It's a trap

It's a trap

He pasado una semana atareado por una actividad importante en mi carrera y derivé mis esfuerzos por completo hacia mis responsabilidades profesionales. Lástima que debí hacer un breve hiatus en el blog, espero ponerme al día con mis ofrecimientos. Comienzo con Sasameki Koto porque siento la obligación de elogiar a los compositores del score (o background music), la mejor banda sonora de la temporada respecto a música de fondo. El sosiego y la liviandad que transmite la serie pese a tratarse de un melodrama yuri con cierta tensión argumental podría explicarse gracias al aporte del acompañamiento musical. Me recuerda al BGM de Hidamari Sketch por su sencillez, minimalismo, o la alternancia de coros y piano; o también al de Mahoraba ~Heartful Days~, que intentaba reproducir musicalmente el ambiente distentido de los cuentos de hadas que ilustraba el protagonista. Estaré esperando el disco (el opening, en cambio, me parece genérico; el ending entusiasma poco). Seré breve acerca del episodio 2 porque, a mi entender, introduce el componente más nefasto contra el moe: un trap, en concreto, un travesti, un chico vestido de chica, quien, para colmo no es homosexual, pero trabaja de modelo publicitario(a) -disculpen, no sabía que vocal utilizar- porque su hermana lo somete a la humillación de tener una vida secreta de travestido profesional. Akemiya, quien para considerarse muy macho tiene su recámara repleta de artículos de belleza y duerme con camisón, sería un personaje ideal para someterlo al análisis psicoanalítico porque solo puede comportarse como varón en la escuela, de manera que su vida real ocupa apenas una fracción minúscula de su vida: es heterosexual, pero tan tímido y endeble que su delicadeza lo torna femenino. Se enamora de Sumika, pero descubre sus tendencias lésbicas y cuando pretende enamorarla disfrazado de chica, es descubierto por su onee-san que envía unas humillantes fotos a una agencia de modas. Para espanto de quienes todavía creemos en la cordura y buen gusto del hombre, los frikis deciden contratarlo para diversas sesiones en revistas. Lo indignante es que Akemiya sea incapaz de rebelarse ante la retorcida visión del éxito que exhibe su hermana, que fuera o dentro del salón de clases sea pusilánime y llorón. En cierto sentido, que terminase obligado a asumir otra identidad sexual suena a justicia poética. Sin embargo, es injusto e incluso cruel que Kazama se prendase de “Akemi-chan” y Sumika sea considerada menos bella que un hombre, quien paradojas del amor, babea por ella con cierto entusiasmo masoquista.

Demasiado hetero o demasiado gay para ser lesbiana

Demasiado gay o demasiado hetero para ser lesbiana

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Puedes usar una almohada

El siguiente capítulo relaja bastante el tono melodramático o lánguido de los episodios anteriores y entra de lleno en un ambiente más cómico. Ushio está obsesionada por besar a alguien desde que hallaron de casualidad a esa misteriosa pareja de lesbianas trenzando sus babas a la hora del crepúsculo. La ingenuidad de Kazama y su arrebatamiento generan algunos momentos de humor, gratos por su sencillez y sobriedad (no pretenden extraernos una carcajada, sino una sonrisa benévola por la suerte de los personajes). Sin embargo, su ceguera hacia Ushio puede tornarse algo cruel: siendo su mejor amiga, Ushio se esfuerza demasiado poco por comprenderla, salvo hacia el final del capítulo llegando a conclusiones erradas. Desde el inicio de la serie, Sumika sufre por su apariencia, por la imagen que proyecta hacia su entorno y los criterios que emplean sus compañeros para juzgarla, nociones que Kazama comparte, produciendo una paradoja argumental: en diversas escenas aparecen muchachos opinando que Sumika “no es linda” (aunque la admiren por sus méritos deportivos o académicos). De acuerdo a la jerarquía de valores que sostiene el relato, estos personajes incidentales serían voceros de un discurso negativo, que provoque el rechazo del espectador. No obstante, Kazama maneja conceptos estéticos similares para estructurar su deseo, bloqueando cualquier posibilidad de Sumika, cuya perspectiva suele privilegiarse como punto de referencia subjetivo (conocemos los sentimientos y pensamientos de Murasame y Akemiya, pero casi ignoramos qué ocurre en la mente de Ushio), es decir, con quien se identifican y alían los espectadores. ¿Es Kazama una villana inconsciente? ¿Por qué se cuestiona la superficialidad de los chicos pero jamás se somete a crítica la misma vacuidad en Ushio? Hay momentos paradigmáticos como la escena del salón de ciencias naturales, cuando, en busca de una persona u objeto para ensayar su primer beso, Kazama le solicita a Sumika que le preste el esqueleto o la maqueta de los órganos internos. Cierta dosis de humor negro se entremezcla con la ridiculez de Ushio porque está postergando a su mejor amiga para favorecer a una calavera. Duro golpe para la autoestima de cualquiera, pues Murasame es demasiado alta para considerársele linda. Sin embargo, existe una diferencia entre la valoración de una persona como objeto de deseo y como sujeto moral. Haciendo abstracción del resto de posibles valores (los mencionados deportes, estudios, liderazgo, etc), los compañeros de clase de Sumika aplican las categorías del juicio estético al ámbito de la integridad espiritual ignorando a una Murasame con anhelos, sueños y virtudes, una Sumika que solamente Ushio conoce a la perfección. He allí la diferencia, aunque Kazama todavía necesite madurar para distinguir entre sus utopías estéticas (las niñas lindas son un constructo social) y la Realidad (donde la gente es un amasijo de virtudes y defectos, en especial, estos últimos).

