue condicionado por criterios utilitarios. El Nuevo Mundo se parece al Viejo, aunque solo sobre la superficie. El hombre todavía debe bregar para sobrevivir, la gente trabaja, tiene familia, se enamora, sufre desencantos (como Sayaka) o termina ofrendándose. Abundan las pulsiones destructivas, sin embargo, se independizan y adquieren forma. Al encargarse de eliminarlas para iniciar el proceso productivo junto a los incubadores, las mahou shoujo vuelven a insertarse en un esquema heroico clásico, al modelo genérico deconstruido y vuelto a reconstruir. Y aunque suene irónico, Kyuubey cumpliría el papel de mascota consejera sin necesidad de desconfiar de sus bemoles éticos. Madoka les repone parte del honor guerrero idealista que preconizaba Sayaka (cuya desaparición servirá de modo sintomático para narrar el nuevo destino de las chicas mágicas y su reencuentro con Kaname-sama en otro meta-espacio, un lugar que no queda en ninguna parte). Su sacrificio tiene valor porque su diosa particular las transportará a un estado superior de existencia o, como propusieron algunos espectadores, una suerte de valhala. Aunque Kyuubey arguya rentabilidad desde su perspectiva particular, la propuesta de Madoka permite un punto de equilibrio entre los intereses humanos y la seguridad del Universo. La sumatoria no será nunca cero, sino en positivo, incluso considerando el escaso optimismo que consiente el nuevo contexto, con demonios encima. Este sería el primer legado sempiterno de Madoka.
Credens Justitia
El segundo legado ejerce su influencia fuera de la ficción y bajo riesgo de errar en nuestras predicciones, sobre la Historia del anime. Han transcurrido apenas cuatro semanas desde la difusión del último episodio el Viernes Santo de 2011, poco tiempo para enunciar un juicio determinante. Por tanto, si Puella Magi Madoka Magica será encumbrada en un futuro cercano como la mejor serie de animación japonesa después de Evangelion (o quizá al mismo rango), es materia de profetas: necesitamos algunos años para comprobar cuánto repercute su interpelación, primero, sobre el género mahou shoujo y, luego, sobre la épica del anime. La relectura crítica del modelo no significa su demolición inmediata y categórica, pues seguirán produciéndose nuevas sagas de Pretty Cure o lanzándose películas de Nanoha. Madoka no representa el non plus ultra respecto de las conveniencias comerciales, pues las chicas mágicas tradicionales cuentan con una amplia base de seguidores. Sin embargo, al deconstruir el esquema, torna más exigente al espectador, menos receptivo al convencionalismo. Entonces, si resulta ineludible adelantar un pronóstico (sometiéndolo a la prueba del tiempo, que podría desmentirnos), habría que admitir con todas sus palabras que Puella Magi Madoka Magica ha sentado un nuevo paradigma. Su aceptación se encuentra pendiente de confirmarse en la mente y recuerdo de público, críticos y futuros directores, guionistas, animadores. A diferencia de otras intervenciones metadiscursivas sobre el mahou shoujo (por ejemplo, Kore wa Zombi desu ka? se emitía en simultáneo), SHAFT optó por subvertir las líneas directrices mediante recursos distintos a la parodia, pretendiendo con éxito la sublimidad. La historia de Madoka y Homura no transgrede a través del humor, sino a través de la continua conciencia de la desdicha. Pero su desenlace frustra el monologismo del dolor para recuperar la esperanza. Gracias a este final agridulce y conmovedor, el relato, en perspectiva global, puede describirse como una inspección espléndida sobre la condición humana, la oscuridad y brillantez de su espíritu, la posibilidad del amor en un mundo signado por la desgracia y la validez de continuar creyendo después del derrumbe masivo de nuestras certezas. Si esta serie amerita una posteridad gloriosa, bastarían en plan de alegato las intensas reflexiones que provocó en millares de foros, blogs y listas de discusión, a raíz de esa admirable densidad.