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El retorno de la calavera rumbera 3. Sé a quién besaste el verano pasado

Sumika impide que Kazama ultraje el material educativo del colegio, más perverso aún si consideramos que la mayoría de esqueletos en los salones de biología son reales, de personas que decidieron donar su cuerpo a las generaciones venideras. Hubiese sido inquietantemente necrófilo. Aunque si utilizaba la maqueta del sistema digestivo habríamos entrado al terreno del gore. Kazama suspira porque, además de andar revuelta de hormonas y anhelar un beso pronto sin tener siquiera una novia, no encuentra forma, método, conejillo de indias o herramienta que le ayude a practicar, una preocupación harto pueril: nadie encaja bien su primer beso, suele operar por inercia, rastreas por instinto y llegas a un boca, luego no sabes cómo explicarlo. Kazama sobredramatiza su obsesión y Sumika decide consolarla o refutarla -nunca queda claro porque sabe guardar un tono neutro cuando está avergonzada-, quizá necesitaba consolarla refutándola, pero le manifiesta su opinión para aclararle el panorama: no importa cómo ni cuándo ni dónde, solo interesa con quién. De nada sirve crear un ambiente porque el verdadero evento ocurre adentro. Murasame todavía necesita aprender a sincerarse y abrazar con honestidad su identidad sexual (sin necesidad de adquirir la espontaneidad de Ushio), pero sigue pareciéndome más madura porque es capaz de sacrificar su felicidad para hacer sonreír a Kazama y porque puede vencer su timidez para expresar por momentos su opinión. La escena final del capítulo -el encuentro de ambas amigas a la hora del ocaso, en evidente paralelismo con la secuencia inicial del primer episodio y el beso clandestino de la pareja desconocida- viene precedido por una tensión suavizada, pero no eludida: Ushio cita a Sumika a las 5:30 en el aula introduciendo una incertidumbre en Murasame, transmitida al espectador que aguarda el desenlace después de un incremento gradual de la expectativa, aunque sin caer en la tentación de gestos trágicos que abundan en las historias románticas. Buen desenlace pese al detalle kitsch de la máscara de super-sentai: Kazama acepta haberse portado como una egoísta y se propone ayudar a Sumika pues, según afirma haber descubierto, Murasame “tiene alguien especial” y requiere practicar para su inminente primer beso. El malentendido perdura porque la aludida no lo desmiente y luego de un conmovedor momento en que Ushio le entrega su lápiz labial, Sumika la toma por los hombros y reproducen el cuadro sobre el atardecer que forma parte de su mitología lésbica, aunque todavía una placa de plástico medie entre ellas. El contenido erótico del plano es innegable, pero la suavidad con que fluyen los acontecimientos en esta serie le otorgan un carácter poético incluso después de robarnos una leve sonrisa.

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La imagen es casi simétrica y el foco está a la altura del colorete, donde ambas manos se encuentran y donde se concentra la luz